Jueves

1.

Hace unos días seguí a Albert Finney de The Bourne Ultimatum a Miller’s Crossing. Era domingo. Por eso The Bourne Ultimatum. Bien entrado el sin sentido del domingo, pensé que sería buena idea seguir personajes secundarios. Esta vez ese gesto –mitad tedioso, mitad de importancia capital para salvarse de la asfixia del fin de semana– valió la pena. Fue una marometa que no termina en luxación ni cara rota. Fue una marometa afortunada.

Se me grabó una escena en especial. Una conversación entre Finney y Gabriel Byrne en el cuarto de hotel de este último. Es tensa y fraterna. Usa el personaje de Byrne una imagen que me ha estado castañeando en la cabeza: en su papel de consejero, le advierte a Finney –al personaje de Finney, pero quizá en algún recóndito sentido, a Finney también– que no puede “trade body blows” con un mafioso rival. “Trade body blows”. Para referirse a un tipo de enfrentamiento muy particular. No le dijo, “fight”, no le dijo “trade”, le dijo “trade body blows”.

Finney –su personaje, pués–, responde: “I reckon I can still trade body blows with any man in this town“.

2. 

Como peregrino, volví a un libro de Annie Dillard. No entiendo todo lo que está sucediendo ahí porque me parece que es necesaria una fe, una disposición de la inteligencia con la que no cuento. No obstante lo poco que entiendo, esos fragmentos, esas virutas de sentido, me parecen fascinantes. Es quizá el consuelo de los dim-witted: encariñarse intensamente con la gravilla, con los flecos y el polvillo de las grande cosas.

Cosas como: “I call it simplicity, the way matter is smooth and alone”.

3.

Y justo tuve que guardar el libro hoy por la mañana por el tumulto en el andén. La lluvia, precisan todos. La lluvia y los vagones y el mantenimiento y los túneles y los rieles y las fugas. Y como agua, la gente busca plegarse, deslizarse y ocupar los huecos menos hospitalarios –quise escribir hóspito.

I call it simplicity, the way matter is smooth and alone”.

Traía eso en mente en medio de las apreturas. Porque no acabo de entender. Y porque me gusta el polvillo que creo comprender bien. Me fui pensando en el contorno de las cosas, en lugares tan encerrados como un vagón de metro.

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Jueves

1. 

Hace unos días vi Days of Heaven.

 

Es un mural. Hasta los acercamientos –una langosta comiéndose una vaina de trigo, por mencionar uno– son monumentales. Grandísimos gestos fotográficos; los diálogos emborronados por el sonido ambiente.

Y el ambiente. Un tratado sobre el ambiente.

Y luego la trama; esa nefanda disyuntiva entre dos sufrimientos. Obligados por la situación –por el ambiente– a ser pareja en la miseria, los personajes se cansan. No es tanto que se rindan: se cansan. Eso que ayudan a construir, ya se sabe, no les pertenece. Se cansan. Y ella se va con el otro. Y él está de acuerdo. Y ella sufre. Y él sufre. Y el otro, al final, sufre.

Y la palabra panhandle.

 

2.

Con la semana empecé Punto de fuga, de David Markson, publicado hace no mucho por Verdehalago y traducido por Verónica Martínez Lira y Adriana Rieta Lira .

Es una joyita. Me tiene hipnotizado.

Entre las frases se me quedó el fragmento de una. Habla de Ajmátova recordando su relación con Modigliani, ambos sentados en una banca bajo la lluvia recitando a Verlaine, “incapaces de darse nada mejor”.

 

3. 

Incapaces de darse nada mejor, me acordé de eso cuando escuchaba el evento entre el señor presidente y el movimiento. Los testimonios del movimiento llevados hasta el palacio. El señor presidente ofreciendo comisiones, mecanismos, andamiajes legales. Incapaces de darse nada mejor.

 

4. 

Y luego me acordé de esto: