Un librito inconspicuo y un ataque de cursilería

 

On Beauty and Being Just, de Elaine Scarry es un ensayo no demasiado extenso ni academicoso -Ms. Scarry es profesora de estética en Harvard- sobre la experiencia de lo bello. Es muy claro lo que se propone, desde el inicio. Y hay momentos, días, en los que el ánimo anda particularmente cursilón y se deleita con volver a oir, en otras palabras, el verso quizá demasiado citado de Keats. En este caso, la profesora Scarry repite lo que el poeta romántico en varias líneas y con ánimo mucho más explicativo. No por eso desmerece.

the beautiful person or thing incites in us the longing for truth because it provides by its compelling “clear discernibility” an introduction (perhaps even our first introduction) to the state of certainty yet does not itself satiate our desire for certainty since beauty, sooner or later, brings us into contact with our own capacity for making errors. The beautiful, almost without any effort of our own, acquaints us with the mental event of conviction, and so pleasurable a mental state is this that ever afterwards one is willing to labor, struggle, wrestle with the world to locate enduring sources of conviction –to locate what is true”

 

Y el librito inconspicuo, a pesar de mi ataque de cursilería, vale mucho la pena.

“La borrachera de las palabras”

“Conservaba de todas sus juergas la borrachera de las palabras y algo que parecía andarle mal en el hígado”.  Una frase entre muchas en un cuento de Antonio José Ponte. “Era el alcohol quen lo había enseñado a hablar tan bravamente”, escribe justo antes.

Tal vez no haya otra manera de explicar la historia de la escritura -una historia personal de la escritura- que como el recuerdo de una juerga. Como lo que nos queda de una euforia pasada.

Empezar como se debe…

Es el primer texto del año. Lo he estado escribiendo y borrando, escribiendo y borrando desde hace un par de semanas. Al principio iba a hablar del usuario número 150 millones en facebook y las razones de mi odio a las redes sociales en línea; luego iba a ser un elogio del la primera victoria de Anderson Silva contra Rich Franklin en la UFC; luego iba a ser algo sobre Graham Greene y su Our Man in Havana… así sucesivamente. Borradores. No cuajó nada.

Ahora, después de estar mirando la pantalla como un desesperado, con el mismo gesto que tiene los asistentes a un funeral –circunspecto y a la vez empático, casi demasiado afectado y veloz para la sonrisa que dice no tanto “qué-gusto-verte”, y más bien algo como  “sí-aquí-seguimos”–, me topé con lo que estaba buscando.

Lo publicó en enero de 1998, y lo tituló irónicamente The Depressed Person. Y es un gran cuento.

 

The depressed person was in terrible and unceasing emotional pain, and the impossibility of sharing or articulating this pain was itself a component of the pain and a contributing factor in its essential horror.

 

Hay algo peculiar al escribir sobre aquellos estados: lo lastimero es demasiado fácil; la empatía se empalaga pronto y en su lugar queda el descreimiento, la apatía, el hartazgo. Como con pocos otros temas, creo, la pregunta que intenta medir la pertinencia del texto –y esto qué– es casi una guillotina. Quizá sólo lo autonombrado experimental padece el mismo destino: la melancolía y el abatimiento son cubitos de chocantería en polvo.

[Ya es un lugar común: David Foster Wallace se suicidó en septiembre pasado. Se colgó y lo halló su mujer: era un depresivo clínico, un prodigio juvenil del tenis, un genio.]

Y sin embargo, en este cuento no se convierte en un caldo desagradable y suplicante. Hay algo. Chanfle, jiribilla, sesgo.  

 

Aunque sé que está complicado, intento evitar el facilismo que se desprende de empezar el año con un texto tan emo. No quiero decir yo también estoy deprimido porque sería una mentira flagrante. Todo va bien. Tan bien como puede ir al inicio del año.

Viene a cuento el texto para el inicio del año, para empezar como se debe, porque todo parece indicar que los pronósticos para el año son cuando menos grisaceos. No sé si le sea dado a los depresivos decirlo –supongo que no, y por eso son depresivos–, pero siempre tendremos el recuerdo de los tiempos mejores.