Lunes

1.

Compré una nueva bola de boliche. Al dar la vuelta a la cuadra y entrar en la tienda –tan oculta y tan inconspicua que me pareció que algo decía del estado que guarda el boliche como actividad en este momento–, me dije: me la voy a regalar. Sin embargo los merecimientos de un regalo así de específico son siempre dudosos. ¿Qué justifica un regalo como este? Compré una y punto. Me hacía falta.

Es verde con azul: aperlada dicen las reseñas y hablan de su “confiabilidad”, de que es una actualización de un antiguo modelo aparentemente bastante “exitoso”. El ajuste en las perforaciones para los dedos, según me dijo el especialista, me permitirá, una vez que la “domine”, ser más “agresivo”. Como si se tratara de alguna sociedad secreta, esos especialistas en perforar y acondicionar bolas de boliche parecen los geómetras empíricos de nuestro tiempo: sus anotaciones con un lápiz de cera amarillo más que un cálculo de fuerzas, curvas y tangentes para que tres dedos de una mano hagan girar esa bola, parece un asunto de la analítica de los cuerpos cósmicos.

Dos días después, estoy enamorado y tengo una ampolla del tamaño de la uña del dedo meñique en la parte más suave del dedo medio, justo en el centro de la huella digital. La bola funciona increiblemente bien. Me siento como una nueva persona. Y temo que no estaré curado de esta ampolla –que me ha obligado a aprender a teclear con un dedo menos– para la próxima fecha del toreno. Y qué chiste tiene estrenar una bola y saberse una nueva persona si no se puede presumir.

No tiene nombre todavía, la bola.

2.

Un adulto vestido casi enteramente de negro parece esperar el pesero en la esquina del eje 5. No parece un vendedor itinerante, ni tampoco un desempleado: parece tener un destino definido y más bien está impaciente por la tardanza del transporte que no frecuenta.

De pronto, un globo le caen en los pies. Parece haberse desprendido de una bonita corona que enmarca la puerta de una farmacia de descuento, el globo. Y el hombre, un adulto vestido casi enteramente de negro, se concentra en patearlo hacia el eje, y el globo regresa y el lo vuelve a patear, con más fuerza de la que se requiere para mover al globo, y las llantas no lo pisan sino que se lo regresan, y lo vuelve a patear.

Luego ya se puso el siga y mi pesero avanzó.

3.

Screenwriter’s blues“, de Soul Coughing

4.

El kwan diario del tio Cyril:

The boredom of the Sunday afternoon, which drove de Quincy to drink laudanum, also gave birth to surrealism: hours propitious to make bombs.

Medítenlo.

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