Martes

1.

“Así trabajo yo”, dice el conductor.

Y en el fondo, esa aclaración que busca callar las inconformidades por el lugar preciso para hacer una parada, resume una ética vital que, por hermética, me impresiona. ¿Qué sigue después de eso? ¿Cómo objetar algo tan claro? ¿Cómo derribar tan tajante cinismo, tan inapelable negativa a compartir, a colaborar, a estar sujeto a dudas?

Lo que quiero decir es que me impresionan las certezas ajenas.

 

2.

Ayer terminé de leer El libro vacío.

No sé si es una condición del la prosa de Vicens, o si es un fenómeno que le sucede a todos los lectores. O sólo a los menos avezados. O sólo a mí. Pero mientras más leía, más me parecía no que me hablaban a mí, no que ese libro había sido escrito únicamente para mis ojos, ni nada de eso: entre más leía, más sentí que “yo podía ser el siguiente José García”.

No “yo podría escribir un libro como el libro de Josefina Vicens en el que aparece un personaje patético llamado José García”. No.

Una advertencia de película de terror. El  “sigues tú” de todas las bravuconerías. El “no estás a salvo” de todas las amenazas.

Para decirlo de otra manera, El libro vacío se me fue convirtiendo en una novela de terror.

 

3. 

El kwan diario del tio Cyril:

“…and yet even the masterpieces whose permanence grants them a mystical authority over us are doomed to decay: a word slithers into oblivion, then a phrase, then an idea.”

 

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