Miércoles

1.
Tres niños uniformados caminan juntos por el andén. Ninguno de los tres mide más de un metro. Caminan con determinación, casi diría con gusto. Los uniformes y sus colores sólidos: rojo, azul marino. ¿Hay algún valor pedagógico en los colores oficiales de los uniformes? ¿Hay alguna norma, estatuto, código que los regule? ¿Estudios sobre el efecto sedante de la tela sintética en colores ocre, en rojos vivos, en azul marino casi negro?

Sin mucho preámbulo, lo que sigue es el recuerdo de las fotografías a color de las secciones de espectáculos en los diarios locales. Esos bordes que no contienen el color, esos pixeles peregrinos que deforman levemente, como dibujados con crayola, los rostros conocidos, esas sonrisas más macabras que entusiastas.
2.
Sorber los mocos; sonarse la naríz.

3.
Mañana, entre tanto desamparo: los Gallos juegan el primer partido contra Tigres. Y uno quiere pensar el encuentro en términos absurdos, implantarle adjetivos, connotaciones desmedidas: we few, we happy few, we band of brother;  into the breach once more, y declamaciones por el estilo.

Y en cierto sentido lo hago. Pero ese cierto sentido es restringido y restrictivo hasta el punto de volverlo irrelevante: para decirlo un poco más claro, en el ámbito más privado, en la imaginación más desbocada, enmarco el duelo de mañana en un contexto exagerado.

También es sólo un partido de futbol y sucederá como todos los partidos de futbol, sin mayor eventualidad ni consecuencia.

Advertisements

Lunes

1. 

Una gripa me mantuvo en silencio. Mejor dicho, una gripa me mantuvo ocupado sorbiendo mocos y atajando estornudos y tos (¿cuál es el plural de tos?) como mandan las instrucciones sanitarias: con el reverso de los codos. Durante los días de cuerpo cortado fue notable la ausencia de digresiones: la pura literalidad del escurrimiento nasal, la vulgar concentración a la que obliga el cuerpo cortado.

 

2.

El abrazo nervioso y torpe del pago de impuestos: un acto atropellado, para el que nunca parece uno estar listo, en el que el error, el dígito variable podría echar abajo monumentos de folios y cálculos.

 

3.

En medio del pesar: los Gallos a la semifinal contra los Tigres.

 

4.

Everyday is Elliot Smith Day

Viernes

1.

La pareja a un lado dice: “…pasear el cancer en transporte público.”

2.

Llego tarde porque es mi costumbre, that’s how we do it around here:


3. 

“Heartbreak is funny to everyone but the heartbroken.”, J. Eugenides

4. 

Los Gallos juegan mañana el primer partido de fase final en su historia. Reciben en la Corregidora a las Chivas. Obviamente tengo toda la esperanza de un triunfo, y ninguna.

Jueves

1.

Pasa el tiempo y no deja de parecerme hilarante el trastabilleo que provocan los cambios de velocidad en los transportes públicos. El rigor de la cara, el movimiento estereotipado de los brazos, las piernas que, tentativas, intentan compensar las inclinaciones, vaivenes y desequilibrios: termina siendo el pequeño ensayo de un tropiezo.

Carcajada aparte, cuando el tropiezo –esa perfecta desavenencia hecha de movimientos que establecen su propia gracia vanguardista– se materializa; o mejor aún, cuando al inicio de la vacilación ya se anticipa, redonda y plena, la caída.

Estas levedades, dicen los serios y sensatos, son cosa de infantes, de inmaduros o de esos personajes en quienes el caracter no acabó de cuajar.

Sin duda puedo ver como pertenezco a las tres categorías: estos tumbos me parecen chistosísimos, en especial, los trastabilleos en grupo: aquellos en los cuales dos o más personas que viajan juntas padecen diversos grados de desequilibrio. Tropiezo –y humor– abismado.

2. 

Las hay también difíciles, más comprometedoras.

Uno que trastabilla, intenta, con la marga fuerza de un abdomen claramente fuera de forma, como pez fuera del agua, enderezar el cuerpo que se inclina cada vez más y con más velocidad. No puede. Pero ya dio tres o cuatro pasos en ese zarandeo de herido o epiléptico, y ya han caído algunos objetos de los bolsillos —objetos menores: algunas monedas de denominación baja, el llavero. Y las manos evidencian una falta de coordinación y de reflejos propia de quien pasa el día empujando teclas con los dedos. La frente, el cuello, la mirada, locales todos de la misma tensión. Y por un azar tan desafortunado que parece puesta ahí con toda intención, los tres o cuatro pasos acercan al tropezante a una jardinera de arbusto enano y más bien seco —poca hoja y mucha rama de esa corta y estorbosa. Con una mano casi ya tocando el piso y la otra mal sacada del bolsillo de la chamarra, va a dar de bruces contra la flora decorativo. De bruces es, quizá demasiado vago: es el lado derecho de la cara, desde la frente hasta el mentón, el que recibe el abrazo de la fronda. Los lentes protegen al ojo, la torsión del cuello contribuye pero expone a la oreja. No grita ni maldice. Solo se escucha cómo deja escapar un poco de aire. Suena como  si atragantara un estornudo. Se levanta, sonríe para indicar, no sólo que está bien sino que casi casi fue intencionado, un momento de levedad que cualquiera puede tener. Rasguñado y seguramente sintiendo el ardor del ridículo público en la parte derecha de la cara, levanta su llavero y se aleja.

—”Se le cayeron unas monedas”, —me pareció importante recalcar al tiempo que le regresé el peso con cincuenta centavos.

3. 

Las hay trágicas, sin duda. Los camellones, por ejemplo, me parecen una trampa mortal: cualquier paso en falso, cualquier pequeña saliente o irregularidad nos proyecta directito al cauce del arroyo vehicular. Por ejemplo.

Miércoles

1.
El mal avenido otro encuentro del sábado. Caín Velasquez vs. Junior Dos Santos. Por el título de los pesos pesados en la UFC. Velasquez, llevado y traído como el campeón “mexicano” (estas nociones de nacionalidad tan acentuadas son tan socorridas para facismos, eventos deportivos y mercadotecnias que parecería solo servir para esos fines), había estado fuera desde hacía más de un año. Dos Santos hacía un par de meses que peleó. En 64 segundos y con un golpe en la oreja, Velasquez terminó rematado en la lona. 64 segundos. Habrán sido una docena de golpes lanzados; habrán conectado cuatro o cinco.

La idea de que los trescientos y tantos días fuera del ring hacen que la resistencia a los golpes se pierda; que los golpes se sientan más contundentes –sin importar cuantas sesiones de sparring haya de por medio– por no haber tenido peleas “en serio”.

Lo problemático de la frase “en serio”

¿Existirá, pues, esa capacidad adaptativa que discrimina entre los golpes dados por un compañero de entrenamiento y esos que lanzará, bajo los reflectores y los gritos y los preámbulos y la cavernosa y tumultuaria arena, el oponente?

2.

La duda reciente de a lo que se refieren cuando dicen: “Eurípides vivió dos años en una cueva, solo y rodeado de libros…”. ¿Cómo eran esos libros que lo rodeaban? ¿Qué estanterías los contenían? ¿Cómo los ordenaba? ¿Por qué la irrecuperable inmensidad que nos separa de ellos termina siempre poblada por estos pequeños libreros, mesas de noche, lamparas de luz tenue para leer dentro de la cueva?

El recuerdo de haber leído mal y recordar aún con menos autoridad el ensayo de V. Woolf, “On not knowing Greek”.

“Those few hundred years that separate John Paston from Plato, Norwich from Athens, make a chasm which the vast tide of European chatter can never succeed in crossing.”, dice.

“But the Greeks remain in a fastness of their own. Fate has been kind there too. She has preserved them from vulgarity. Euripides was eaten by dogs; Aeschylus killed by a stone; Sappho leapt from a cliff. We know no more of them than that. We have their poetry, and that is all.”

3. 

Gary Clark Jr, “Bright Lights”

4.

La impuntualidad ante las novedades.

La incapacidad para mantener el equilibrio sobre la ola de lo actual.

Lunes

1.

Se  ha dicho todo ya acerca del robo en la pelea entre Pacquiao y Márquez. Se han ocupado todos los sinónimos posibles para referir al acto de negarle a quien ganó, con discreta claridad (discreta en tanto no hubo caídas ni cuentas de protección), un combate vistoso por sorpresivo la retribución última por sus esfuerzos. Se han hecho todas las comparaciones y todas las bromas posibles. Y a pesar de lo insignificante, en el gran esquema de las cosas, de este resultado deportivo, hay una frustración peculiar en todo ello. Como si hubiera perdido una apuesta o como si este resultado contradijera mi punto en un argumento defendido hasta la necedad.

Ya se habló, también, pero precisamente esto no es algo que se agote: la transmisión por televisión abierta en el canal 7 de TV Azteca fue el pináculo de la insensatez y lo anticlimático. Para empezar, los cinco o seis comentaristas opinando sobre la pelea, todos tan apelotonados a cuadro como en el audio, todos repitiendo obviedades y exhibiendo no profesionalismo sino emoción: era como tener que estar obligado a escuchar la pelea comentada por los cinco primos menos avezados y elocuentes de la familia.

Y luego de eso, la perfecta estupidez de hacer tan largos como fuera posible los periodos de descanso entre los rounds. Si bien es por todos entendido que en televisión el contenido es apenas el relleno para ofrecernos la verdadera producción –los comerciales–, no es de dios negarle a un evento en vivo su ritmo natural, su propio orden y cadencia. En una palabra: alteraron el santo drama de los tres minutos interrumpidos por 60 segundos de descanso, para convertirlo en un round de boxeo anegado por tres minutos de anuncios francamente indistinguibles entre sí. Convirtieron el hondo conflicto de dos seres humanos al tope de sus habilidades que han elegido batirse a golpes, en el show de música y botargas afuera de la tienda para, eso esperan, vender unos cuantos muebles más.

Cada round era una isla. Lo que fuera que esos tres minutos de guantadas y defensas, de fintas y tensión consiguieron amasar quedaba somera e inapelablemente nulificado por una decisión de producción. Si acaso los tres minutos entre rounds hubiesen sido usados para ofrecernos algo más. Ese algo más de la narrativa experimental, de las propuestas osadas. Pero no. Fue simplemente la vendimia más vulgar, la de menor gracia: esa que uno espera haya fallado.

Aunque sea una queja sin caducidad, es preciso repetirlo: todo esto ya se ha dicho.

 

2.

La gramática de la superficie: esa serie de reglas y condiciones que regulan la interpretación de las elecciones sartoriales. “¿Qué dice la corbata ancha, qué el suéter sobre la corbata sin saco, los zapatos de piso con traje sastre y las blusas que transparentan sin revelar?”.

(De tan obvio, es casi innecesario apuntar que, cuando el salario mínimo se topa con los descuentos de las grandes maquiladoras que abastecen a las inmensas tiendas de ropa, el “estilo” y el “gusto” quieren decir cosas muy distintas.)

Aún así, la hermenéutica de las ropas, los peinados y los accesorios  ajenos tiene un componente psicologista, casi adivinatorio que nunca cansa. Lo desafortunado, en todo caso, es mi poca fluidez en gramática tan compleja.