Todo sea por la Carrera

LOS SUEÑOS Y LAS GRANDES IDEAS

Si hemos de hacerle caso a lo que se dice -y no hay razón para no hacerlo- las grandes ideas no se construyen, amanecen. Amanecen en la cabeza de los escritores. Amanecen con los escritores. Tal vez porque ha pasado de moda, le hemos ido escatimando al sueño sus cualidades inspiradoras. Antes, las siestas de medio día, de media tarde, eran lo que ahora los cursos en casas de cultura: el espacio ideal para el tallereo. Pero han caído en desuso, los sueños. Si acaso, se confiesa que se soñó algo digno de escribirse al círculo más íntimo, al diario. Lo que no ha languidecido, para fortuna de la carrera literaria, son las grandes ideas.

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Apreciación del obituario: dfw

No conozco las reglas del género, aunque supongo que hay dos corrientes dominantes: la estetizante y la acomodada.

Invariablemente habrá que hablar del personaje, porque ha muerto. Los Notables entre la multitud de apenas conocidos y las masas de anónimos, reciben el apapacho de las frases cadenciosas que hacen épicas sus horas más insulsas. Obituarios de este tipo traicionan al autor: algo querrá: la nota fúnebre como mensaje cifrado, la firma en el obituario como tarjeta de presentación

Por otro lado, hay quienes, esforzados practicantes, se empeñan en embellecer anonimatos. Personajazos todos: el bolero, ávido coleccionista de pelusas y monedas sin valor, la vendedora de billetes de lotería, el contador público, todos expuestos bajo la luz más favorecedora, coloreados de tierna simpatía. Las pequeñas idiosincracias son las partículas elementales de epopeyas desconocidas. El autor, finalmente, se desliza hacia un lado como el artista que se para a un lado del cuadro, como el escritor que ojea a la distancia a quien levanta su libro.

No conozco las reglas del género porque el obituario es un género en desuso. Lo que nos queda son los soundbytes.

De vuelta

Aunque toda la tecnología parece proscribirlo, no dejo de sentirme culpable por dejar pasar tanto tiempo sin postear… y es que las rutinas, aunque se les achaca ser responsables del tedio, la necedad y los sin-sentidos, son estados del espíritu difíciles de alcanzar.

Dos textos:

Uno, el regreso de Peter Carey a Sydney después de varios años de haber salido de ahí, y el detalle de uno de los miles de crímenes que tienen, como único motor, el padecimiento de los tiempos.