Congreso de tullidos

Llegué tarde al trabajo por la misma razón de siempre: el transporte público funciona como la mala conciencia: da tumbos, se retracta, se paraliza sin razón aparente, y vuelve a andar como si nada. A diferencia de otros días, sin embargo, esta vez los andenes estaban distintos.

Había un exceso de gente con malformaciones, con aparatos ortopédicos, sillas de ruedas, muletas y gasas supurantes sobre grandes extensiones del cuerpo. Una leve desviación en la media diaria de personajes accidentados y maltrechos, nada escandaloso, pero suficiente para ser evidente.  Y obviamente, para pasar el rato que los vagones se quedaron con las puertas abiertas y sin moverse, como una serie de cocodrilos al sol, me quedó claro que era a un congreso de tullidos a donde se dirigían. Todos andaban con la intensidad de quien sabe el domicilio al que se dirige, esa resuelta prisa que hace a la gente invulnerable a las miradas, indiferente ante las apreturas: saben a dónde van.

No quiero terminar con una alegoría, con una metáfora idiota y enfadosa (congreso de tullidos=el mundo; tullidos=todos nosotros), aunque estuve tentado a hacerlo. En realidad el congreso de tullidos, esa reunión de pobres diablos con una imagen corporal discordante, me recordó un libro (sé que esto de me recordó un libro cae en el baúl de la retórica pitera, pero qué le vamos a hacer, traigo dos horas de sueño entre los ojos) que leí mal, nunca terminé de leer, y que no tengo. The Body in Pain, se llama.

Although this book has only a single subject, that subject can itself be divided into three different subjects: first, the difficulty of expressing physical pain; second, the political and perceptual complications that arise as a result of that difficulty; and third, the nature of both material and verbal expressibility or mor simply, the nature of human creation.

Lo leí a propósito del capítulo que le dedica a la tortura y a la guerra, no me acuerdo para qué clase. No me acuerdo bien de los argumentos, pero recuerdo que hacía un esfuerzo grande por vincular el acto del lenguaje con la experiencia del dolor físico.

Y no es tampoco que se les viera a todos un gesto agonizante al dar los pasos, al desplazarse. Más bien era un asunto de rutina, de hartazgo, de pesadez.

De The Body in Pain pasé a un artículo que, ése sí, me eché completo. Salió en Cabinet, y trataba de la historia de los miembros fantasma y la idea de la imagen corporal.

Thousands of French cavalrymen were killed and wounded by arquebuses, precursors of the musket that looked like small hand-held cannons and could blast even the most heavily armored bodies to pieces. Paré treated the wounds made by these weapons with turpentine and rose water, and he pioneered a safer method of amputation. But while creating his signature tourniquets, he found he could not tie up arteries without bruising nerves as well. The “strange and grievous fact” that arose as a consequence was that men who had lost their limbs felt the limbs to be still there. Not only did the patients imagine them, but they sometimes felt pain in these limbs, tried to walk on their non-existent legs, or reach for objects with a missing arm. Paré designed artificial body parts for his amputees, beautiful constructions to be made in metal by armorers, but he could do nothing for these strange configurations of the mind.

Al final, el metro, como la mala conciencia, arrancó sin aviso. Llegué a la estación de siempre y ya para entonces no había más que un ciego a lo lejos con una bocina al cuello, un tipo con un moretón en el ojo, una mujer que rengueaba sin hacer mucho esfuerzo por ocultarlo.

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