El silencio incómodo y el manejo de precisión como una manera de diálogo, o una neurosis expuesta sin mucha gracia

No hace mucho escuché a alguien decir que sentarse en el asiento del copiloto en un taxi era la manera más simple de provocar esos diálogos bizarros con el conductor.  No recuerdo realmente cómo lo dijo, pero la idea era esa: uno se sienta en el asiento trasero para evitar hablar.

Los viajes en taxi me agobian justamente por eso, por la imposibilidad de obviar a quien conduce el coche. Al final por eso evito viajar en taxi. No sucede lo mismo en el transporte público, donde todos compartimos un anonimato tumultuoso y los conductores –de metro, de pesero– están siempre distantes. En el taxi, para mi mala suerte, uno no está tan lejos de quien maneja como para sentirse a sus anchas en el silencio. El silencio en los taxis siempre es incómodo.

Antes de seguir, esto en realidad no tiene ningún sentido. Son de esos comentarios que bien puede uno guardarse. Y sin embargo, uno se pliega ante la obsenidad que entraña el blog, y los escribe. Los escribo.

Llegué a las dos de la mañana a qro., contra mi voluntad pero forzado por la circunstancia, abordé un taxi que parecía recién salido de un videojuego: luces de neón, volante diminuto, música electrónica, y una gran cantidad de implementos cuyos nombres no conozco pero que son sin duda los lexemas del idioma que hablan los que corren coches.

No tenía yo mucho que decir: me quería concentrar en la obsesión en turno (Godsford ParkThe Remains of the Day y la cultura de la casa de campo…). Y por fortuna, el conductor tampoco. Enter, silencio incómodo.

Y durante el breve trayecto, el conductor se concentró en hacer lo que su profesión demanda: manejar. Pero manejaba con una precisión peculiar. Atacaba las curvas y rebasaba sin vacilaciones. Desaceleraba con motor cuando se aproximaba una patrulla y volvía a la carga cuando algún coche con menores méritos que el suyo osaba aventajarlo. El tipo estaba embebido. El silencio incómodo, de pronto, dejó de ser tan incómodo.

Como los lexemas que el auto traía encima, esta práctica, este modo de exprimir por completo las posibilidades de la máquina, eran parte de un diálogo peculiar. No entre el conductor y yo. Entre el conductor y sí mismo. Yo era un pasajero que estaba ahí, escuchando una plática ajena.

Repito, eran las dos de la mañana.

A esa hora, el sin sentido es siempre elocuente, y comunicarlo se vuelve imperioso. Hoy, ahora, ya nada más me parece ridículo.

Hoy por la mañana pasó lo mismo: ahora era una mujer. Le dije el lugar al que iba, y sin mediar más palabra, se encaminó abstraida y silenciosa. Sólo manejaba. Precisa sin florituras, convincente en sus acelerones y económica en los giros: era una esteta, una minimalista. Todo lo que el taxista de qro. tuvo de barroco, ella lo tenía de contenida. Y la misma sensación de asistir a una plática ajena.

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