Sobre llegar demasiado tarde y un evento deportivo insignificante que da cuerpo a una obsesión personal

Parece que llegar tarde es prerrogativa de los distraidos y de quienes renuncian a la novedad. Porque es estar fuera de ritmo, llegar tarde es preferencia de quienes sabemos bailar mal y no lo ocultamos. Generalmente, llegar tarde es interpretado como un descaro, casi como una provocación que linda la falta de respeto, pero en realidad es más bien una condición penosa, como la caspa o la timidez.

Es demasiado visible el que llega tarde y, como para el timido, demasiado protagónica la tardanza. Como quien espolvoréa una caspa indvertida sobre sus propios hombros, desearía el que llega tarde pasar inadvertido.

Dicho esto, hay un evento deportivo al que llegué flagrantemente tarde, pero que ahora, a la distancia, me queda claro que dice algo más que sí mismo: le da cuerpo, pues a una obsesión personal.

Obvio, una pelea de box. Oscar de la Hoya contra Manny Pacquiao. Sucedió hace más de un mes. El resultado es por todos conocido. Pacquiao vapuleó a de la Hoya. Lo obligó a no salir de su esquina en los últimos rounds de la pelea; lo hizo ver mal.

La crítica es obvia: el viejo de la Hoya intentó un retiro espectacular, armó una gran mascarada para ganar mucho dinero y dedicarse a su promotora con el orgullo apenas mancillado y al final no le salió. Su figura era la del avejentado peleador, la del necesitado. Las manos y los ojos ya no alcanzaban las velocidades que en otros tiempos, el estilo era casi inexistente. Pacquiao exhibió al veterano. Lo traicionó.

tragedie_lear

Lo importante en realidad no es el pleito, ni los personajes, sino que hay algo en la caída, la estrepitosa caída de de la Hoya (más humillante aún que un golpe que noquea: sentado en el baquillo, rodeado de voces que le explican que salir no tiene sentido, que esperan a que masculle algún monosílabo de consentimiento), que se asemeja a la tragedia de Lear. El rey pide lealtad, exige mentiras. Maldice a la única hija que no accede. Así, con la misma irracionalidad, el boxeador avejentado necesita mentirse y pide que su oponente haga lo propio. Y es dramático, tristísimo ver cómo con cada golpe recibido, con cada paso mal coordinado, el obsoleto está implorando una mentira: es casi como si entregara el cuerpo (a de la Hoya le costó un ojo completamente cerrado, un corte en la nariz y varios hematomas) a cambio de la falsedad.

lear_cordelia

Finalmente, tal vez yo mismo estoy mintiendo. En realidad, podría decirse, es sólo un caso más de un atleta que no sabe reconocer sus limitaciones. Nada más.

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