To Failure

Ninguna otra sensación más adecuada para entonar con el  final del año que una vaga autocomplacencia y esa elemental compunción sin causa aparente. Y nada mejor que un poema del bardo de Hull.

Larkin

To Failure

You do not come dramatically, with dragons
That rear up with my life between their paws
And dash me butchered down beside the wagons,
The horses panicking; nor as a clause
Clearly set out to warn what can be lost,
What out-of-pocket charges must be borne
Expenses met; nor as a draughty ghost
That’s seen, some mornings, running down a lawn.

It is these sunless afternoons, I find
Install you at my elbow like a bore
The chestnut trees are caked with silence. I’m
Aware the days pass quicker than before,
Smell staler too. And once they fall behind
They look like ruin. You have been here some time.

Philip Larkin

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Feliz cumpleaños, niño dios

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Nada mejor para festejar el cumpleaños del niño dios que volver a ver una pelea de box cuyo renombre sólo conozco de refilón, y echarle una leída a un libro cuyo autor es uno de esos autores verdaderos: un desconocido casi perfecto.

La pelea. Durán vs. Leonard, la primera. El panameño retaba al campeón que había adoptado el sobrenombre de uno de los más grandes boxeadores de la historia –un caso de usurpación por meritos autoasumidos. Sugar Ray Leonard era, en este caso, el esteta, el que bailaría y boxearía alrededor de un bestial Roberto Durán, quien no podría más que ir al frente e lanzar los puños como quien lanza injurias ante la desgracia.

 

Es épica. Quince rounds del mejor box posible. De todos los lugares, Montreal fue la cede. Y, para admitir que uno es un poco más anciano –como si cada navidad, cada reunión familiar sirviera también para envejecernos un poco más a razón de la vejez que advertimos en los parientes–, no hay peleas como aquellas. Ya no se ve la intensidad. Ya sólo quedan representaciones teatrales, dramaturgia costumbrista, inercia. Aquellas eran peleas que no conocían las bondades de lo políticamente correcto, la ética global: eran pleitos fundados en estereotipos brutales, en una violencia semiótica que ahora es imposible. Un tiempo perdido, sin duda. Por fortuna perdido, por desgracia. 

Los tres primeros rounds son, sin duda, los mejores de una de las mejores peleas de la historia.  

 

La novela. Mientras dan las nueve, de Leo Perutz. No conozco de él más que lo que dice la solapa del libro y lo que hallé en unas cuantos sitios de internet, el indispensable wikipedia entre ellos. En Confabulario apareció algo acerca de él, y si supiera leer alemán, sin duda conocería un poco más. Aunque no es nada de qué sentirse orgulloso, por fortuna no sé más. Hay algo ilusiorio y liberador en poderse abandonar a la trama sin tanto ruido de fondo, sin tanta biografía derramándose entre las páginas. 

La solapa: Leo Perutz (1882 – 1957), descendiente de una familia sefardita, nació en Praga y se trasladó a Viena en 1899. Matemático de profesión, tradujo a autores como Victor Hugo, y en 1915, mientras convalecía de una herida de guerra, inició su carrera como escritor. En 1938, huyendo de los nazis, emigró a Palestina. Falleció en Austria, durante una estancia en el balneario de Bad Ischl. Cultivador de una personal fusión de literatura fantástica y policíaca, fue admirado por autores como Ian Fleming, Graham Greene, Ítalo Calvino y Jorge Luis Borges. Entre sus novelas destacan títulos como El Maestro del Juicio Final y El Judas de Leonardo, publicadas ambas en esta colección.

Hasta ahora no puedo decir nada que no sea más que un resumen esquemático. O que contribuya a crear un nuevo ruido de fondo con elogios prodigados sin mesura. O en último caso, ofrecer lugares comunes y opiniones tan generales como nulas sobre el texto. No tiene mucho sentido, en realidad, opinar en un texto sobre otros textos; lejos de enrarecer para producir una mixtura sugerente, el texto que habla de otro termina por ensuciarlo todo, por convertirlo todo en una especie de pan blando. Mejor terminar de leerla. Mejor no dejarse llevar por la emoción e intentar un texto que la “transmita”. Mejor volver a ver la pelea y obligarlas, a la pelea y a la novela, a coincidir en algún punto.

los pequeños triunfos

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Es un triunfo personal. Y no tiene mayor mérito. No sé si esté completa, pero da la impresión que sí. En 1962, Ralph Ginzburg entrevistó para Harpers’ al precoz y ya monstruoso Bobby Fisher. Terminó, la entrevista, convertida en una de esas joyas del culto a la personalidad / piedra rosetta no oficial para decifrar a un gran maestro del ajedrez. Sin embargo, ni saber eso ha sido suficiente para que Harpers’ la ponga como de acceso libre en su archivo.

Después de una búsqueda bastante breve, apareció. Haberla hallado es un triunfo personal que no tiene mayor mérito.

¿Esto es un fin de semana?

Últimamente los fines de semana se han convertido en catalizadores, en las partículas que echan a andar las reacciones de la semana; extraño, en realidad, porque lo común había sido que los dos días de asueto legal fueran una especie de cesto al que iban a parar los sobrantes, las rebabas de los cinco días anteriores. Eran ese depósito que tienen todas las secadoras en el que se va quedando la pelusa de ropas pasadas.

Hace unos cuantos, los fines de semana están irreconocibles. Energéticos, motivantes, hasta bien vestidos. Desconcierto total. Parece como si hicieran un esfuerzo por no parecerse a sí mismos; huelen a la misma loción que usan los nuevos ricos. Tal vez tiene que ver con que durante la semana no me queda tiempo para nada. Ni para fingirme acucioso y serio, ni para convencerme de que tenía una vida interior o ya de perdida, para recordar lo que se sentía cuando llegaba un ataque de curiosidad.

Quizá a manera de contrapeso –esta obsesión nuestra por permanecer en equilibrio, por compensar el más minimo viraje hacia el extremo habría que pensarla con cuidado–, en estos fines de semana mi atención ha estado volcada sobre detalles conocidos. De viernes por la tarde a domingo en la madrugada, finjo que nada ha cambiado: hace dos fines de semana fue el campeonato del Querétaro F.C. en la Primera A; el anterior a ese, un elaborado esquema para contratar HBO y ver la pelea entre Pacquiao y De la Hoya; durante los dos, las lecturitas de rigor y un apego casi autista a las tres o cuatro películas sin mucho mérito que repetía cada fin de semana.

Siempre parece una batalla perdida, el pretender que los fines de semana siguen siendo lo que fueron.

Congreso de tullidos

Llegué tarde al trabajo por la misma razón de siempre: el transporte público funciona como la mala conciencia: da tumbos, se retracta, se paraliza sin razón aparente, y vuelve a andar como si nada. A diferencia de otros días, sin embargo, esta vez los andenes estaban distintos.

Había un exceso de gente con malformaciones, con aparatos ortopédicos, sillas de ruedas, muletas y gasas supurantes sobre grandes extensiones del cuerpo. Una leve desviación en la media diaria de personajes accidentados y maltrechos, nada escandaloso, pero suficiente para ser evidente.  Y obviamente, para pasar el rato que los vagones se quedaron con las puertas abiertas y sin moverse, como una serie de cocodrilos al sol, me quedó claro que era a un congreso de tullidos a donde se dirigían. Todos andaban con la intensidad de quien sabe el domicilio al que se dirige, esa resuelta prisa que hace a la gente invulnerable a las miradas, indiferente ante las apreturas: saben a dónde van.

No quiero terminar con una alegoría, con una metáfora idiota y enfadosa (congreso de tullidos=el mundo; tullidos=todos nosotros), aunque estuve tentado a hacerlo. En realidad el congreso de tullidos, esa reunión de pobres diablos con una imagen corporal discordante, me recordó un libro (sé que esto de me recordó un libro cae en el baúl de la retórica pitera, pero qué le vamos a hacer, traigo dos horas de sueño entre los ojos) que leí mal, nunca terminé de leer, y que no tengo. The Body in Pain, se llama.

Although this book has only a single subject, that subject can itself be divided into three different subjects: first, the difficulty of expressing physical pain; second, the political and perceptual complications that arise as a result of that difficulty; and third, the nature of both material and verbal expressibility or mor simply, the nature of human creation.

Lo leí a propósito del capítulo que le dedica a la tortura y a la guerra, no me acuerdo para qué clase. No me acuerdo bien de los argumentos, pero recuerdo que hacía un esfuerzo grande por vincular el acto del lenguaje con la experiencia del dolor físico.

Y no es tampoco que se les viera a todos un gesto agonizante al dar los pasos, al desplazarse. Más bien era un asunto de rutina, de hartazgo, de pesadez.

De The Body in Pain pasé a un artículo que, ése sí, me eché completo. Salió en Cabinet, y trataba de la historia de los miembros fantasma y la idea de la imagen corporal.

Thousands of French cavalrymen were killed and wounded by arquebuses, precursors of the musket that looked like small hand-held cannons and could blast even the most heavily armored bodies to pieces. Paré treated the wounds made by these weapons with turpentine and rose water, and he pioneered a safer method of amputation. But while creating his signature tourniquets, he found he could not tie up arteries without bruising nerves as well. The “strange and grievous fact” that arose as a consequence was that men who had lost their limbs felt the limbs to be still there. Not only did the patients imagine them, but they sometimes felt pain in these limbs, tried to walk on their non-existent legs, or reach for objects with a missing arm. Paré designed artificial body parts for his amputees, beautiful constructions to be made in metal by armorers, but he could do nothing for these strange configurations of the mind.

Al final, el metro, como la mala conciencia, arrancó sin aviso. Llegué a la estación de siempre y ya para entonces no había más que un ciego a lo lejos con una bocina al cuello, un tipo con un moretón en el ojo, una mujer que rengueaba sin hacer mucho esfuerzo por ocultarlo.

On the pleasure of hating

 

hazlitt

 

Y ya, para terminar con el tema del odio, el ensayo de Hazlitt. Apareció en The Plain Speaker (1826), y no hace mucho en un librito bastante cuco que editó Penguin.

But so it is, that there is a secret affinity, a hankering after, evil in the human mind, and that it takes a perverse, but a fortunate delight in mischief, since it is a never-failing source of satisfaction. Pure good soon grows insipid, wants variety and spirit. Pain is a bittersweet, wants variety and spirit. Love turns, with a little indulgence, to indifference or disgust: hatred alone is immortal.

Y aquí un muy buen perfil de Hazlitt. 

For Hazlitt, the ability to hate the enemy is the central energy in oratory and prose, and he often quotes Milton’s phrase “sacred vehemence” to illustrate an energy which for him is vital to all writing and speaking – Yeats called it “passionate intensity”.

Más sobre el odio a los conciertos

Alrededor mío, la gente fue al concierto de Madonna. Y lo disfrutó. Y la celebran. Y, a su modo, la admiran. Y los respeto un poco más por ello. Mi hermano llegó a las tres de la mañana a la casa, recién salido del Foro Sol y de 3 horas de carretera, y mi admiración por él incrementó varios puntos.

Hay algo que no comparto, porque no creo poseerlo, en juego durante actos como esos, en esos comentarios. Creo que mi odio por los conciertos está atado fundamentalmente a mi timidez. No soy capaz de ese entusiasmo desmedido pero bien enfocado, avasallador pero claro de miras que se vuelve tan necesario para poder disfrutar de un espectáculo en masa. No es sólo necesario. Es envidiable. Sentado en la grada junto a los entusiastas que corean los goles, no puedo sino desear ese abandono para gritar sin miramientos. Y no lo hago. Tal vez por eso odio el espectáculo masivo, porque en realidad me coloca justo frente al timorato, al amedrentado que llevo dentro.

Y lejos del aprovechar la coyuntura para sumarme al lugar común, para usarlo de coartada, prefiero cubrirme con mis propios medios: odio los conciertos -lo espectáculos masivos- y a sus practicantes.