[Pacquiao vs. Díaz] vs. la televisión

1.

A manera de prólogo a su más famoso libro sobre boxeo, el periodista, crítico gastronómico y renovador de la crónica deportiva, A.J. Liebling escribe una queja moderada y sardónica contra las peleas televisadas. Uno siente coartada la posibilidad de gritar instrucciones a los boxeadores, se queja. Ha pasado mucho tiempo desde que The Sweet Science fue publicado, y asistir a una función de box en vivo es una rareza, un apéndice, apenas un número más en una función de variedades cuyo único fin es el dispendio y la embriaguez.

La queja original de Liebling, ahora, ha sufrido un viraje leve pero significativo. Gritarle al televisor es no sólo prerrogativa sino costumbre desde que regresaron las funciones de boxeo a la televisión abierta. Uno no sólo grita para que el boxeador predilecto esconda la quijada tras el hombro, para que suba la mano o se aleje de la diestra del rival. El grito constante se dirige a los tres comunicadores, las triada de voces expertas que demenuzan la pelea.

Es indignante estar obligado -si se quiere escuchar el sonido de fondo- tener en primer plano las frases incompletas y los lugares comunes de quienes narran la pelea con emociones evidentemente falsas. Tan indignante como ver que un boxeador dominicano finge un golpe de conejo y se tumba en la lona como futbolista sobre el cesped .

Lorenzo en el piso, listo para fingir un golpe

Quizá, como con los fingimientos, la única respuesta a una transmisión así sea el humor. El humor desesperado. Dios bendiga los exabruptos de Julio César Chavez.

2.

La estelar, estaba claro, fue una madriza.

La estrategia de Díaz fue, como la de la mayoría de los apostadores en el Mandalay bay, confiar en el azar. Quieto, encerrado en una guardia insuficiente, esperaba conectar un golpe devastador que terminara todo. Idéntico a los que esperan que esa ficha de cincuenta dólares, esa carta aún no volteada, el último rebote del balín en la ruleta, se apiade de su mala suerte y los haga millonarios. Como para todos los apostadores en el Mandalay Bay, ni la ficha, ni la carta ni el balín tuvieron consideración con la mala fortuna.

Pacquiao peleó como si el peso no importara -y probablemente no importa. Hacía dos peleas que no noqueaba. Y Díaz no cayó antes porque, como la mayoría de los apostadores, no supo cuando rendirse.

Un cruzado de izquierda lanzado hacia abajo, conecto con la barbilla de Díaz al levantarse; casi como si su cuerpo, en rebelión, hubiera decidido que no podía más e iría al encuentro del puño.

Joyce Carol Oates, en su genial libro On Boxing, escribe:

It should be understood that “boxing” and “fighting”, though always combined in the greatest of boxers, can be entirely different and even unrelated activities.

Pacquiao ya es campeón en cuatro divisiones distintas. Tuvo tiempo para mostrar golpes sorprendentes. Díaz, según dijo antes de la pelea, podrá mandar a sus hijos a la universidad. Sin duda boxear y pelear no siempre son lo mismo.

3 thoughts on “[Pacquiao vs. Díaz] vs. la televisión

  1. Ese Joe Cortez es pa patearlo, ¿cual conejo? Espero que Díaz les elija una buena escuela a sus hijos y Dios quiera no tenga un coagulo en el cerebro.

  2. Mucha razón, Gibrán, ese réferi trae consigna… sólo había que verle la nariz al dominicano para saber qué tantas ganas tenía de terminar la pelea…

    Y a propósito del comentario del joven Peñalosa, aquí va un link con cuatro historias de boxeo de Jack London; entre ellas, A piece of steak.

    http://www.jacklondons.net/apieceofsteak.html
    saludos,
    p.

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