Oda a la Alegre Coincidencia

Del encierro forzado al que uno accede al entrar a un autobus, pocas cosas tan ambiguas como descubrirse atento a la trama de la película en turno.

En este último desplazamiento por una de las carreteras menos escénicas del interior del país, durante las horas menos propicias para el encantamiento bucólico, de pronto estaba pendiente de las sorprendentemente maniqueas venturas de Jack Nicholson y Morgan Freeman en su búsqueda de la verdad de la vida, de lo que les quedaba de vida. 

No recuerdo el título de la obra, sólo la alegre coincidencia: de pronto, los dos se encuentran. Los dos, desconocidos el uno para el otro, se topan de frente y de ahí, oh alegre coincidencia, surge el más fértil de los hallazgos posibles: cada quien encuentra en el otro justamente eso que echaba en falta sin saberlo. 

Inútil, sin duda, ponerse a perseguir honduras ahí donde las cosas merecen ser sencillas, donde las tramas se anuncian maniqueas y frenéticamente verticales -cualquiera de esas películas, las del género que la empresa transportista parece preferir, se erige como una Oda al Efecto y a la Causa. De cada situación embarazosa, de cada peripecia tragicómica se desprende con la naturalidad de un fruto maduro, la siguiente. Sin dobleces, sin tropiezos. El efecto se vuelve la causa, y en ese encadenamiento de vagones lógicos, nos enfilamos a la estación más edificante y halagüeña, la de la transformación moral. Mentiría si dijera que me dormí: el final de la película es lo que nos venían prometiendo desde las primeras frases: un suave y tibio abrazo, como el que nos daría un pariente al saber que estamos peleados con la novia. 

Y todo por una alegre coincidencia. 

 

En el viaje de regreso a la ciudad, por ventura de un par de expressos en la comida, me enganché a las primeras escenas de la película en turno. Oh, alegre coincidencia, que todo lo transformas sin tocarlo: otra. 

Ahora no eran dos venerables ancianos enfrentados a la inminencia de la muerte; ahora eran dos hombres maduros sorteando -los dos actores subidos juntos en un diminuto monociclo motorizado, más allá del tinte homoerótico, ofrece un ejemplo de literalidad extrema: dos hombres que circulan entre el tráfico de la metrópoli vasta e indiferente. Adam Sandler y Don Cheadle, por una alegre coincidencia, se reencuentran después de muchos años, convertidos en extraños, y se ocupan de enmendarle al otro, sin saberlo, sin quererlo, casi por coincidencia, la vida hasta entonces mal vivida. Ésta no la terminé. No sé, pero imagino que la escena final involucra a ambos subidos en el scooter. 

En ambas, la trama es lo de menos. Porque uno ya la conoce, porque las causas son tan evidentes, tan prísitnas, que su efectos no podrían desentonar. Lo importante es recordar la ubicuidad de la alegre coincidencia, su magro pero estilizado cuerpecito agazapado ahí donde menos lo esperamos, listo para manifestarse. Alegre coincidencia, pues, la de poder ver en la pequeña pantalla de un autobus dos versiones de la misma coincidencia.

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