Jueves

1.

Pasa el tiempo y no deja de parecerme hilarante el trastabilleo que provocan los cambios de velocidad en los transportes públicos. El rigor de la cara, el movimiento estereotipado de los brazos, las piernas que, tentativas, intentan compensar las inclinaciones, vaivenes y desequilibrios: termina siendo el pequeño ensayo de un tropiezo.

Carcajada aparte, cuando el tropiezo –esa perfecta desavenencia hecha de movimientos que establecen su propia gracia vanguardista– se materializa; o mejor aún, cuando al inicio de la vacilación ya se anticipa, redonda y plena, la caída.

Estas levedades, dicen los serios y sensatos, son cosa de infantes, de inmaduros o de esos personajes en quienes el caracter no acabó de cuajar.

Sin duda puedo ver como pertenezco a las tres categorías: estos tumbos me parecen chistosísimos, en especial, los trastabilleos en grupo: aquellos en los cuales dos o más personas que viajan juntas padecen diversos grados de desequilibrio. Tropiezo –y humor– abismado.

2. 

Las hay también difíciles, más comprometedoras.

Uno que trastabilla, intenta, con la marga fuerza de un abdomen claramente fuera de forma, como pez fuera del agua, enderezar el cuerpo que se inclina cada vez más y con más velocidad. No puede. Pero ya dio tres o cuatro pasos en ese zarandeo de herido o epiléptico, y ya han caído algunos objetos de los bolsillos —objetos menores: algunas monedas de denominación baja, el llavero. Y las manos evidencian una falta de coordinación y de reflejos propia de quien pasa el día empujando teclas con los dedos. La frente, el cuello, la mirada, locales todos de la misma tensión. Y por un azar tan desafortunado que parece puesta ahí con toda intención, los tres o cuatro pasos acercan al tropezante a una jardinera de arbusto enano y más bien seco —poca hoja y mucha rama de esa corta y estorbosa. Con una mano casi ya tocando el piso y la otra mal sacada del bolsillo de la chamarra, va a dar de bruces contra la flora decorativo. De bruces es, quizá demasiado vago: es el lado derecho de la cara, desde la frente hasta el mentón, el que recibe el abrazo de la fronda. Los lentes protegen al ojo, la torsión del cuello contribuye pero expone a la oreja. No grita ni maldice. Solo se escucha cómo deja escapar un poco de aire. Suena como  si atragantara un estornudo. Se levanta, sonríe para indicar, no sólo que está bien sino que casi casi fue intencionado, un momento de levedad que cualquiera puede tener. Rasguñado y seguramente sintiendo el ardor del ridículo público en la parte derecha de la cara, levanta su llavero y se aleja.

—”Se le cayeron unas monedas”, —me pareció importante recalcar al tiempo que le regresé el peso con cincuenta centavos.

3. 

Las hay trágicas, sin duda. Los camellones, por ejemplo, me parecen una trampa mortal: cualquier paso en falso, cualquier pequeña saliente o irregularidad nos proyecta directito al cauce del arroyo vehicular. Por ejemplo.

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