Una posible explicación acerca de la pobre competitividad deportiva inducida por las medicinas contra la gripa

Tal vez sea esta gripa que no termina de irse ni de manifestarse en plenitud lo que me hace pisarle al pedal de las generalizaciones y las conexiones insostenibles. Tal vez sea una propensión natural que no he querido admitir.

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Al rato juega la selección mexicana de futbol. Otro partido más. Otra avalancha de medios. Otra carretada de análisis al terminar el partido –y durante semanas, sin duda. El estado de las espectativas ha factorizado la anticipación de la catástrofe: se insiste en que no olvidemos lo que pasó la última eliminatoria, cuando Costa Rica, el rival en turno, nos ganó en el hasta entonces, inbatible estadio Azteca. El ánimo se parece al de las fiestas adolecentes: uno llegaba esperando algún ligue milagroso, más lleno de fantasías que de estrategias.

En realidad nada de esto viene a cuento, pero en lo que el partido comienza y se me quita el dolor de cabeza para levantarme de la cama, le ando echando ojo a unas crónicas sobre la segunda guerra mundial. A.J. Liebling, periodista de renombre, crítico gastronómico del New Yorker y uno de los titanes del reportaje de box, decidió cubrir la segunda guerra por amor a Francia. De su estancia allá, primero en 1939, cuando todo iba mal para su patria adoptiva, luego en 1941, cuando las cosas parecían repuntar, y finalmente en 1942-3, cuando el optimismo era rampante: “I knew deep down inside me after that that the road back to Paris was clear”.

Insisto, no viene a cuento.

Después de Pearl Harbor, cuando los gabachos han anunciado que entran a la guerra, Liebling se lanza de nuevo a Inglaterra. En la crónica que narra su llegada, se tira unas cuantas líneas sobre la competitividad gringa, sobre el espíritu de victoria que los consume.

“A basketball game between two high-school teams will call forth enough hardness of soul and flexibility of ethic to win a minor war; the will to win in Americans is so strong it is painful, and it is unfettered by any of the polite flummery that goes with cricket. This ruthlessness always in stock is one of our great national resources. It is better than the synthetic facist kind, because the American kid wears it naturally, like his skin, and not self-consciously, like a Brown Shirt.”

Aunque no viene a cuento, y seguramente será insostenible después de pensarlo lo suficiente, aquí la conclusión de mi infeliz silogismo.

¿Será que nuestro espíritu de competitividad es más impostado que natural? ¿O, quizá, y esta es la opción por la que me decanto, será que nuestro espíritu de competitividad no es uno que se preste a la paciencia, a la estrategia, al esfuerzo sostenido?

Se me ocurre que, en ese simulacro de guerra que es el deporte organizado, andamos rengueando en cuanto a victorias arrasadoras. Nos viene algo grande la camisa de triunfadores sin contemplaciones: estamos más hechos a nuestras garritas quejumbrosas, al uniforme de la excusa.

El único lugar en el que ese espíritu de competitividad nos viene bien, se me ocurre, es en el más violento de los deportes. Para boxear no tenemos problema, según dicen las estadísticas. Grandes campeones, vencidos las más de las veces por una hubris sociocultural y no por alguna falta en la estrategia netamente deportiva.

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Lo que quiero decir, pues, es que el espíritu de competitividad que nos domina quizá sea menos estratégico, menos elongado y poco propicio para las guerras sublimadas, como la de un partido de futbol. Quizá la nuestra sea la competitividad violenta, la que se porta como un revolver.

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Creo que nada de esto tendrá mucho sentido de no ser por las bondades de la automedicación.

2 thoughts on “Una posible explicación acerca de la pobre competitividad deportiva inducida por las medicinas contra la gripa

  1. Nuestro espíritu de competitividad deportiva es presa de temores ancestrales. Sirva de ejemplo (uno más a la ya larga lista) el marcador de esta noche:

    México – 1 Honduras – 3

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