Odio los conciertos

[Tengo que aceptar que no lo he pensado bien. Madonna me parece deleznable y, por un afán de ser consecuente con mis impulsos, me concentro por un rato para escribir que odio los conciertos. Pero tal vez mañana me retracte.]

 

Desde hace tiempo chapoteo en un odio desproporcionado por los conciertos. No sólo por los conciertos ­–me desagrada la asistencia ritual al estadio; a decir verdad, cualquier modalidad del espectáculo masivo. Incluso las salas de cine me provocan una modesta repulsión. Pero, dado que la “Reina del Pop” hizo una escala de dos noches en esta ciudad, me concentro en el fastidio del concierto.

 

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La idea de asistir a la platea a corear canciones y moverse en frenesí encajonado me parece, por decir lo menos, ingrata. Ingrata porque una de las cualidades que más se estima en una no es la calidad de la música; en cierto sentido uno no va a escuchar la música porque para eso están las bocinas perfectamente ecualizadas en la sala, los audífonos que cancelan el sonido de ambiente, el iPod. Uno asiste a los conciertos porque anda en pos de la “experiencia”. Una “experiencia” tal que nos transforme, que nos reconfigure y confirme que estamos en lo cierto y nuestro ídolo es dolorosamente sobrehumano; nuestra Reina, inalcanzable. Pero que magro, que ingrato el panorama: tener que estar en un remedo de vagón de metro tolerando las estridencias del vecino para poder acceder a esa “experiencia” singular e irrepetible. Aunque tal vez exagero. Tal vez al asistir a un concierto se persigue sólo un estado de ánimo sencillo, una novedad, un capricho.

 

Es que, qué puede ser más anodino que el lugar común del abandono: por fin, por dos horas y media, tengo licencia para ser “todos nosotros”, para no cargar con el peso de ser uno, y en el desaforado grito va mi libertad de no ser nada. El anonimato, por mucho que se haya discutido y teorizado, no está ahí. Los conciertos, como decía una personaja de The Great Gatsby, son tan íntimos. El verdadero anonimato está en escuchar por quinta vez el mismo dvd sin dejar de saltar como un imbécil. La liberación acontece, confío, cuando no hay nadie ahí para observarla. Lo demás es pantomima.

 

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