La pequeña maldición de todos los días.

 

La maldición no es el presentimiento de que las cosas se van a ir lentamente a la chingada –ese mal sabor de boca, el tufillo sulfuroso, el frío inusual en la recámara, las miradas y medias sonrisas de desconocidos en la calle. La maldición está en que cada una de esas ansiedades en su momento vagas, vayan tomando cuerpo, regularidad, rutina.

No debería de levantarme hoy es una frase que humilla por partida doble: se burla de la condición de ser sujeto de horarios y, quizá más doloroso, trae implícita una claudicación, una negativa, una imposibilidad de hacer justo eso que se debería de hacer.

Y me levanto, humillado y medio paranoico. Y el día explota como un cohetón en un barrio de esos que con cierta rutina viven la tragedia del descuido del vecino con su pólvora.

 

 

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