Miércoles

1.

Hay algo esforzado en liberarse del insomnio. Tan esforzado como súbita es la aparición del insomnio. El trasiego sobre el colchón, de un lado a otro sin gracia ni encanto: pura inquietud. Y eso no funciona. La luz y las lecturas anodinas. Y eso no funciona. Más una maldición propia de curanderos que un padecimiento de este siglo, el insomnio no es la desvelada: es simple frustración y mirar el techo.

En mi caso, esa mirada hacia el techo rara vez es reflexiva. En realidad, lo que provoca es una compulsión a permanecer quieto y poner frente a mí disyuntivas banales e imposibles como cualquier pasante de psicólogo que aplica una prueba proyectiva. Y eso tampoco funciona.

Quizá lo más molesto es ese último intento –condenado al fracaso por duplicado– por dormir un rato. Condenado al fracaso porque al ser el último intento, la mañana ya está encima y es más bien una necedad; sólo garantiza un despertar atolondrado y ya a la saga de un día que empezó hace bastante. Pero condenada también esta última carga al sueño porque no sabe a nada, no refresca ni los ojos.

2.

Después de superar todos los requerimientos para salir por la mañana de la casa, los audífonos. Dicen “…the comma is a value in marking out the component elements of a thought”.

3.

Ayer, para matar el insomnio, empecé a leer Robotika, de Alex Sheikman.

Samurais y unas ganas tremendas de volver a ver Blade Runner. Los cuadros de diálogo verticales son un capricho que, como suele suceder con las extravagancias, me molesta tanto como me entretiene.

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