Lunes

1. 

Día de asueto.

Este día de asueto me recordó que hasta hace muy poco tenía una idea equivocada de lo que a moveable feast significaba. Al leer el libro de Hemingway pensé que estaba hablando de una fiesta portátil, casi de un picnic. No le di mayor importancia y me sentí satisfecho con mi ignorancia –qué nociva y qué persistente es la ignorancia satisfecha. Luego, tiempo después, por otras conexiones y azares, caí en cuenta que era más bien otra cosa: un día feriado sin fecha fija.

 

2.

Habría que aceptar que mi impaciencia es costosa. Creo que eché a perder un pedazo de tecnología nada barato por no poder tolerar que sus procesos tardaran tanto. Soy un hijo de mi tiempo y me avergüenzo: uno tiene que rebelarse, ser lo contrario de lo que se espera, constantemente jalonear los mandatos de la época como si se tratara de un sueter encogido de lana tosca. Debería de ser paciente, comprehensivo, minucioso en mi serenidad y vociferante en mi defensa de la quietud. Pero no. Nunca me ha gustado esa variante del pensamiento mágico que dice, “te lo mereces”, pero me merezco la desesperación que marina un enfado canijo que me carcome y que se aviva nomás de pensar en todo el proceso que tendré que hacer para resolver este fiasco.

 

3.

Para el libro del fracaso leí Ricardo III. Qué fascinante su maldad y sus deformidades. En algún momento del principio de la obra dice:

“Why, I, in this weak piping time of peace, / Have no delight to pass away the time, / Unless to spy my shadow in the sun, / And descant on mine own deformity”.

 

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