Acústica temprana

Ni bien termina de escurrir el agua de las orejas, ya me ando poniendo los audífonos. Mal hábito que produce un chirrido persistente y seguramente dará pie a un sinnúmero de malestares futuros.

Ni bien termino de echar la segunda vuelta a la llave para dejar atrancado el portón, empieza el primer podcast del día. Como todo obsesivo-compulsivo de closet, la elección de las armonías de fondo está guiada no sólo por el interés: también impera un criterio marcadamente cronológico: los podcasts de menos de veinte minutos o de más de cincuenta, para este trayecto, calzan mal. Cojean, se desbordan. El programa elegido es, entonces, el que ayude, con la mayor naturalidad posible, a cubrir el recorrido de la puerta de mi casa a la puerta de la oficina con la voz de alguien más.

Ni bien enciendo el cigarro y empiezo a cruzar el mercado para llegar a la boca de la estación de metro, empieza el ajuste. Ya terminó la presentación del programa (hoy, por decir algo, una mesa redonda que desmenuza unos cuantos temas de política gringa en cuarenta minutos) y están las voces sacudiéndose el gusto artificial de cualquier inicio: discuten. Con bastante sutileza, el mundo comienza a imponer sus ritmos, sus estridencias. Y hay que moverle al volumen. El ajuste es progresivo, exponencial. Cada paso hacia el metro es un paso al interior de una cámara de ruidos, al interior de una matraca, de una lata de refresco llena de piedras, al ruido por el ruido mismo.

Y la discusión en los audífonos (hoy, por decir algo, estaban hablando sobre los problemas a los que se enfrentan allá en el gabacho por la reestructura del sistema de salud) va quedando lejos. Hay que subirle un poco más. El mercado por el que atravieso no es de estos mercados pintorescos, llenos de merolicos y carcajadas y mujeres gordas que discuten con otras: es un mercado cualquiera que huele a podrido y por el que, a esas horas, atraviesan más oficinistas que clientes. No es el ruido benévolo de los mercados inexistentes, los de ficción. Tampoco es el ruido pernicioso de los mercados sórdidos, los de ficción. Es sólo el ruido cualquiera de un mercado cualquiera.

Una vez dentro de la estación, el volumen no puede subir más. El mundo termina por ganar. Por lo menos hasta que compre unos carísimos audífonos que cancelen el ruido de fondo. Pero, cursilón como siempre, de pronto me parece innecesario cancelar el ruido de fondo.

Ya dentro del vagón, no puedo distinguir las palabras que salen de los audífonos. Pero tampoco están avasalladas por el roce del metal de las ruedas y las vías. Sólo se escucha un desmadre, un batidero de sonido. Ruido, pues. Y sin embargo, aunque no alcanzo a escuchar lo que dicen los personajes del podcast en turno (hoy, por decir algo, ya iban en el segundo tema, pero no tengo ni idea de lo que era), si puedo escuchar un diálogo cercano de dos pasajeros.

“Voy a estudiar psicología y a hacerle como Carlos Cuahutémoc Sánchez”, dice uno.

“¿Quién es ese?”, contesta el otro.

“Un guey que se hizo millonario diciéndole a todos los demás: eres un pendejo”.

Una vez en la puerta de la oficina, esta acústica no aplica. Hay nuevos sonidos que integrar, con los que hay que lidiar. ¿Y si mejor sí compro los audífonos que cancelan el ruido de fondo?, es la última pregunta que me hago ni bien termino de dar la segunda vuelta a la llave para abrir la puerta de cristal de mi cubículo.

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