El desvelo como un plan maestro del mercado para aniquilarme, explicado a mí mismo

Si bien la costumbre de negar el sueño es algo que el mercado ha mancillado para siempre: ya no es lo mismo desvelarse por amor a la desorientación, la picazón en los ojos y las horas más largas de la historia, que desvelarse porque el tiempo se contrae y no caben todas las exigencias laborales, todos los compromisos y las angustias futuras en 12 o 15 horas de trabajo reglamentario. La cancha está desbordada: de nada sirven los márgenes: uno está obligado a vender, junto con el alma y las iniciativas, el desvelo al momento de procurarse la seguridad financiera de un contrato de trabajo.

En ningún otro momento habría volteado a ver estos reportes con la reverencia con la que ahora lo hago: el desvelo está vinculado a tantas de las enfermedades que de alguna u otra manera creo tener, que no puedo sino comprobar, profundizar, incrementar mi desprecio a los modos del mercado: modos tan ofensivos como los del bully en la secundaria. No sólo es el vínculo al trastorno bipolar y al parkinson, es también un asunto de mecánica cotidiana.

Sleep disruption also bumps up stress hormone levels, which could contribute to daytime anxiety, a component of many psychiatric disorders. More intriguingly, it now seems sleep disruption can fundamentally interfere with the brain’s ability to process emotion and to react to an emotional stimulus in an appropriate way

Further scans revealed that in those deprived of sleep the amygdala was failing to communicate with the prefrontal lobe, which normally controls and sends inhibitory signals down to the emotional brain

Perfecto. Me queda claro pues que el mercado no lo hace sólo para exprimir de mí la última gota productiva. Lo hace también por que, desvelado e incapaz de hacer que mi amígdala se comunique adecuadamente con mi lóbulo prefrontal, soy una especie de zombie, de animal. Y nada mejor para el mercado que tener cautivos a sus consumidores/productores: el nuevo cautiverio ha dejado de ser una carcel para convertirse en nuestra propia conciencia trasnochada.

They note that during REM, production of serotonin and noradrenalin shuts down in the brain. Noradrenalin is the neurochemical associated with stress, fear and the flight response; it translates to adrenalin in the body. Serotonin modulates anger and aggression. “You get this beautiful biological theatre during REM sleep, where the brain can go back over experiences it has learned in days past, but can do so in a situation where there are none of these hyping-up neurochemicals,” Walker says. So although dreams can be highly emotional, he thinks that they gradually erode the emotional edges of memories.

Walker concludes that REM sleep refreshes our civilising emotional reactions. “Sleep is essentially changing the magnetic north of your emotional compass, in a good way,” he says

Fuente

Y una vez convertido en un zombie, amígdala y lóbulo prefrontal separados terminantemente, me obliga, el mercado, a ser un neanderthal: cada memoria se convierte en una visita tridimensional a un jurásico emocional. Qué me queda sino, como incipiente hombre de las cuevas, temer a la noche, encender la televisión y quizá hallar solaz en algún infomercial, tan bien producidos ellos.

La negación del sueño como una avejentada forma de epifanía que ha sido mancillada por el mercado

El desvelo tuvo su momento. Fue por mucho tiempo un momento anhelado: regodearm en las horas calladas, en el excedente de tiempo que de pronto tenía a mi disposición. Era los días felices. La madrugada no tenía otra implicación que algo permisivo y expandible: el encanto era tan básico como hacer figuras con lodo (el lodo, como metáfora del tiempo, ahora me queda claro, se ajusta a la perfección a lo que quiero decir porque del embarrado gozo pasa a la costra, a la mancha, y luego al polvo; el tiempo hace lo mismo, después de engatusarnos con su textura más maleable, se va resecando hasta que se convierte en una mancha y luego en polvo, apenas su recuerdo).

Las necesidades, a esas excluyentes horas en las que el mundo duerme y nos sentimos especiales si bien sólo porque estamos concientes de que otros duermen mientras esos otros difícilmente están concientes de que duermen y sólo lo hacen, eran concretas. Simples. El mundo se volvía simple. Café. Cigarros. Luz. Música. Y ya. Nada más. No había más consideraciones que tener. El cuerpo entendía, actuaba en consecuencia. Todo al servicio de algo parecido al abandono.

Pero los desvelos se han ido convirtiendo en asunto de madurez. El desvelo tiene propósito: hay que terminar trabajos, hay que entregar temprano, hay que ser eficientes, no hay que perder el tiempo (de hecho, el desvelo pasó de ser el lugar en el que se guarece el tiempo libre, a una especie de segunda oportunidad para ocuparse, una extensión a la libreta de los pendientes). Ya en la madrugada no hay expansión ni embelezo: el mercado las ha convertido en el lugar al que va uno a concentrarse en la cuenta bancaria, en la seguridad laboral, en las intrigas intracubiculares.

El desvelo es lo mismo que tener dos horas de comida: un simulacro de descanso; es en realidad sólo sacar a pasear a la enajenación un rato.

My case, in short, is this: I have lost completely the abil­ity to think or to speak of anything coherently. […]Even in familiar and humdrum conversation all the opinions which are generally expressed with ease and sleep-walking assurance became so doubtful that I had to cease altogether taking part in such talk. It filled me with an in­explicable anger, which I could conceal only with effort, to hear such things as: This affair has turned out well or ill for this or that person; Sheriff N. is a bad, Parson T. a good man; Farmer M. is to be pitied, his sons are wasters; another is to be envied because his daughters are thrifty; one family is rising in the world, another is on the downward path. All this seemed as indemonstrable, as mendacious and hollow as could be. My mind compelled me to view all things occurring in such conversations from an uncanny closeness. As once, through a magnifying glass, I had seen a piece of skin on my little finger look like a field full of holes and furrows, so I now perceived human beings and their actions. I no longer suc­ceeded in comprehending them with the simplifying eye of habit. For me everything disintegrated into parts, those parts again into parts; no longer would anything let itself be en­compassed by one idea. Single words floated round me; they congealed into eyes which stared at me and into which I was forced to stare back-whirlpools which gave me vertigo and, reeling incessantly, led into the void.

Hugo von Hofmannsthal, Letter of Lord Chandos

Maira Kalman
Maira Kalman


El afán de estar siempre en otro lado cuando estar aquí se vuelve demasiado real

No hay día sin noticia sobre la crisis. Es una necedad. Todo está ido a la mierda. No hay solución clara. Las explicaciones apenas si parecen explicaciones. Y, ido todo a la mierda, qué explicación…

Por fortuna uno siempre puede estarse yendo. Yéndose. Lamentablemente, ya no puede uno irse a la mierda, porque estamos ahí. Y la mierda en realidad es el más real de los lugares a donde uno podría irse. Así, hay que estarse buscando otros lugares en donde encontrar solaz. El solaz del pesimismo es calca exacta del estado real de las cosas. Sí, todavía se puede poner peor esto, sí, ya lo sabíamos…

Hay quienes viven esperando el acontecimiento extraordinario. Hay quienes permanece atados al deseo de un guerra en el patio trasero de la casa, un estallido de gas, un avionazo o dos en la avenida que cruzamos: instantaneas de héroes inofensivos. Instantáneas de realidad exacerbada: convertirnos en el corresponsal de guerra que siempre quisimos ser; acontece el cataclismo que siempre quisimos vivir. Ahora, por razones imperativamente desconocidas, estamos en un estado así. Y es justo de un estado así del que hay que salir huyendo: de todas las catástrofes posibles, la peor.

http://www.christophniemann.com
http://www.christophniemann.com

Todo hombre lleva dentro una habitación. Se puede comprobar este hecho incluso acústicamente. Cuando alguien anda a paso ligero y se escucha con atención, de noche tal vez, cuando todo está en silencio, se oye por ejemplo el tintineo de un espejo mal afianzado a la pared.

F. Kafka, de Cuadernos en octavo

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El silencio incómodo y el manejo de precisión como una manera de diálogo, o una neurosis expuesta sin mucha gracia

No hace mucho escuché a alguien decir que sentarse en el asiento del copiloto en un taxi era la manera más simple de provocar esos diálogos bizarros con el conductor.  No recuerdo realmente cómo lo dijo, pero la idea era esa: uno se sienta en el asiento trasero para evitar hablar.

Los viajes en taxi me agobian justamente por eso, por la imposibilidad de obviar a quien conduce el coche. Al final por eso evito viajar en taxi. No sucede lo mismo en el transporte público, donde todos compartimos un anonimato tumultuoso y los conductores –de metro, de pesero– están siempre distantes. En el taxi, para mi mala suerte, uno no está tan lejos de quien maneja como para sentirse a sus anchas en el silencio. El silencio en los taxis siempre es incómodo.

Antes de seguir, esto en realidad no tiene ningún sentido. Son de esos comentarios que bien puede uno guardarse. Y sin embargo, uno se pliega ante la obsenidad que entraña el blog, y los escribe. Los escribo.

Llegué a las dos de la mañana a qro., contra mi voluntad pero forzado por la circunstancia, abordé un taxi que parecía recién salido de un videojuego: luces de neón, volante diminuto, música electrónica, y una gran cantidad de implementos cuyos nombres no conozco pero que son sin duda los lexemas del idioma que hablan los que corren coches.

No tenía yo mucho que decir: me quería concentrar en la obsesión en turno (Godsford ParkThe Remains of the Day y la cultura de la casa de campo…). Y por fortuna, el conductor tampoco. Enter, silencio incómodo.

Y durante el breve trayecto, el conductor se concentró en hacer lo que su profesión demanda: manejar. Pero manejaba con una precisión peculiar. Atacaba las curvas y rebasaba sin vacilaciones. Desaceleraba con motor cuando se aproximaba una patrulla y volvía a la carga cuando algún coche con menores méritos que el suyo osaba aventajarlo. El tipo estaba embebido. El silencio incómodo, de pronto, dejó de ser tan incómodo.

Como los lexemas que el auto traía encima, esta práctica, este modo de exprimir por completo las posibilidades de la máquina, eran parte de un diálogo peculiar. No entre el conductor y yo. Entre el conductor y sí mismo. Yo era un pasajero que estaba ahí, escuchando una plática ajena.

Repito, eran las dos de la mañana.

A esa hora, el sin sentido es siempre elocuente, y comunicarlo se vuelve imperioso. Hoy, ahora, ya nada más me parece ridículo.

Hoy por la mañana pasó lo mismo: ahora era una mujer. Le dije el lugar al que iba, y sin mediar más palabra, se encaminó abstraida y silenciosa. Sólo manejaba. Precisa sin florituras, convincente en sus acelerones y económica en los giros: era una esteta, una minimalista. Todo lo que el taxista de qro. tuvo de barroco, ella lo tenía de contenida. Y la misma sensación de asistir a una plática ajena.

Sobre llegar demasiado tarde y un evento deportivo insignificante que da cuerpo a una obsesión personal

Parece que llegar tarde es prerrogativa de los distraidos y de quienes renuncian a la novedad. Porque es estar fuera de ritmo, llegar tarde es preferencia de quienes sabemos bailar mal y no lo ocultamos. Generalmente, llegar tarde es interpretado como un descaro, casi como una provocación que linda la falta de respeto, pero en realidad es más bien una condición penosa, como la caspa o la timidez.

Es demasiado visible el que llega tarde y, como para el timido, demasiado protagónica la tardanza. Como quien espolvoréa una caspa indvertida sobre sus propios hombros, desearía el que llega tarde pasar inadvertido.

Dicho esto, hay un evento deportivo al que llegué flagrantemente tarde, pero que ahora, a la distancia, me queda claro que dice algo más que sí mismo: le da cuerpo, pues a una obsesión personal.

Obvio, una pelea de box. Oscar de la Hoya contra Manny Pacquiao. Sucedió hace más de un mes. El resultado es por todos conocido. Pacquiao vapuleó a de la Hoya. Lo obligó a no salir de su esquina en los últimos rounds de la pelea; lo hizo ver mal.

La crítica es obvia: el viejo de la Hoya intentó un retiro espectacular, armó una gran mascarada para ganar mucho dinero y dedicarse a su promotora con el orgullo apenas mancillado y al final no le salió. Su figura era la del avejentado peleador, la del necesitado. Las manos y los ojos ya no alcanzaban las velocidades que en otros tiempos, el estilo era casi inexistente. Pacquiao exhibió al veterano. Lo traicionó.

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Lo importante en realidad no es el pleito, ni los personajes, sino que hay algo en la caída, la estrepitosa caída de de la Hoya (más humillante aún que un golpe que noquea: sentado en el baquillo, rodeado de voces que le explican que salir no tiene sentido, que esperan a que masculle algún monosílabo de consentimiento), que se asemeja a la tragedia de Lear. El rey pide lealtad, exige mentiras. Maldice a la única hija que no accede. Así, con la misma irracionalidad, el boxeador avejentado necesita mentirse y pide que su oponente haga lo propio. Y es dramático, tristísimo ver cómo con cada golpe recibido, con cada paso mal coordinado, el obsoleto está implorando una mentira: es casi como si entregara el cuerpo (a de la Hoya le costó un ojo completamente cerrado, un corte en la nariz y varios hematomas) a cambio de la falsedad.

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Finalmente, tal vez yo mismo estoy mintiendo. En realidad, podría decirse, es sólo un caso más de un atleta que no sabe reconocer sus limitaciones. Nada más.