Viernes

1.

Hoy en el pesero, en ocasiones distintas durante el recorrido, subieron dos adolescentes con aparatos ortopédicos en las piernas. Uno era el aditamento y la muleta que en mi mente asocio con los enfermos de polio. El otro era un aditamento tosco y evidentemente incómodo que sujetaba ambas piernas y la cadera. No me atreví en ninguno de los dos casos a preguntar absolutamente nada. Me quedaron muchas preguntas.

¿Cuántas interrogantes del dia se van sin ser preguntadas? Intentar responder la mayoría haría que la cotidianidad se apegue al método científico; tal vez se eliminarian tantos prejuicios; sin duda haría que las indagatorias sostendias, los Al final, me parece, es lo mejor.

2.

Durante la mañana estuve leyendo el testimonio de Jean Echenoz sobre la vida del editor Jerome Lindon. El editor resulta ser un personaje común, cualqueir abuelo ideosincrático, sin embargo hay en los pocos párrafos del libro algo muy conmovedor.

Quizá sea el tono de inmediatez, el desorden de los recuerdos, lo puntual, lo atropellado. Según el autor, escribió ese texto para consignar los recuerdos que la noticia de la muerte de su editor le avivó, para no perderlos.

3.

…«piramidal y sin sosiego», …«sonoro y animoso»

4.

El kwan diario del tío Cyril:

Confidence does not become me

Medítenlo.

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Martes

1.

Quizá el mundo se divida en dos campos: los que pueden tolerar el sonido de su voz en las grabaciones, y los que no podemos. A pesar de ser de los que engrosan este segundo campo, llevo varios días dándole vueltas a unos audios que empezaré a subir acá. Una serie, en realidad. Como un niño que sabe lo ridículo de sus marometas, pero incapaz de detenerse, la echaré a andar.

 

2.

Hoy no hay kwan.

 

Jueves

1.

Hoy estreno la bola de boliche. Vista en el contexto de la vida de un adulto, o en el contexto de la gente «ocupada», o en el contexto de la gente a tono con los tiempos, mi emoción es desmesurada y pueril. Me fascina la idea de jugar el torneo con el equipo adecuado, con una bola exacta.

La ampolla en el dedo medio todavía no termina de cerrarse. O más bien, la piel está cerrada, pero el hueco fue tan profundo que todavía hay dos capas que faltan por regenerarse. Digo dos con toda exactitud: se pueden ver los dos niveles de piel que todavía no se unen. Amanecí pensando en configuraciones distintas de cinta, tela adhesiva, microporo, curitas con las que forrar el dígito.

No tengo manera de saber si esta herida tardó mucho o poco en cicatrizar. Si lo pienso en función de la actividad en puerta, tardo mucho y quizá se vuelva a abrir nomás porque no esta cerrada del todo. Si lo pienso en función de los procesos que imagino están involucrados en regenerar tejidos, cicatrizo muy rápido.

En cualquier caso, no tengo ni idea de la complejidad de los procesos involucrados en cicatrizar, y eso es agobiante. Hay un abismo entre el conocimiento que uno estima objetivo y «científico», y lo que hacen los laboratorios y los investigadores: entiendo perfecto por qué la gente dice: «me enfermé porque me enfrié». ¿Quién sabe el nombre de los aminoácidos, la mecánica de los canales celulares, las estructuras de las moléculas que andamos agitando como monedas en un tarro?

2.

Dice Szymborska de las mujeres de Rubens: “Oh acalabazadas, oh excesivas!”.

3.

Como perro pavloviano, mi teléfono me ha condicionado a apretarle un botón cada que parpadea una lucesita roja. Me avisa que hay un correo nuevo. Y casi siempre es spam. Y pienso que lo sano es ignorarla. Y vuelve a suceder. Y pienso que lo sano es ignorarla.

4.

El kwan diario del tío Cyril:

…angoisse des Gares

Medítenlo.

Martes

1.

Julio Ramón Ribeyro, en una de sus Prosas apátridas escribe: «…el disfraz también cansa y no es otra cosa que un disfraz.»

2.

Por tantas razones estar solo es un deleite, pero hay una situación con la que me topo de cuando en cuando que recalca lo pesarozo de no tener a quien contarle: esos momentos en los que uno es el testigo -casi siempre silencioso- del ridículo ajeno.

Ayer, de nuevo, la carcajada que se me atragantaba como un puñado de pepitas en la boca era también el ácido bocado de no poder contarle a nadie que estaba viendo como el celo por hacer que un niño pequeño se guarezca de la lluvia terminó en tragedia: la madre, incómoda por estarse mojando y enfadada porque el chaval no se estaba quieto debajo de un teléfono público, lo tomó de los brazos y le dijo: «ya por favor, quédate ahí que te me enfermas…», al tiempo que lo empujaba con no poca decisión. El chamaco, ya grandecito, se ha puesto un madrazo en la mollera con el borde de la estructura, que a la madre no le quedó de otra que enunciar el tradicional: «¡Ay! ¡Te estoy diciendo…!» Y a mí no me queda más que escribirlo con la misma añoranza con la que los cursilones esperan incitar algún cariño merced a sus clichés.

3.

El kwan diario del tío Cyril:

The goal of every culture is to decay through over-civilization

Medítenlo.

Lunes

1.

Compré una nueva bola de boliche. Al dar la vuelta a la cuadra y entrar en la tienda –tan oculta y tan inconspicua que me pareció que algo decía del estado que guarda el boliche como actividad en este momento–, me dije: me la voy a regalar. Sin embargo los merecimientos de un regalo así de específico son siempre dudosos. ¿Qué justifica un regalo como este? Compré una y punto. Me hacía falta.

Es verde con azul: aperlada dicen las reseñas y hablan de su “confiabilidad”, de que es una actualización de un antiguo modelo aparentemente bastante “exitoso”. El ajuste en las perforaciones para los dedos, según me dijo el especialista, me permitirá, una vez que la “domine”, ser más “agresivo”. Como si se tratara de alguna sociedad secreta, esos especialistas en perforar y acondicionar bolas de boliche parecen los geómetras empíricos de nuestro tiempo: sus anotaciones con un lápiz de cera amarillo más que un cálculo de fuerzas, curvas y tangentes para que tres dedos de una mano hagan girar esa bola, parece un asunto de la analítica de los cuerpos cósmicos.

Dos días después, estoy enamorado y tengo una ampolla del tamaño de la uña del dedo meñique en la parte más suave del dedo medio, justo en el centro de la huella digital. La bola funciona increiblemente bien. Me siento como una nueva persona. Y temo que no estaré curado de esta ampolla –que me ha obligado a aprender a teclear con un dedo menos– para la próxima fecha del toreno. Y qué chiste tiene estrenar una bola y saberse una nueva persona si no se puede presumir.

No tiene nombre todavía, la bola.

2.

Un adulto vestido casi enteramente de negro parece esperar el pesero en la esquina del eje 5. No parece un vendedor itinerante, ni tampoco un desempleado: parece tener un destino definido y más bien está impaciente por la tardanza del transporte que no frecuenta.

De pronto, un globo le caen en los pies. Parece haberse desprendido de una bonita corona que enmarca la puerta de una farmacia de descuento, el globo. Y el hombre, un adulto vestido casi enteramente de negro, se concentra en patearlo hacia el eje, y el globo regresa y el lo vuelve a patear, con más fuerza de la que se requiere para mover al globo, y las llantas no lo pisan sino que se lo regresan, y lo vuelve a patear.

Luego ya se puso el siga y mi pesero avanzó.

3.

Screenwriter’s blues“, de Soul Coughing

4.

El kwan diario del tio Cyril:

The boredom of the Sunday afternoon, which drove de Quincy to drink laudanum, also gave birth to surrealism: hours propitious to make bombs.

Medítenlo.

Viernes

1.

Leí hace poco que dedicar diez minutos a alguna cosa antes de iniciar el día es una manera sana de “iniciar” proyectos. No sé si sea útil, pero estoy consciente de una cosa: estar al tanto de estrategias como estas más que mi dedicación a mis proyectos, revela mi incapacidad para concentrarme realmente. Y no sólo eso: revela que soy vano y que confundo la superficie por el todo.

Sucede lo mismo con mi frenesí por hallar distintos procesadores de texto para trabajar. No le dediqué más horas de las que le dedico a expurgar el Google Reader en pos de textos interesantes, pero aun así me pareció un empeño desproporcionado (aunque, a decir verdad no llegaría a tildarlo de inútil: ahora escribo en una plataforma nueva que está bastante coqueta, que suaviza el contraste de las letras con el fondo sin perderlo, que te permite llevar la cuenta de las palabras escritas con mucha soltura e imponerte metas y programar sesiones de trabajo. La pantalla completa está convertida en una página en blanco. Tiene la opción de hacer ruidito de máquina de escribir –en los comentarios alguien describió este ruido como: “so soothing, calming even”. Una chulada, pues, este programa que además de todo es gratis. Todo lo anterior es evidencia de que soy vano y que confundo la superficie por el todo).

De vuelta al tema de los diez minutos: estoy crudo sin quererlo, estoy angustiado por costumbre, estoy pensando en los pendientes para el fin de semana, pero tengo que, según la recomendación aquella, dedicar diez minutos a “empezar”. Ya todo lo demás, decía el post ilustrado con una imagen de un reloj electrónico marcando 10:00, vendrá solo; el problema es empezar, enfatizaba. No sé si sea mi problema, no sé si después de que yo empiece el día dedicándole estos diez minutos –automáticamente contabilizados por mi nuevo procesador de textos, y despreocupado yo porque tiene integrada una alarma que me avisa el momento en el que se cumpla mi “meta”– todo lo demás empiece a darse solo. No lo sé porque no tengo ni idea de qué es es ese todo lo demás.

Por lo pronto, en cuanto a lo superficial, creo que vamos bien: los diez minutos se cumplen y siento que sí, que algo se echó a andar.

 

2.

Llega un extraño olor a cacahuates. Hace rato era un perfume bastante penetrante y poco grácil. En este rincón de la oficina terminan arremolinándose los olores que en ninguna otra parte parecen ser recibidos. Sigue oliendo a cacahuates y también a pasamanos de pesero.

 

3.

De pronto, las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro.

 

4.

El kwan diario del tio Cyril:

…if our nature is always wrong and wicked, how ineffectual we are—like fishes not meant to swim.

Medítenlo