Lunes

1.
“Es el típico que…”, dicen aquí al lado. Lo que sigue de inmediato es preguntar: ¿de cuantas explicaciones de este tipo seré motivo? La vergüenza parece ser la frontera entre la paranoia y el narcisismo.

2.
El nombre del programa es: Adopta una coladera.

 

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Jueves

1.
“…sin necesidad de firmar, que tu palabra sea La Verdad”, dicen.

2.
Momentos de indignación ajena. Un hombre parece estar buscando quién le compre la discusión. Puntúa sus balbuceos con los tradicionalisimos “cortes de manga”. Recibe miradas de intriga y muy callado reproche, pero nadie le toma la oferta.

César, se rumora, importó mastines para engrosar las filas de su ejército después de ver lo que eran capaces de hacer durante sus campañas hacia el norte.

3.

En los primeros párrafos de su ensayo sobre el Estilo, Walter Pater dice: “I propose here to point out certain qualities of all literature as a fine art, which, if they apply to the literature of fact, apply still more to the literature of the imaginative sense of fact”

Me fascinan y me intimidan (¿qué tanto de intimidación hay, de cajón, al estar fascinado?) esos gestos grandilocuentes y definitorios en una materia absolutamente intrascendente. Me gustaría ser capaz de hacerlos.

Miércoles

1.
Las parejas que se abrazan en perfecta inmovilidad. Estatuas de cursilería: recargan la cabeza sobre el hombro, o se acomodan de tal modo que la frente de uno parece sostener el rostro de la otra. Y no se mueven. No se recargan ni se sostienen; por lo general estan en el paso, ahí mostrando cuánto viven para el amor; cuánto los paraliza el estar así de cerca de la amada. Platón estaría muy contento por la redondez de los cuerpos, la intensidad del intento por restituir la unión primigenia.

Muy desesperantes en realidad.

2.
“Done is better than perfect”, dicen.

3.
Los exabruptos de fascinación y desencanto que provocan los rostros por la calle.

Un tabique desviado o la barbilla hundida provocan el cretino encantamiento del espectador en una feria. Historias de vida impuestas por fuerza de unos razgos apenas entrevistos. Dos piercings. Una terrible elección de corte de pelo. La familiaridad de esos pómulos altos.

Sale el rostro del campo de visión con la misma prisa con la que entró. Los ojos vuelven al piso.