Martes

1.

Despertar después de haber leído una serie de ensayos con posturas conservadoras y desopliantes acerca de la cultura deja huella: una resaca de retórica perpleja, de silogismos escandalizados. Y como todas las crudas, esta es persistente. Leer argumentos tan enfurecedores lo empuja a uno al límite: casi decido dar el giro hacia la expresión personal via el performance. Algo setentero. Algo con sangre. Algo que repita palabras. Algo que se describa como «ritual». Algo setentero.

2.

Hoy hace años explotó el Hindenburg.

Advertisements

Lunes

1.

Hoy es de esos lunes en los que toda línea escrita será una indecencia. Para muestra, los refiero a esta: «esforzado hasta para ser incapaz.»

Lunes lastimero.

Si me pidieran decirlo en una frase, en un soundbite, tal vez diría: la decencia está en evitar a toda costa ser lastimero.

 

2.

«—for three hours, part boxer, part teenager, all heart»

 

Jueves

1.

«Cuánta materia inventariada nomás en papel sobre tinta de retina»

-G. Deniz, «Oftalmica»

 

2.

Por fin, como Bruce Willis en aquella película que acompañó mi infancia -Hudson Hawk-, salgo del pendiente que me tenía recluido en un mismo tema, una misma angustia y una misma acción. Extensa y demandante, una traducción.

Jamás le había puesto «Save» a un documento de Word de trescientas cincuenta cuartillas a espacio y medio en Garamond, 12 puntos.

Respiro.

Llevé un diario durante todo el proceso.  Inició como una libreta de dudas y pendientes. Se convirtió en una mezcla extraña de especulaciones y pesares. Durante las primeras semanas, pensaba hacer algo con esa libreta, construir algo a partir de ella, entablar un diálogo con el autor del libro, algo; al ver qué quedó de mi cuaderno, prefiero más bien dejarlo guardado donde esta.

Un poco más de cienmil palabras.

Como los buzos, ando saliendo a la superficie con cuidado. Ayer no pude dormir sino hasta las cinco —así estuve durante los últimos días, estirando las horas laborales. Ahora, supongo, habrán de contraerse de nuevo. De las tres a las cinco hice muy poco. Volví a leer un poema de Gonzalo Rojas que incluye:

…la muchacha es la herida; el olor a su hermosura es la herida…

y luego estuve jugando con la nueva grabadora que ella me regaló y me quedé dormido con las luces prendidas y el hockey sin sonido en la pantalla de la computadora.

Respiro porque contuve estos últimos días.

Cienmil, trescientas cincuenta.

Respiro.