Martes

1.

Víctima de una maldición inmerecida, despierto tan tarde que las mañanas apacibles son pura añoranza. Apenas dejo ese estado de espeleología caprichosa, ya formo parte de la tropa de oficinistas angustiados que echarán una carrerita para atajar peseros, agitarán manos y brazos para convencer a los taxistas, y resoplarán, invariablemente, cuando se recarguen contra el asiento. Aunque con más frecuencia de la deseable resulta que los asientos están ocupados por bultos o caderas descomunales y termino resoplando de mediano asco al sujetarme del pasamanos.

Es decir, desperté tarde.

Desperté tarde por estar queriendo leer.

No leí nada en realidad -diez páginas de una novela de quinientas no es nada.

Pero perdí horas queriendo leer. Leyendo sobre la novela; acerca del autor. Fantaseaba con leer la novela en un par de horas. Ir a dormir mascando las quinientas páginas.

Leí diez.

 

2.

«Los rios son caminos que andan», aseguró Pascal.

 

3.

Es desconcertante el desuso en el que han caído las máximas. Crisis de autoridad, supongo. O quizá esa parte de la enferma literalidad a la que seguimos apegados como lectores infantes a las faldas maternas. O quizá es la confusión que la industria de los «inculcadores de lectura» inducen al volver esta condición de vida, este azar, un «hábito», con metas y parámetros.

Obsolescencia: las máximas, la greguería, y ciertos tropos que subvierten la sintaxis.

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