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(fuente)
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En el techo del baño de la casa

 

Regresé ayer a las 11.30 de la noche para darme cuenta que se había abierto un agujero en el techo del baño de la casa.

 

No es un agujero demasiado grande, pero porque la casa parece estar hecha de sucesivas y cada vez más espesas capas de yeso y pintura –y sólo muy allá, al fondo, una esencia de piedra, una solidez–, la escena era escandalosa. Igual que una herida en la cabeza sangra copiosa y desproporcionadamente, así el baño de la casa: llenó el piso de una arenilla muy fina y oscura, y de pedazos de yeso blancuscos más bien oxidados, y de hojuelas de pintura amarilla.

 

No es demasiado grande, pero cualquier agujero en el techo de una casa es una emergencia. Aunque no es de extrañar, en esta casa, que sucedan cosas así.

 

La casa es vieja. El techo está hecho de sucesivas y cada vez más espesas capas de yeso y pintura –y sólo muy allá, al fondo, una esencia de piedra, una solidez. Los nueve punto ochenta y un metros sobre segundo de velocidad a la que la las hojuelas de pintura del techo del baño de la casa están siendo jaladas por la gravedad de la tierra eventualmente tuvieron que imponerse. La vejez es perder un juego de paciencia. La vejez sabe que gana la partida, que sólo tiene que aguantar y no desesperarse.

 

El agujero en el techo del baño de la casa revela que hay una malla parecida a un panal entre el piso del departamento de arriba y yo.

Está encima del lavabo. Casi. Un poco de la arena, el yeso y la pintura cayeron dentro del lavabo. Otro tanto –la mayor parte– sobre el piso. Había comprado unos rastrillos, ayer que pasé al super antes de regresar a las 11.30. Pero ahora me da miedo rasurarme: si no estoy viendo el agujero en el techo del baño de la casa, temo que se desplome todo encima mío. No es de extrañar, en esta casa, que sucedan cosas así: temores paralizantes a eventos posibles y hasta probables, pero inverosímiles. Es muy cansado perderle la confianza a la solidez del techo del baño de tu casa. Es muy cansado estar mirando hacia arriba. Ya no es el simple por encima del hombro de las inseguridades públicas. Ya no es la repetición del gesto de cerrar la chapa o las dos inhalaciones extras para corroborar que el gas está cerrado. Esto implica verticalidad, caida rectilínea, desgajamientos: exige arquear el cuello.

 

Es muy cansado perderle la confianza a la solidez del techo del baño de tu casa. Porque, como la humedad –que seguramente ayudó a que los nueve punto ochenta y un metros sobre segundo de velocidad ganaran ayer una batalla clave en el guerra por hacer de esta construcción, una ruina– o como la vejez, la desconfianza particular va resquebrajando la confianza en general.

 

Ahora que escribo esto a las 6.50 de la mañana, no puedo dejar de revisar que el techo del comedor de la casa sigue intacto.

 

Ahora que subo esto al blog a las 11.13 de la mañana, no puedo dejar de revisar que el techo de mi oficina sigue intacto.

 

Días así.

De esto:

A esto:

[El encanto no previsto que tiene el sonido en una oficina en proceso de vaciarse, de cerrar por el día. Los pasos se escuchan un poco más firmes, menos compungidos –supongo que por el deber y los pendientes. Y luego de una crecida de ruidos definitivos –cajones cerrados, el último aullido del no-brake, la carcajada y la despedida–, todo se queda más quieto.

No es satisfacción, quizá es sólo que ese constante echarse en cara a uno mismo queda en suspenso: es más fácil cargar con el bulto de saberte oficinista sin atributos que rediman o enaltezcan cuando la oficina está callada de esta forma. ]

A esto:

SIN AUDÍFONOS.