Cerradura

De pronto una llave no es suficiente.

La cerradura de la puerta se ha vuelto el cancerbero más feroz, el cadenero intransigente, la última línea de un ejército malavenido que se defiende menos de las armas enemigas que de lo inevitable.

De pronto la llave es un objeto sin consecuencia, vano. Es un remedo de artesanía.

Maldigo a Linus Yale, Jr. y su patente. Maldigo el práctico mecanismo, el pin-tumbler lock que nos resguarda de nosotros mismos.

No hay una llave olvidada entre monedas, ni un pasador asegurado por azar. La puerta no abre porque la cerradura envejeció. No hay más. Tenemos que esperar al cerrajero. O tal vez la trabaron al intentar forzar la puerta

La chapa hecha de bronce es un anacronismo: una pieza de arqueología sin mucho mérito, empotrada en una puerta de madera. Y aún así puede más que el martillo y el cincel, más que la desesperación sin grandes gestos de los que estamos de este lado.

Son tornillos. Dos hebras de metal las que sujetan la cerradura. Al final, ya descartada la ganzúa, los movimientos sutiles y las súplicas, son sólo dos tornillos. Inquebrantables, estoicos, devotos de un honor tan deslucido.

Por esa compulsión por el resguardo, por ese afán voraz de obedecer un código vetusto, por su furia inmóvil contra la maña -preludio de la seducción-, por eso es que nuestra parte más estoica termina por ser insoportable.

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