Cotto vs. Margarito

No tiene mucho sentido escribirlo ya pasados dos días:

Antonio Margarito tiró a Miguel Cotto en el round 11. Los apostadores no lo esperaban –gran día para quienes pusieron su dinero con el retador. La esquina de Cotto fue la que detuvo la pelea; el referi probablemente lo habría dejado seguir.

Cotto peleó como quien está en una sesión de sparring: se alejaba con prisa, se sentaba en las cuerdas, contragolpeaba.

Margarito, por su parte, seguía yendo hacia el frente, sin moverse demasiado, sin demasiados recursos. La contundencia de los puños propios, como la gracia, es materia engañosa: no es sencillo confiar en la capacidad de derribar al otro, del mismo modo que no es sencillo abandonarse a la certeza de que la gracia está de nuestro lado. Demasiada fe en un momento en el que lo absolutamente físico dicta todas las reglas.

Margarito lanzó 987 golpes durante poco más de media hora. Y aún así Cotto conectó más. 280 contra 267.

La aritmética de los golpes finalmente importó poco. Cotto aguantó menos, terminó en una de las esquinas neutrales, arrodillado, exahusto.

En el pasado, Shane Mosley y Floyd Mayweather Jr. declinaron pelear contra el poco conocido Margarito. Habrá que ver quién le sale al paso.

Culpa

Poco sé de poesía y me queda claro que la que transcribo es del tipo que se usan para justificar desplantes adolescentes. El gusto, en este caso, va más allá de las infantiladas. Es posmo hablar de multiplicidades, quizá no tan culture-chic decirlo con versos como estos.

CULPA, Eliseo Diego

No tengo yo la culpa de mí mismo

y aunque la cargue toda ya no es mía

de modo que no sé cuando me juzgo

si responderme deba o me resigne

a ser mi luz o mi tiniebla diarias.

*

Alguien nos llama y vas y le respondo

ni sé yo desde quién ni cómo y cuándo

tan rápida es en mí la muchedumbre

que allá en el corazón va sucediéndonos

y cuál es cuál quién sabe y poco importa.

*

No tengo yo la culpa de ser este

que apenas dicho cede el puesto al otro

ya desapareciendo en el que arriba

y así entre todos vamos arrumbándole

la culpa al úlitmo -al que no se queja.

Mailer, fan

“Norman, I really think you are the best journalist in America.”

En Armies of the Night, Mailer escribe sobre Mailer. Hace un pormenorizado recuento de los pensamientos de Mailer, de las intimidades y los actos enmarcados en un fin de semana, la tercera semana de octubre de 1967 (La reseña del libro en Time se tituló, con harta saña y precisión, “The Weekend Revolution”).

Mailer nos cuenta lo que le dicen a Mailer, nos permite acceder a la más honda e histriónica psique de ese Mailer de cuarenta y cuatro años que, aunque se empeña por mostrar que no se traga el cuento, que casi ni quisiera estar ahí, no puede evitar ser arrastrado por los hechos. Mailer, a fin de cuentas, no puede evitar ser arrastrado por el superlativo magnetismo de ese Mailer sobre el que escribe.

‘Infinite diversity in infinite combinations’

Más o menos por la misma fecha, un fenómeno subrepticio pero persistente tomó la forma de lo masivo. La serie de televisión, sus cuarenta y tantos minutos interrumpidos por cortes comerciales no eran suficiente: estaba en manos de los verdaderos fanáticos hacer algo. Los fanzines se convirtieron en capítulos alternos, en exploraciones de argumentos quizá imposibles en la pantalla. Los seguidores en extremo llegan a donde los guionistas no se atreven.

Un fenómeno de participación que a todas luces parece ser el mejor endorsement de los programas, de la marca en la que todos aspiran convertirse, está entrampado por la selva legista: el fan es el más ilegal de los devotos; el menos estable de los celebrantes; la fanaticada es la que da el portazo a los portones de la escritura legal. El fanático, a fin de cuentas, no puede evitar ser arrastrado por el superlativo magnetismo de esa teleserie que mira.

Aquí un ensayo de Grace Westcott, en el LRC, sobre la problemática relación entre el autor y su fanaticada. Si Mailer viviera, tal vez no se salvaría de ser demandado por ese Mailer personaje, protagonista del libro que le valió al autor el premio Pulitzer.

Tercer Aniversario, Tumbona Ediciones

Cumple tres, tres, tres años y, su editorial de confianza decide festejarlo a lo grande:

Cáiganle. Mezcal y cerveza; ring de plástico y guantes extragrandes para confrontar ideas…

Desafortunadamente, no se puede fumar, pero pronto la colección Versus entregará su séptimo y estratégico número: Contra los no fumadores

Nostalgia de la vacación

Todavía no echa raíces esa costumbre tan salobre de cerrar la cortina, echar los candados y largarse durante el verano a un mejor lugar. Sin duda, de algo hay que vivir.

Nos queda el consuelo de sabernos turistas de barrio, paseantes de alcoba. Nostálgicos de las escapadas, al estar prendidos del teclado sólo podemos escribir sobre aquellos días… El nuestro es el gesto más insatisfecho de todos –mirar por encima del hombro, por encima de los lentes, por encima de la pantalla para ver cómo los demás toman el auto, se enfilan hacia el aeropuerto.

Va un ensayo sobre road movies, publicado en The Believer, por el journalist/superstar, Chuck Klosterman (1).

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(1) Su Killing Yourself to Live, por cierto, es un gran road book. (La traducción en “español” está cagada: “Pégate un tiro para sobrevivir”) Y su texto sobre un encuentro con Britney en Esquire también se la rifa.

Sobre el desperdicio

De alguna manera, el blog, incita a la mentira; uno se ampara, al perpetrarlas, detrás de dos convenciones: una, que la velocidad de las tecnologías nos desviste de historia, nos deja desnudos de pasado y por tanto, libres de inventarnos la genealogía, el infinito azar que nos ha traido aquí. La segunda, más banal pero menos benévola, es la certeza incómoda de que detrás del homepage, sólo hay vacío y silencio, quizá algún extraviado que trastabilla -nada distinto de las llamadas al celular que preguntan por un desconocido.

En otras palabras, el blog hace alforar al James Frey que todos llevamos dentro.

Parece entonces un gasto innecesario, un dispendio. La cifra del ocio es un número negativo, el residuo de una sustracción desmesurada: no hay tiempo suficiente para vivir; perder el tiempo parece entonces una doble resta, el dispendio de lo que ya no se tiene.

Andrew O’hagan, escritor escoces publicó hace tiempo un texto en el London Review sobre el waste management en Inglaterra. Al parejo de los grandes hornos y los extensos landfills, hay -como sin duda en muchos países- una subcultura del reciclaje extremo: gente que subsiste apoyándose en sólidos principios y en lo que escarban de los basureros primermundistas. No conozco las cifras, no sé si sea comparable y por tanto nada de qué sorprenderse, pero resulta que en los britones avientan al cesto de la basura, con desmedida facilidad, una gran cantidad de cosas que no merecerían estar ahí.

No estoy seguro si el vanidoso esfuerzo que entraña escribir un blog sea equivalente a las ataques nocturnos a los desechos ajenos, o idéntico al gesto de quien avienta por encima del hombro una lata de conservas sin expirar al basurero.

Culto a la personalidad: HST

Recién salió un documental sobre Hunter S. Thompson.

Aunque intento no hacerlo, no puedo sino sumarme a la fanaticada… me entusiasma ver el pietaje del autor disparando su arsenal contra la nada. Me entusiasman el chisme político de otra época, el relato de las bufonerías intoxicadas, la crónica del método de trabajo…

Tal vez el documental biográfico es lo que los payasos al rodeo: un infeliz que echa el cuerpo para burlar al toro porque no tiene nada más que echar.