Empezar como se debe…

Es el primer texto del año. Lo he estado escribiendo y borrando, escribiendo y borrando desde hace un par de semanas. Al principio iba a hablar del usuario número 150 millones en facebook y las razones de mi odio a las redes sociales en línea; luego iba a ser un elogio del la primera victoria de Anderson Silva contra Rich Franklin en la UFC; luego iba a ser algo sobre Graham Greene y su Our Man in Havana… así sucesivamente. Borradores. No cuajó nada.

Ahora, después de estar mirando la pantalla como un desesperado, con el mismo gesto que tiene los asistentes a un funeral –circunspecto y a la vez empático, casi demasiado afectado y veloz para la sonrisa que dice no tanto “qué-gusto-verte”, y más bien algo como  “sí-aquí-seguimos”–, me topé con lo que estaba buscando.

Lo publicó en enero de 1998, y lo tituló irónicamente The Depressed Person. Y es un gran cuento.

 

The depressed person was in terrible and unceasing emotional pain, and the impossibility of sharing or articulating this pain was itself a component of the pain and a contributing factor in its essential horror.

 

Hay algo peculiar al escribir sobre aquellos estados: lo lastimero es demasiado fácil; la empatía se empalaga pronto y en su lugar queda el descreimiento, la apatía, el hartazgo. Como con pocos otros temas, creo, la pregunta que intenta medir la pertinencia del texto –y esto qué– es casi una guillotina. Quizá sólo lo autonombrado experimental padece el mismo destino: la melancolía y el abatimiento son cubitos de chocantería en polvo.

[Ya es un lugar común: David Foster Wallace se suicidó en septiembre pasado. Se colgó y lo halló su mujer: era un depresivo clínico, un prodigio juvenil del tenis, un genio.]

Y sin embargo, en este cuento no se convierte en un caldo desagradable y suplicante. Hay algo. Chanfle, jiribilla, sesgo.  

 

Aunque sé que está complicado, intento evitar el facilismo que se desprende de empezar el año con un texto tan emo. No quiero decir yo también estoy deprimido porque sería una mentira flagrante. Todo va bien. Tan bien como puede ir al inicio del año.

Viene a cuento el texto para el inicio del año, para empezar como se debe, porque todo parece indicar que los pronósticos para el año son cuando menos grisaceos. No sé si le sea dado a los depresivos decirlo –supongo que no, y por eso son depresivos–, pero siempre tendremos el recuerdo de los tiempos mejores.

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