Diario de trabajo: sobre las horas muertas

Parecería que son un paraíso apresurado y furtivo, un edén contra reloj. Son esos espacios de tiempo -raras vez son horas- en los que el dios de la agenda electrónica y la hidra de los pendientes descansan del fúrico coito en el que se ocupan; un acostón que engendra, incesantemente, al monstruo del trabajo.

Digo parecería porque en mi caso sólo es una apariencia que existan estos remansos de paz endeble.

Lo que obtengo cuando se aparece un momento iluminado es el fermeto de las obsesiones que he tenido que posponer a fuerza de urgencias laborales: es como si reventara de pronto la represa que sostiene a la intimidad dentro de su espacio, y se vacía sobre esos minutos con la indiferencia de las inundaciones.

Es patético sin duda. Ocupar las horas muertas pasando revista a todos las flaquezas, las inseguridades y los pequeños defectos que suscribo como si estuviera ante mi propia muerte…

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no más que movimiento

Desde hace unas semanas he estado escuchando en un endless loop a Gnarls Barkley.

No tienen ningún atributo extraordinario, por lo menos no que me resulte perceptible. Lo único que encuentro ahí es el abandono de los infantes ante una alberca: un salto y una perfecta libertad de movimiento; porque, qué otra actividad humana ejemplifica mejor el movimiento en estado puro, su parte más desenfadada, que las piruetas y los bamboleos de un cuerpo dentro de una picina. 

Aunque, en realidad, no hay sólo desenfado y pureza en quien se regodea dentro del agua: siempre está la posibilidad del hundimiento y el ahogo.

Quizá esa ha sido el encanto de estos días con Gnarls Barkley: que, contrario al melodrama implícito en su famosísima Crazy, por lo menos en Going On no hay más que movimiento.