Mejor irse a mirar el piso

Pocas cosas  se pueden decir sobre la muerte de una persona cercana:

Murió mi abuela. En la mañana del venticinco. Tenía o 93 o 98 años de edad.

Nada más. Qué pleito hay que armar, cuando en realidad fue todo tan ecuánime, tan cándido: ni estertores ni exabruptos. En cierto sentido, ni sorpresa –aunque no hay manera de obviar la sopresa de ver el absoluto de la muerte ahí en frente, en el ataud.

Mejor irse a mirar el piso, guardar silencio y esperar.

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