Miércoles

1.
En el asiento frente a mí, un adolescente estudia. La Acropolis, una vasija pretendidamente rescatada de la tierra, una toga que cubre a un hombre de semblante adusto, todo hecho con el trazo pedagógico de las láminas literales, el complemento al párrafo. La Grecia Clásica, dice el encabezado en letras púrpura.

Si mis lecciones equivalentes tuvieron algún efecto, puedo afirmar entonces que el púrpura era patrimonio inicialmente fenicio. Ni idea tengo ya de por qué era una ventaja competitiva, un motivo de enriquecimiento lícito, pero las laminas que acompañaron mi educación daban a los fenicios barbas largas y un tinte violaceo a sus togas.

2.
El imaginario personal está cooptado por la necedad de los intentos fallidos. En los días malos, el diálogo interno suena algo así: “Fracaso… Aja, el fracaso… El fracaso y sus detalles… ¿Cómo hablar del fracaso?… Fracaso…”.  Son días en los que el cuaderno de notas parece más bien una hoja utilizada para probar si la pluma tiene tinta.

 

3.

Por ahí,  dice Wallace Stevens,

“In my room, the world is beyond my understanding”.

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