Lunes

1. (Edición especial: se acabó).

Empecé a corretear mi voto a las nueve de la mañana. Ve temprano, advirtieron. Las casillas especiales sólo tienen 750 boletas, informaron. Votas como llegas, dijeron. Si se acaban, te jodiste, previnieron. A las nueve de la mañana, la fila envolvía al Hospital General. Eran claramente más de 750 personas las que estaban ahí. Todas con rostros circunspectos, todas anticipando, imagino, que no podrían votar. Mi sección, porque toda fila es una colección de secciones, me parece, era una de conversadores entusiastas. Yo me puse los audífonos de inmediato. Sopesaba opciones. Hacía llamadas. Pedía ayuda. Una hora después, y apenas una decena de metros más adelante, estaba claro que la única esperanza para votar era pagar 200 pesos por un boleto a Querétaro y asistir a la casilla que mi credencial del IFE me asigna. Por imbécil, me dije y me dijeron cuando explicaba que no, que no había cambiado mi dirección en la credencial. Por imbécil.

A las doce y media del día iba en un coche con dos personas más, todos desconocidos y hermanados por una súbita compulsión por hallar una casilla especial donde votar. No sé para ellos, pero para mí el voto dejó de ser el ejercicio de una visibilidad cívica para convertirse en el motivo del día. No era más un asunto de influir microscópicamente en el resultado de las elecciones: era un problema que resolver.

La tercera casilla especial fue la buena. En el jardín del arte, en el centro de Xochimilco, la fila daba la vuelta al quiosco, vuelto ese domingo, casilla. Todo iba bien. Avanzábamos, había boletas suficientes, alrededor el paisaje de domingo no podía ser más apetecible. Y luego empezó a llover. La casilla, que dejó durante el chubasco de ser casilla y volvió a ser quiosco, se llenó de gente, se perdió el orden. Alguien mencionó, asociada a la lluvia, la «presencia del fraude». El aguacero duró larguísimos minutos. Hallé cobijo bajo un paraguas prestado pero una gotera me alcanzaba el hombro al punto de convertirme en una persona empapada justo por la mitad.

A las cinco de la tarde, la lluvia ya apaciguada, la gente de nuevo en fila, y con los pies hechos un muñón y un bloque de madera dolorosa, estaba con los mismos personajes del principio —fraternidad de necios en torno a un paraguas—, esperando.

A las seis estábamos por subir al primer escalón del quiosco -ahora casilla. Hubo entonces el conato de gresca que no puede faltar cuando cuatro horas de espera se acumulan en la espalda y ocho o diez personas regresan a retomar el lugar que un papelito no oficial les asignaba al frente de la fila. La pelea terminó sólo en insultos, en policías escoltando a los diez que quisieron llegar, y una turba que lanzaba basura e insultos contra ellos.

A las seis y media me pintaron el pulgar.

A las ocho de la noche entré a mi casa. Me di cuenta que no llevaba cinturón. Había comprado por 200 pesos una chamarra. Perdí mi sudadera no sé en donde. Comí esquites y un bubulubu. Y, por cansancio y por imbécil, no pasé por mi café gratis al Oxxo.

One thought on “Lunes

  1. Aguarda, debes mantener la alegría porque no estás solo. Eres como poco más del 31% del padrón electoral.

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