Ponte la corbata verde, en La Lonchería

Échenle un ojo al texto que salió en laloncheria.com.Parte del blog mundialista: “Escritores sin pelotas”.

Aquí les dejo los primeros párrafos.

El Mundial inicia hoy. México contra Sudáfrica. Terminará dentro de un mes. Entre tanto, sesenta y tres partidos. Y todos ellos en estelares horarios: seis, nueve y una y media. Todos impactan, de algún modo, las horas del trabajo. Sin llegar para nada a la grosería que fue ver en vivo los partidos del Mundial de Corea y Japón, este es otro de esos eventos que obligan a una serie de negociaciones y ajustes no del todo gratos, y no del todo sencillos.

Ya se ha dicho: en la oficina dejamos por lo menos una tercera parte de nuestra vida. En cubículos pastosos, frente a monitores que no nos pertenecen y sobre teclados que acumulan caspas y migajas; ahí está nuestro legado. Somos el informe que redactamos, las copias que sacamos, el café instantáneo que bebemos para obviar el desencanto. Con la proximidad de cualquier evento deportivo, la conciencia de esta simbiosis se hace evidente. Algo está mal con nosotros cuando amanecemos envidiando la desfachatez con la que nuestros sobrinos esquivan el deber de ir a la escuela y permanecen frente al televisor toda la mañana. […]

Torpes y aguerridos

(Como lo vió en el blog del Mundial de Letras Libres)


Este mundial es el de Inglaterra.

Las razones para afirmar esto son totalmente personales, íntimas; es decir, casi no son razones. Es una apreciación necia y ciega. Pura fe. Puro encadilamiento. El mismo encandilamiento y la misma fe que me provoca pensar en aterrizar en Heathrow y enfilarme hacia Londres: es el encandilamiento de quien no conoce del todo lo que celebra.

Jamás he estado en Inglaterra, no hay un “episodio inglés” en mi de por sí magra historia de vida. En cambio sí he seguido el futbol inglés con ahínco. Por eso estoy convencido de que este es el mundial de Inglaterra, así como estaba convencido que lo era el del 2006 y el del 2002. Así como lo era el del 90, el primero del que tengo verdadera memoria. (Paul Gascoingne llorando decoró la tapa de mi carpeta escolar durante años; ahora, las calcetas enroscadas en los tobillos como las tenía el capitán inglés en aquella foto se han convertido en el símbolo inequívoco de la derrota, del “no hay nada que hacer; quizá llorar un poco más”.)

Hay una mezcla de velocidad y aguerrida torpeza en los movimientos del equipo con la cruz de san Jorge en el pecho: una estética que respeta el tiempo que vivimos. Tiempos veloces y torpes. Tiempos que resuman furia y, de cuando en cuando, regalan algo de delicadeza. Wayne Rooney y Steven Gerrard son mis dos ejemplos. Veloces, sí. Aguerridos, sí. Torpes, tal vez sólo merced de la distancia que impone la televisión. Son personajes que mezclan defensa y ataque, rabieta con exquisitez, que parecen lograr grandes cosas sin la excesiva conciencia de estar haciendo algo bello que tienen los brasileños. Parecen hallar el mismo gozo en correr cuarenta metros en pos del rival para barrerlo en el último segundo, que en correr los mismos metros en dirección contraria para rematar con la frente y sellar una victoria. Son héroes accidentales, deliberadamente fallidos, incumplidos, necesariamente imperfectos. En ellos el desvelo y la bebida son visibles, como si el héroe inglés, antes de cobrar el penal, con la camiseta se limpiara la espuma de cerveza.

Este es el mundial de Inglaterra porque el campeón del mundo no representa nuestras aspiraciones sino que es el retrato de nuestras flaquezas.

Vidas paralelas

La explicación de los médicos es que el niño recibía poca atención de sus padres, por eso recurrió al cigarro. Después de cuatro meses, logró superar su adicción. Ahora, las imágenes lo muestran rollizo y sonriente, con una playera de superhéroe, jugando con un celular. Es una historia de éxito: un niño que logró zafarse de los espolones de la nicotina y vivirá para contarlo. Albricias.

Ahora bien, en el marco de la ventana de un hotel en Alemania, se ve la silueta de otro hombre-infante, igualmente rollizo y sonriente, investido como nuestro superhéroe deportivo, “el mejor de los últimos años”. Quizá por temor al futuro, quizá por haber visto la repetición en la que se le ve correr tras un balón a la misma velocidad a la que andan los coches con el freno de mano puesto, fuma. Él, quien habría de salvarnos de algo, o quien nos hubo de otorgar tantas cosas, ahora es simplemente un obeso cualquiera en una fiesta. Un obeso con cara de niño que fuma y bebe y provoca mucha tristeza. Albricias.