Miércoles

1. 

El monotema: la entrega del informe parcial de la beca

 

2. 

El kwan diario del tio Cyril:

Yet there are many who dare not kill themseleves for fear of what the neighbours will say

Medítenlo.

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Martes

1.

“Así trabajo yo”, dice el conductor.

Y en el fondo, esa aclaración que busca callar las inconformidades por el lugar preciso para hacer una parada, resume una ética vital que, por hermética, me impresiona. ¿Qué sigue después de eso? ¿Cómo objetar algo tan claro? ¿Cómo derribar tan tajante cinismo, tan inapelable negativa a compartir, a colaborar, a estar sujeto a dudas?

Lo que quiero decir es que me impresionan las certezas ajenas.

 

2.

Ayer terminé de leer El libro vacío.

No sé si es una condición del la prosa de Vicens, o si es un fenómeno que le sucede a todos los lectores. O sólo a los menos avezados. O sólo a mí. Pero mientras más leía, más me parecía no que me hablaban a mí, no que ese libro había sido escrito únicamente para mis ojos, ni nada de eso: entre más leía, más sentí que “yo podía ser el siguiente José García”.

No “yo podría escribir un libro como el libro de Josefina Vicens en el que aparece un personaje patético llamado José García”. No.

Una advertencia de película de terror. El  “sigues tú” de todas las bravuconerías. El “no estás a salvo” de todas las amenazas.

Para decirlo de otra manera, El libro vacío se me fue convirtiendo en una novela de terror.

 

3. 

El kwan diario del tio Cyril:

“…and yet even the masterpieces whose permanence grants them a mystical authority over us are doomed to decay: a word slithers into oblivion, then a phrase, then an idea.”

 

Martes

1.
Sísifos: los barrenderos callejeros, con esas gigantescas escobas de rama; los cantantes de pesero; los patrulleros.

 

2.
No sé por qué, pero cuando descubro a alguna persona con un libro de saldos -uno de esos que reconoces de las librerías de viejo, los de 5, 10, 15 pesos, con portadas setenteras y despintadas por el sol y el maltrato- en las manos, pienso la misma cosa: “esos son los verdaderos lectores”. Más allá del gusto estético, de la deferencia con la tradición, estas personas prescinden de los beneficios de ser “vistos” leyendo, en favor de solo leer. Pienso que leerían una caja de cereal, o un manual de videocasetera. Omnivoros, lectores sin literatura.

Luego ya reconozco que los estoy idealizando y me avergüenzo un poco y pienso en otra cosa.

 

3.

El kwan del tio Cyril de hoy es:

“But what good is ambition without energy?”

Medítenlo.

Lunes

1.

No sólo es contradictorio y destempla al cuerpo, sino que dormir sin descansar incentiva esos pequeños episodios de delirio diurno que parecen salidos de una pésima película latinoamericana. Algo como de Eliseo Subiela o alguna tristeza por el estilo. Dan ganas, además, de echar “una pestaña” en cualquier parte. Y eso se traduce en una serie de cálculos irreales e imprácticos —cómo sería acurrucarse debajo del escritorio vacío, o cuántos minutos podré soportar con el cuello colgando hacia atrás en esta silla—, acometidos con intensidad.

Dormir sin descansar da frío y revuelve el estómago.

Dormir sin descansar es como tener un permanente botón rojo del teléfono avisando que hay mensaje, y no lo hay.

 

2. 

He dejado de lado un poco a Proust. Sin embargo, aquí una cita sobre él. Dice Torri, y no podría tener más razón: “Proust pudo haber comenzado su gran obra A la búsqueda del tiempo ido diciendo: ‘Canta, oh Musa, los ccelos y el snobismo…'”

 

3. 

En lugar del Proust diario, podría inaugurar El kwan diario del tio Cyril. Por ejemplo:

“The insect resembles a leaf at the wish of a tree.”

Medítenlo.

Viernes

1.
Un naranjo en la avenida y dos mujeres compartiendo asiento, cada una aplicando delineador a sus ojos sin reparar en lo que la de al lado hace. Ya después todo era mirar a los transeuntes enfundados en gabardinas, ponchos plásticos y bolsas de basura. Lluvia tupida. Al pesero subía gente con paraguas empapados que, perros de nylon y alambre, sacudían y mojaban dobladillos y zapatos; una mujer pidió disculpas tres veces por el mismo agravio.

2.
El día está por acabarse y la cuota de trabajo es bajísima –tan contable y tan poco realista como siempre, los planes de trabajo terminan siendo más bien un esquema aspiracional al que nunca me acerco.

Martes

1. 

No poder despertar por la mañana para llegar puntual al trabajo inevitablemente lleva a pensar en las mañanas en las que había que ir a la escuela. La primera desbordada frustración, esa que es imposible de atajar y para la que de verdad ni llorar es bueno, fue la de un martes después de un puente. Todavía recuerdo estar tirado en el suelo mirando la ventana, y queriendo llorar y sin poder hacerlo. Había que pararse, darse un baño, enfundar el uniforme, apurar el trago de leche y el pan tostado y pretender que era un gusto ver a los compañeros de la clase. Una perspectiva así de abrumadora, a los seis o siete años, sólo podía llevar a un ataque de desesperación hasta entonces inédito. Ni siquiera valía inventarse un mal estar, fingir dos o tres síntomas de resfrío: el problema era sistémico —tendría que hacer esto todos los días hasta graduarme de prepa.

O hasta renunciar a la oficina.

O hasta que la oficina me renuncie.

 

2.

“Casi todo es pensamiento mágico”, dicen.

Lunes

1. 

Día de asueto.

Este día de asueto me recordó que hasta hace muy poco tenía una idea equivocada de lo que a moveable feast significaba. Al leer el libro de Hemingway pensé que estaba hablando de una fiesta portátil, casi de un picnic. No le di mayor importancia y me sentí satisfecho con mi ignorancia –qué nociva y qué persistente es la ignorancia satisfecha. Luego, tiempo después, por otras conexiones y azares, caí en cuenta que era más bien otra cosa: un día feriado sin fecha fija.

 

2.

Habría que aceptar que mi impaciencia es costosa. Creo que eché a perder un pedazo de tecnología nada barato por no poder tolerar que sus procesos tardaran tanto. Soy un hijo de mi tiempo y me avergüenzo: uno tiene que rebelarse, ser lo contrario de lo que se espera, constantemente jalonear los mandatos de la época como si se tratara de un sueter encogido de lana tosca. Debería de ser paciente, comprehensivo, minucioso en mi serenidad y vociferante en mi defensa de la quietud. Pero no. Nunca me ha gustado esa variante del pensamiento mágico que dice, “te lo mereces”, pero me merezco la desesperación que marina un enfado canijo que me carcome y que se aviva nomás de pensar en todo el proceso que tendré que hacer para resolver este fiasco.

 

3.

Para el libro del fracaso leí Ricardo III. Qué fascinante su maldad y sus deformidades. En algún momento del principio de la obra dice:

“Why, I, in this weak piping time of peace, / Have no delight to pass away the time, / Unless to spy my shadow in the sun, / And descant on mine own deformity”.