Diario de trabajo: sobre las horas muertas

Parecería que son un paraíso apresurado y furtivo, un edén contra reloj. Son esos espacios de tiempo -raras vez son horas- en los que el dios de la agenda electrónica y la hidra de los pendientes descansan del fúrico coito en el que se ocupan; un acostón que engendra, incesantemente, al monstruo del trabajo.

Digo parecería porque en mi caso sólo es una apariencia que existan estos remansos de paz endeble.

Lo que obtengo cuando se aparece un momento iluminado es el fermeto de las obsesiones que he tenido que posponer a fuerza de urgencias laborales: es como si reventara de pronto la represa que sostiene a la intimidad dentro de su espacio, y se vacía sobre esos minutos con la indiferencia de las inundaciones.

Es patético sin duda. Ocupar las horas muertas pasando revista a todos las flaquezas, las inseguridades y los pequeños defectos que suscribo como si estuviera ante mi propia muerte…

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