Martes

1.

Julio Ramón Ribeyro, en una de sus Prosas apátridas escribe: «…el disfraz también cansa y no es otra cosa que un disfraz.»

2.

Por tantas razones estar solo es un deleite, pero hay una situación con la que me topo de cuando en cuando que recalca lo pesarozo de no tener a quien contarle: esos momentos en los que uno es el testigo -casi siempre silencioso- del ridículo ajeno.

Ayer, de nuevo, la carcajada que se me atragantaba como un puñado de pepitas en la boca era también el ácido bocado de no poder contarle a nadie que estaba viendo como el celo por hacer que un niño pequeño se guarezca de la lluvia terminó en tragedia: la madre, incómoda por estarse mojando y enfadada porque el chaval no se estaba quieto debajo de un teléfono público, lo tomó de los brazos y le dijo: «ya por favor, quédate ahí que te me enfermas…», al tiempo que lo empujaba con no poca decisión. El chamaco, ya grandecito, se ha puesto un madrazo en la mollera con el borde de la estructura, que a la madre no le quedó de otra que enunciar el tradicional: «¡Ay! ¡Te estoy diciendo…!» Y a mí no me queda más que escribirlo con la misma añoranza con la que los cursilones esperan incitar algún cariño merced a sus clichés.

3.

El kwan diario del tío Cyril:

The goal of every culture is to decay through over-civilization

Medítenlo.

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