Lunes

1.

Se  ha dicho todo ya acerca del robo en la pelea entre Pacquiao y Márquez. Se han ocupado todos los sinónimos posibles para referir al acto de negarle a quien ganó, con discreta claridad (discreta en tanto no hubo caídas ni cuentas de protección), un combate vistoso por sorpresivo la retribución última por sus esfuerzos. Se han hecho todas las comparaciones y todas las bromas posibles. Y a pesar de lo insignificante, en el gran esquema de las cosas, de este resultado deportivo, hay una frustración peculiar en todo ello. Como si hubiera perdido una apuesta o como si este resultado contradijera mi punto en un argumento defendido hasta la necedad.

Ya se habló, también, pero precisamente esto no es algo que se agote: la transmisión por televisión abierta en el canal 7 de TV Azteca fue el pináculo de la insensatez y lo anticlimático. Para empezar, los cinco o seis comentaristas opinando sobre la pelea, todos tan apelotonados a cuadro como en el audio, todos repitiendo obviedades y exhibiendo no profesionalismo sino emoción: era como tener que estar obligado a escuchar la pelea comentada por los cinco primos menos avezados y elocuentes de la familia.

Y luego de eso, la perfecta estupidez de hacer tan largos como fuera posible los periodos de descanso entre los rounds. Si bien es por todos entendido que en televisión el contenido es apenas el relleno para ofrecernos la verdadera producción –los comerciales–, no es de dios negarle a un evento en vivo su ritmo natural, su propio orden y cadencia. En una palabra: alteraron el santo drama de los tres minutos interrumpidos por 60 segundos de descanso, para convertirlo en un round de boxeo anegado por tres minutos de anuncios francamente indistinguibles entre sí. Convirtieron el hondo conflicto de dos seres humanos al tope de sus habilidades que han elegido batirse a golpes, en el show de música y botargas afuera de la tienda para, eso esperan, vender unos cuantos muebles más.

Cada round era una isla. Lo que fuera que esos tres minutos de guantadas y defensas, de fintas y tensión consiguieron amasar quedaba somera e inapelablemente nulificado por una decisión de producción. Si acaso los tres minutos entre rounds hubiesen sido usados para ofrecernos algo más. Ese algo más de la narrativa experimental, de las propuestas osadas. Pero no. Fue simplemente la vendimia más vulgar, la de menor gracia: esa que uno espera haya fallado.

Aunque sea una queja sin caducidad, es preciso repetirlo: todo esto ya se ha dicho.

 

2.

La gramática de la superficie: esa serie de reglas y condiciones que regulan la interpretación de las elecciones sartoriales. “¿Qué dice la corbata ancha, qué el suéter sobre la corbata sin saco, los zapatos de piso con traje sastre y las blusas que transparentan sin revelar?”.

(De tan obvio, es casi innecesario apuntar que, cuando el salario mínimo se topa con los descuentos de las grandes maquiladoras que abastecen a las inmensas tiendas de ropa, el “estilo” y el “gusto” quieren decir cosas muy distintas.)

Aún así, la hermenéutica de las ropas, los peinados y los accesorios  ajenos tiene un componente psicologista, casi adivinatorio que nunca cansa. Lo desafortunado, en todo caso, es mi poca fluidez en gramática tan compleja.

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