A destajo

Hace casi un mes, por lo bajo, en Editor & Publisher, una de esas revistas que de tan especializadas parecen inexistentes, apareció una nota breve, poco menos de setescientas palabras.

Resulta que el grupo Tribune, consorcio que controla entre otros, al Chicago Tribune y al Los Angeles Times -así como a los Chicago Cubs, equipo maldito de la liga de beisbol- propone una nueva manera de medir la productividad de sus periodistas. En las declaraciones del “Cheif Operating Officer” se nota el eco de un “¡eureka!” gritado ante una junta de directores. Es tan obvio que parece mentira que no sea la manera estandar de medirle la eficiencia a las redacciones.

Regla en mano, la novedad es contar el número de pulgadas que los empleados producen en un año. Más notas con menos manos; si ya lo hacemos con el spam y los call centers, por qué no convertir a los periódicos en la oferta voceada de informacion a destajo. Está claro, la credibilidad y las maneras de robustecerla no han enriquecido a nadie.

La nota completa, , y un comentario en Slate.

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Paperback: Honor thy Father

El paperback tiene la virtud del autoninguneo; cuesta trabajo pensar que un libro así se toma en serio. Y por eso, como sucede con algunos puestos banqueteros de comida, las sorpresas son mayores y los placeres más desbordados cuando se lee una pequeña joya en tan modesta edición.

Lejos de las diversiones experimentales de la modernidad, el paperback también pide un lector activo, participante en la construcción de sentido: su tipografía es usualmente demasiado pequeña para poderse leer a vuelo de pájaro; la cantidad de páginas y el encuadernado económico precisa un manejo diestro para no perder el hilo de las frases, para no deshacer al libro en el intento.

Recién leí, en este ferreo formato pigmeo, un joyita de periodismo literario. Honor thy Father, de Gay Talese, es el retrato de la familia Bonnano, unos de los muchos mafiosos de Nueva York, con la mirada de un reportero compasivo e implacable.

Talese, versión pulcra y sofisticada del espíritu Mailer de escritura, no sólo se enfrentó a la coyuntura: se precupo por retratar las fuerzas que dieron forma a su época. De once textos para el Times surgió, por ejemplo, una gran obra sobre la construcción del puente Verrazano. Thy Neighbor’s wife, es su particular exploración de la revolución sexual en los setentas. Y Honor Thy Father, es el antecedente doumentado, lleno de riesgo y prosa rítmica, de The Sopranos. La modernidad alcanza a la familia, los federales son lo que en todas las fábulas de policías y ladrones, una clica de inoportunos y moralistas institucionales. La mafia deja de ser un compendio de ancianos y su prole, aferrados a nociones vetustas de lo que el crimen debe ser, y se convierte en el ánimo ilegal de una nación, la parte que descree, desoye y dinamita la impasible quietud de la la República.

Pocas ganas quedan, después de ver la trilogía de Coppola, de leer a Mario Puzo. Con Talese basta.

[Pacquiao vs. Díaz] vs. la televisión

1.

A manera de prólogo a su más famoso libro sobre boxeo, el periodista, crítico gastronómico y renovador de la crónica deportiva, A.J. Liebling escribe una queja moderada y sardónica contra las peleas televisadas. Uno siente coartada la posibilidad de gritar instrucciones a los boxeadores, se queja. Ha pasado mucho tiempo desde que The Sweet Science fue publicado, y asistir a una función de box en vivo es una rareza, un apéndice, apenas un número más en una función de variedades cuyo único fin es el dispendio y la embriaguez.

La queja original de Liebling, ahora, ha sufrido un viraje leve pero significativo. Gritarle al televisor es no sólo prerrogativa sino costumbre desde que regresaron las funciones de boxeo a la televisión abierta. Uno no sólo grita para que el boxeador predilecto esconda la quijada tras el hombro, para que suba la mano o se aleje de la diestra del rival. El grito constante se dirige a los tres comunicadores, las triada de voces expertas que demenuzan la pelea.

Es indignante estar obligado -si se quiere escuchar el sonido de fondo- tener en primer plano las frases incompletas y los lugares comunes de quienes narran la pelea con emociones evidentemente falsas. Tan indignante como ver que un boxeador dominicano finge un golpe de conejo y se tumba en la lona como futbolista sobre el cesped .

Lorenzo en el piso, listo para fingir un golpe

Quizá, como con los fingimientos, la única respuesta a una transmisión así sea el humor. El humor desesperado. Dios bendiga los exabruptos de Julio César Chavez.

2.

La estelar, estaba claro, fue una madriza.

La estrategia de Díaz fue, como la de la mayoría de los apostadores en el Mandalay bay, confiar en el azar. Quieto, encerrado en una guardia insuficiente, esperaba conectar un golpe devastador que terminara todo. Idéntico a los que esperan que esa ficha de cincuenta dólares, esa carta aún no volteada, el último rebote del balín en la ruleta, se apiade de su mala suerte y los haga millonarios. Como para todos los apostadores en el Mandalay Bay, ni la ficha, ni la carta ni el balín tuvieron consideración con la mala fortuna.

Pacquiao peleó como si el peso no importara -y probablemente no importa. Hacía dos peleas que no noqueaba. Y Díaz no cayó antes porque, como la mayoría de los apostadores, no supo cuando rendirse.

Un cruzado de izquierda lanzado hacia abajo, conecto con la barbilla de Díaz al levantarse; casi como si su cuerpo, en rebelión, hubiera decidido que no podía más e iría al encuentro del puño.

Joyce Carol Oates, en su genial libro On Boxing, escribe:

It should be understood that “boxing” and “fighting”, though always combined in the greatest of boxers, can be entirely different and even unrelated activities.

Pacquiao ya es campeón en cuatro divisiones distintas. Tuvo tiempo para mostrar golpes sorprendentes. Díaz, según dijo antes de la pelea, podrá mandar a sus hijos a la universidad. Sin duda boxear y pelear no siempre son lo mismo.

Del insomnio a Jesus Camp

Ayer, para cortarle una cabeza la Hidra del insomnio, un documental en nueve partes. Combate perdido, lo que quedó fue una bestia incómoda.

Dicen los entendidos que, en el fondo, la fe es asunto de confort espiritual. Que nos hacemos uso de ella como quien saca un paraguas al ver los nubarrones.

Tal vez no es algo nuevo, tal vez ha sido una de las tramas secundarias de la historia, la enloquecida fe, la militante, la que es todo menos sosiego y sonrisas beatíficas.

Tal vez hemos confiado demasiado en la razón. Esperamos mucho de ella. La tolerancia precisa decisiones meditadas, negociaciones con el instinto fanático, concesiones. Tal vez la modalidad más mesurada del espíritu, esa que sin conocer de lógica la invoca a cada rato, sea una más de nuestras anomalías.

Moraleja: la píldora fundamentalista se toma por la mañana.

Falsa expectación

A propósito de peleas que provocan falsa expectación -lo que emociona no es saber quién va a caer, sino cuándo cae el anticipado perdedor- vale la pena volver a ver el round del año en el 2007. Rafael Márquez contra Israel Vazquez, en la segunda de tres peleas.

Pacquiao vs. Díaz

::sábado 28 de junio::

Sucede seguido.

El campeón está harto. Ha despachado a sus rivales. Ha convencido. Es unánime: en su división, no hay alguien mejor; no hay competencia, siquiera.

Manny Pacquiao, el fenómeno en turno, ha decidido mudar de piel, dejar atrás la división de los superpluma para probar suerte en los ligeros.

El rival, David Díaz, al responder sobre el significado de la pelea:

This fight means a lot to me. It means I will be able to put my kids through college and they will be all right. I was the youngest of nine children and that was something that my dad was unable to do for me. And if I win this fight? That will put me in a whole new tax bracket.

Los momios: Pacquiao: -500; Díaz: +350

No importan las cinco libras de más. Importan, pero en este caso, no serán más que una anécdota. El rival siempre es el aburrimiento, el tedio, la odiosa repetición; porque el rival de apellido Díaz, avecindado en Chicago y quien abandonó el boxeo profesional por un par de años, está contento: sus hijos irán a la universidad.

Cerradura

De pronto una llave no es suficiente.

La cerradura de la puerta se ha vuelto el cancerbero más feroz, el cadenero intransigente, la última línea de un ejército malavenido que se defiende menos de las armas enemigas que de lo inevitable.

De pronto la llave es un objeto sin consecuencia, vano. Es un remedo de artesanía.

Maldigo a Linus Yale, Jr. y su patente. Maldigo el práctico mecanismo, el pin-tumbler lock que nos resguarda de nosotros mismos.

No hay una llave olvidada entre monedas, ni un pasador asegurado por azar. La puerta no abre porque la cerradura envejeció. No hay más. Tenemos que esperar al cerrajero. O tal vez la trabaron al intentar forzar la puerta

La chapa hecha de bronce es un anacronismo: una pieza de arqueología sin mucho mérito, empotrada en una puerta de madera. Y aún así puede más que el martillo y el cincel, más que la desesperación sin grandes gestos de los que estamos de este lado.

Son tornillos. Dos hebras de metal las que sujetan la cerradura. Al final, ya descartada la ganzúa, los movimientos sutiles y las súplicas, son sólo dos tornillos. Inquebrantables, estoicos, devotos de un honor tan deslucido.

Por esa compulsión por el resguardo, por ese afán voraz de obedecer un código vetusto, por su furia inmóvil contra la maña -preludio de la seducción-, por eso es que nuestra parte más estoica termina por ser insoportable.