Miércoles

1.

Arañas. Pienso en arañas. O Arañas metafóricas, no arañas literales. Más bien pienso en dos arañas. En Spiderman, quitaescencia de la arañidad, y en Anderson «la araña» Silva, combatiente de artes marciales mixtas y campeón de los pesos medios del UFC.

Ando pensando en esas dos arañas porque en corto tiempo tuve ocasión de verlas hacer aquello por lo que son famosas. A la primera, Spiderman, por su película. A la segunda, Anderson «la araña» Silva, por el duelo que ganó el sábado contra su némesis, el norteamericano Chael Sonnen.

Experiencias distintas, no cabe duda. Pero coincidentes en algo que no acabo de precisar. Hay como una zona de traslape, más allá de la obviedad de las arañas, que me hace pensarlas a ambas en el mismo contexto.

La primera, Spiderman, fue dolorosa de tan mala. La segunda, dolorosa por empatía.

 

2.

No sé escribir críticas de cine, así que desde este momento me deslindo de cualquier esfuerzo: lo que sigue es la misma necedad indistinta que uno halla en cualquier otro blog con tema específico: Spiderman, la última.

Es dolorosa. Dolorosa como querer aparear un videojuego con una dramedy de medio pelo. Dolorosa como las gracejadas que reciben como única recompensa la risa de su autor. El traje muy elastano y muy brillante, las geometrías y la kinética de un superheroe de pixeles dando saltos muy bien. Pero todo lo demás, doloroso como garganta seca. Mejor lanzar directo el videojuego; hacer un promocional de quince o veinte minutos; recuperar la inversión; planear la siguiente. Qué poca virtud es la virtud de llegar hasta el final de una obra que debió haber terminado mucho antes de llegar al cuarto de hora.

 

3.

No se escribir crónicas deportivas, así que desde este momento me deslindo de cualquier esfuerzo: lo que sigue es la misma necedad indistinta que uno halla en cualquier otro blog con tema específico: la pelea entre «la araña» y «el gangster americano», la última.

Es dolorosa. Dolorosa porque todo combate entre dos es siempre así para el espectador, salvo el psicópata. Es dolorosa porque uno reconoce que se alegra del tronido de nudillos, del escape de las llaves, de lo cercano que llegan los codos a dislocarse. Doloroso reconocerse un poco psicópata. Por lo menos durante lo que dure la pelea pactada a cinco rounds de cinco minutos. Doloroso que no duró más que dos rounds. Doloroso ver el rodillazo al pecho, el corte en el puente de la naríz, doloroso escuchar a «la araña», nativo de Curitiba, tratando de hablar inglés. Pero es doloroso también atestiguar que el cuerpo humano es capaz de tal velocidad, de tal violencia. Saber que la especie tiene dentro de sí tal precisión, tan vocación de arrebatarle la conciencia al otro con un golpe, es doloroso.

 

4.

¿Qué tipo de PC llena de fotos indecentes y de arranque tardío es la que usan todos los villanos para detonar sus bombas y estallar nuestras ilusiones?

 

5.

¿Qué golpe tiró a Chael Sonnen? Porque el último cruzado de izquierda que suelta «la araña» es un manazo tibio, ni siquiera un bofetón, y la caída es demorada, casi irrespetuosa de la anatomía de los reflejos.

 

6.

«Modesty should accompany the FANCY as its shadow», escribió William Hazlitt.

Martes

1.

Víctima de una maldición inmerecida, despierto tan tarde que las mañanas apacibles son pura añoranza. Apenas dejo ese estado de espeleología caprichosa, ya formo parte de la tropa de oficinistas angustiados que echarán una carrerita para atajar peseros, agitarán manos y brazos para convencer a los taxistas, y resoplarán, invariablemente, cuando se recarguen contra el asiento. Aunque con más frecuencia de la deseable resulta que los asientos están ocupados por bultos o caderas descomunales y termino resoplando de mediano asco al sujetarme del pasamanos.

Es decir, desperté tarde.

Desperté tarde por estar queriendo leer.

No leí nada en realidad -diez páginas de una novela de quinientas no es nada.

Pero perdí horas queriendo leer. Leyendo sobre la novela; acerca del autor. Fantaseaba con leer la novela en un par de horas. Ir a dormir mascando las quinientas páginas.

Leí diez.

 

2.

«Los rios son caminos que andan», aseguró Pascal.

 

3.

Es desconcertante el desuso en el que han caído las máximas. Crisis de autoridad, supongo. O quizá esa parte de la enferma literalidad a la que seguimos apegados como lectores infantes a las faldas maternas. O quizá es la confusión que la industria de los «inculcadores de lectura» inducen al volver esta condición de vida, este azar, un «hábito», con metas y parámetros.

Obsolescencia: las máximas, la greguería, y ciertos tropos que subvierten la sintaxis.

Lunes

1.

Después de un día y casi la totalidad del otro ocupado en la preparación y la angustia por la preparación de una entrevista, finalmente, a las once de la noche estaba aventando la mochila y varios enseres del esparcimiento acomodado sobre la cama. Estuve leyendo algunos artículos de revista, entre los que no recuerdo nada memorable, pero en su momento me parecieron entretenidos y quizá productivos. Luego anduve jugando Kingdom Rush. «¡Freedom!»,gritan los refuerzos al apostarse a impedirles el paso a villanos de varia ferocidad y resistencia. Logré pasar al nivel nueve. Luego busqué entre las películas que tenía apuntadas alguna disponible y encontré Indie Game.

Vi el documental completo. Como documental no tiene gran hallazgo. Presenta tres historias, dos compadres programadores/diseñadores y otro camarada, diseñador, todos en el proceso de lanzar sus más recientes apuestas para tomar por asalto el mundo del juego indie de video. Las tramas se desarrollan como se espera, el arco y la tensión está ahí; el ritmo de las tomas varia con precisión. Uno termina de su lado, pues. La forma hace lo suyo.

Más atractivo, quizá, fue la marginalidad familiar de los personajes y sus preocupaciones. Narradores obsesos, ensayistas del Flash y el teclado ergonómico, las preocupaciones detrás del videojuego, hacía mucho que no veia el caso expuesto tan claro y ta inequívoco, son las de la literatura. La interacción, el entretenimiento, la «activación» requerida por parte del «jugador», el diálogo distante entre el programador y los anónimos que se demoran en niveles y tareas, los suculentos espacios, los desafíos, el ritmo (en algún momento uno de los programadores dice algo como «this is more of a stop-and-smell-the-roses kind of game»). Me apeteció mucho ver como el documental salvaba ese pretendido abismo entre el arte y el videojuego con un [pad right+run+jump].

 

2.

El desvelo dejó huella. Causó estragos. Desperté más tarde de lo esperado, pero por fortuna, antes de dormir, -como quien teme a los temblores y sabe pervenir, ejemplificado por unos muy queridos amigos este fin de semana- preparé la mochila para salir sin vacilaciones en el momento requerido. La dejé junto a la puerta. Eso hice cuando desperté y vi lo tarde que era. Todo el camino fui pensando en el vetusto restaurante de pizzas con el que soñé y en querer aprender a programar.

 

3.

Lista de pendientes:

– Aprender a contar cartas en Blackjack

– Ser locutor de radio

– Aprender a programar juegos de video.

 

4. 

Felpa

Lunes

1. (Edición especial: se acabó).

Empecé a corretear mi voto a las nueve de la mañana. Ve temprano, advirtieron. Las casillas especiales sólo tienen 750 boletas, informaron. Votas como llegas, dijeron. Si se acaban, te jodiste, previnieron. A las nueve de la mañana, la fila envolvía al Hospital General. Eran claramente más de 750 personas las que estaban ahí. Todas con rostros circunspectos, todas anticipando, imagino, que no podrían votar. Mi sección, porque toda fila es una colección de secciones, me parece, era una de conversadores entusiastas. Yo me puse los audífonos de inmediato. Sopesaba opciones. Hacía llamadas. Pedía ayuda. Una hora después, y apenas una decena de metros más adelante, estaba claro que la única esperanza para votar era pagar 200 pesos por un boleto a Querétaro y asistir a la casilla que mi credencial del IFE me asigna. Por imbécil, me dije y me dijeron cuando explicaba que no, que no había cambiado mi dirección en la credencial. Por imbécil.

A las doce y media del día iba en un coche con dos personas más, todos desconocidos y hermanados por una súbita compulsión por hallar una casilla especial donde votar. No sé para ellos, pero para mí el voto dejó de ser el ejercicio de una visibilidad cívica para convertirse en el motivo del día. No era más un asunto de influir microscópicamente en el resultado de las elecciones: era un problema que resolver.

La tercera casilla especial fue la buena. En el jardín del arte, en el centro de Xochimilco, la fila daba la vuelta al quiosco, vuelto ese domingo, casilla. Todo iba bien. Avanzábamos, había boletas suficientes, alrededor el paisaje de domingo no podía ser más apetecible. Y luego empezó a llover. La casilla, que dejó durante el chubasco de ser casilla y volvió a ser quiosco, se llenó de gente, se perdió el orden. Alguien mencionó, asociada a la lluvia, la «presencia del fraude». El aguacero duró larguísimos minutos. Hallé cobijo bajo un paraguas prestado pero una gotera me alcanzaba el hombro al punto de convertirme en una persona empapada justo por la mitad.

A las cinco de la tarde, la lluvia ya apaciguada, la gente de nuevo en fila, y con los pies hechos un muñón y un bloque de madera dolorosa, estaba con los mismos personajes del principio —fraternidad de necios en torno a un paraguas—, esperando.

A las seis estábamos por subir al primer escalón del quiosco -ahora casilla. Hubo entonces el conato de gresca que no puede faltar cuando cuatro horas de espera se acumulan en la espalda y ocho o diez personas regresan a retomar el lugar que un papelito no oficial les asignaba al frente de la fila. La pelea terminó sólo en insultos, en policías escoltando a los diez que quisieron llegar, y una turba que lanzaba basura e insultos contra ellos.

A las seis y media me pintaron el pulgar.

A las ocho de la noche entré a mi casa. Me di cuenta que no llevaba cinturón. Había comprado por 200 pesos una chamarra. Perdí mi sudadera no sé en donde. Comí esquites y un bubulubu. Y, por cansancio y por imbécil, no pasé por mi café gratis al Oxxo.