Vidas paralelas

La explicación de los médicos es que el niño recibía poca atención de sus padres, por eso recurrió al cigarro. Después de cuatro meses, logró superar su adicción. Ahora, las imágenes lo muestran rollizo y sonriente, con una playera de superhéroe, jugando con un celular. Es una historia de éxito: un niño que logró zafarse de los espolones de la nicotina y vivirá para contarlo. Albricias.

Ahora bien, en el marco de la ventana de un hotel en Alemania, se ve la silueta de otro hombre-infante, igualmente rollizo y sonriente, investido como nuestro superhéroe deportivo, “el mejor de los últimos años”. Quizá por temor al futuro, quizá por haber visto la repetición en la que se le ve correr tras un balón a la misma velocidad a la que andan los coches con el freno de mano puesto, fuma. Él, quien habría de salvarnos de algo, o quien nos hubo de otorgar tantas cosas, ahora es simplemente un obeso cualquiera en una fiesta. Un obeso con cara de niño que fuma y bebe y provoca mucha tristeza. Albricias.

One thought on “Vidas paralelas

  1. Como siempre, cuando se ven las cosas a través de los ojos de muchos, sólo se alcanza a distinguir la cáscara, o la mugre o limpieza de la cáscara. Es obvio que no lo digo por ti, sino por la marejada mediática que, ahí sí que ni modo, termina arrastrándonos.
    Aparte de lo ya dicho -que para qué repetirlo-, lo del niño me deja la pregunta: ¿quién putas le daba los cigarros?
    En cuanto al Cuauh, sabemos que un cigarro (o dos o tres) realmente no es motivo de condena. Echarte unos cuantos (porque tú y yo sabemos que si hubieran sido más ni siquiera podría con los entrenamientos) no te va a afectar durante un partido que juegues cuatro días o una semana después. Si está fuera de forma es por guevón, no por vicioso (aun con esa edad sabemos que podría estar mejor). El asunto no es el cigarro en sí, es lo que subyace: la indisciplina, no hacia la autoridad en turno (en este caso, un entrenador), sino hacia uno mismo. Se supone que estos tipos son profesionales, que están en el umbral de su más alto y anhelado desafío; particularidad que se acentúa en el caso del Cuauh, quien -creemos- tendría que afrontar más que como un simple, aunque incomparable, compromiso éste su último mundial.
    Lo que ofende es la falta de seriedad, si es que ofende algo. Ahora bien, que nadie se rasgue las vestiduras. Sabemos que los jugadores, después de un partido, acostumbran festejar como lo hacen la mayoría de adultos jóvenes en sus tiempos libres. ¿Por qué nadie se alarma por las tellas o los six que seguramente volaron ventana adentro? (Y las que no han sido grabadas.) ¿Es que ojos que no ven, corazón aficionado que no amonesta?
    Y todavía fuera eso… La bronca es que de pronto uno no se siente pleno amigo de la crítica porque es evidente que dos de sus apoyos son, en este caso, la antipatía arrogante del 10 actual y la demonización hipócrita -y por eso en boga y popular- del tabaco.
    Te abrazo, mai.

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