Más sobre el odio a los conciertos

Alrededor mío, la gente fue al concierto de Madonna. Y lo disfrutó. Y la celebran. Y, a su modo, la admiran. Y los respeto un poco más por ello. Mi hermano llegó a las tres de la mañana a la casa, recién salido del Foro Sol y de 3 horas de carretera, y mi admiración por él incrementó varios puntos.

Hay algo que no comparto, porque no creo poseerlo, en juego durante actos como esos, en esos comentarios. Creo que mi odio por los conciertos está atado fundamentalmente a mi timidez. No soy capaz de ese entusiasmo desmedido pero bien enfocado, avasallador pero claro de miras que se vuelve tan necesario para poder disfrutar de un espectáculo en masa. No es sólo necesario. Es envidiable. Sentado en la grada junto a los entusiastas que corean los goles, no puedo sino desear ese abandono para gritar sin miramientos. Y no lo hago. Tal vez por eso odio el espectáculo masivo, porque en realidad me coloca justo frente al timorato, al amedrentado que llevo dentro.

Y lejos del aprovechar la coyuntura para sumarme al lugar común, para usarlo de coartada, prefiero cubrirme con mis propios medios: odio los conciertos -lo espectáculos masivos- y a sus practicantes.

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