Martes

1. 

No poder despertar por la mañana para llegar puntual al trabajo inevitablemente lleva a pensar en las mañanas en las que había que ir a la escuela. La primera desbordada frustración, esa que es imposible de atajar y para la que de verdad ni llorar es bueno, fue la de un martes después de un puente. Todavía recuerdo estar tirado en el suelo mirando la ventana, y queriendo llorar y sin poder hacerlo. Había que pararse, darse un baño, enfundar el uniforme, apurar el trago de leche y el pan tostado y pretender que era un gusto ver a los compañeros de la clase. Una perspectiva así de abrumadora, a los seis o siete años, sólo podía llevar a un ataque de desesperación hasta entonces inédito. Ni siquiera valía inventarse un mal estar, fingir dos o tres síntomas de resfrío: el problema era sistémico —tendría que hacer esto todos los días hasta graduarme de prepa.

O hasta renunciar a la oficina.

O hasta que la oficina me renuncie.

 

2.

“Casi todo es pensamiento mágico”, dicen.

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