Miércoles

1.
Tres niños uniformados caminan juntos por el andén. Ninguno de los tres mide más de un metro. Caminan con determinación, casi diría con gusto. Los uniformes y sus colores sólidos: rojo, azul marino. ¿Hay algún valor pedagógico en los colores oficiales de los uniformes? ¿Hay alguna norma, estatuto, código que los regule? ¿Estudios sobre el efecto sedante de la tela sintética en colores ocre, en rojos vivos, en azul marino casi negro?

Sin mucho preámbulo, lo que sigue es el recuerdo de las fotografías a color de las secciones de espectáculos en los diarios locales. Esos bordes que no contienen el color, esos pixeles peregrinos que deforman levemente, como dibujados con crayola, los rostros conocidos, esas sonrisas más macabras que entusiastas.
2.
Sorber los mocos; sonarse la naríz.

3.
Mañana, entre tanto desamparo: los Gallos juegan el primer partido contra Tigres. Y uno quiere pensar el encuentro en términos absurdos, implantarle adjetivos, connotaciones desmedidas: we few, we happy few, we band of brother;  into the breach once more, y declamaciones por el estilo.

Y en cierto sentido lo hago. Pero ese cierto sentido es restringido y restrictivo hasta el punto de volverlo irrelevante: para decirlo un poco más claro, en el ámbito más privado, en la imaginación más desbocada, enmarco el duelo de mañana en un contexto exagerado.

También es sólo un partido de futbol y sucederá como todos los partidos de futbol, sin mayor eventualidad ni consecuencia.

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