Miércoles

1. 

De pronto se extraña el insomnio.

2.

Tres personajes, los tres con sueteres de colores pastel y corbatas de colores consecuentes –oficinistas a todas luces–, cantando. No murmurando, ni siquiera compartiendo sino casi ostentando la sincronía de su desafinación. No hay obvias señales de intoxicación. Tampoco esa mueca socarrona de quien se sabe “provocador” por gritar en la vía pública. Cantan por la mañana, al unísono, mientras sujetan con la mano un portafolio.

3.

El tradicional enajenado del metro: cuatro capas de ropa encima, una visera –bastante stylish, vista con justicia– puesta hacia atrás, a la manera de los jugadores de la NFL cuando esperan en la banca, y una urgencia por comunicar sus opiniones; una manía por hacerse escuchar. Sus oyentes, todos hombres, apuntan la mirada hacia otro lado (forman una perpendicular) y de cuando en cuando, como si eso fuera suficiente para hacerlo callar, asienten.

Al llegar a la estación, bajó él también, acelerado y confuso.

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