Martes

1.

Gripa, no. Bronquitis.

 

2. 

Aquella manía —heredada de un tipo de cinematografía efectista y acelerada que he consumido en cantidades por encima de lo que me gustaría reconocer—, que consiste en mirar por la ventana del transporte público, ubicar un tableaux que congele uno o una serie de actos, y en cuanto el movimiento del transporte saque este pequeño cuadro vivo del campo de vista, imaginar su continuación trágica. Este es el ejemplo de hoy:

Tres personas en la azotea de un edificio de tres pisos caminan alrededor de un gran tanque de gas muy cerca del borde. Una de esas personas es una mujer con camisa polo azul y su bolsa de mano (la bolsa de mano y la azotea son dos objetos que me parecen se llevan poco). [Hasta ahí lo visto.] La mujer se acerca a asomarse al borde. Un pie, enfundado en unos zapatos para adelgazar de talones redondeados, se atora en un pedazo de metal. Trastabilla y cae. La banqueta llena de curiosos. Dos ambulancias, varias patrullas. Un cuerpo cubierto. Los contenidos de la bolsa de mano regados.

3.

El Proust diario:

…porque en Combray “una persona desconocida” era un ser tan increíble como un dios de la mitología, y no se recordaba que ninguna vez que una de aquellas apariciones estupefacientes habían ocurrido, fuera en la plaza, fuera en la calle del Espíritu Santo, una diligente investigación no hubiera terminado por reducir el personaje fabuloso a las proporciones de una “persona conocida…

(I, 77)

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Jueves

1.
Hoy por la mañana tomé un pesero. Iba conducido por un personaje que semejaba a un desafortunado enfermo de progeria, que sonreía mucho y con pocos dientes, y conversaba con su ayudante, este de ojos dormidos y desgarbado. Todo el viaje fui pensando que eran “idénticos a…”, pero nunca atiné a adivinar el dúo al que estos parecían imitar.

Me sigue atormentando como quiénes eran.

2.

El Proust diario:

…”y Francisca guardaba a los invisibles lazos que crea entre los individuos de una familia la circulación de una misma sangre tanto respeto como un trágico griego”

(I, 72)

Miércoles

1.
Es cierto que la semana anterior, en el trabajo, las actividades y tareas tenían un ánimo tentativo. Parecía trabajo, y lo era, pero lo importante es que parecía, y en esa apariencia cabía la duda, y en esa duda, una distención cómoda, una ilusión mínima. Ahora es evidente que la jornada laboral es seria e inapelable: ni bien había doblado el fin de semana y la agenda es un bloque de piedra en el bolsillo; la alarma el llamado a subir, como un Sísisfo en la Francia revolucionaria, una y otra vez los escalones del cadalso, y las calles dejan de caminarse para convertirse simplemente en los escenarios de la prisa y la impuntualidad.

Sobre la transformación de las calles, opera en mí el mismo mecanismo infantil que cuando fingía estar enfermo para no ir a la escuela. “Entonces me acompañas al banco”, era el tratamiento determinado por mi madre para mi fiebre inexistente y mis dolores de garganta espurios. Y qué extraño era ver el mundo de las once treinta de la mañana. En mi localidad todo brillaba en extremo (o quizá era que mi salón escolar ostentaba una ilumnación pésima) y los olores, las actitudes, los quehaceres, las posibilidades parecían los de una república extranjera. Así con las calles durante las semanas de trabajo.
2.
Mucho trabajo. Tantos pendientes que tendré que empezar a postear con más regularidad. Sólo para acumular pendientes. Por primera vez, de tantos, tiene sentido tener una agenda.
3.
Extraño las fotos del metro.

4.
El Proust diario:

Eran habitaciones de esas de provincia que –lo mismo que en ciertos países hay partes enteras del aire o del mar iluminadas o perfumadas por infinidad de protozoarios que nosotros no vemos– nos encantan con mil aromas que en ellas exhalan la virtud, la prudencia, el hábito, toda una vida secreta e invisible, superabundante y moral que el aire tiene en suspenso.

(I, 67-8)