Miércoles

1.

Mediocridades iridiscentes. Así quiero que se llame mi columna, hipotética, en algún medio impreso.  Mediocridades iridiscientes.

2.

Esta es una de mis Mediocridades iridiscientes:

***

A estas alturas, tenerle miedo a las películas de terror es casi kitsch. Pura afectación; una excentricidad; idéntico a aderezar con catsup una quesadilla. Es de gente decente gustar de una buena película de fantasmas inquietos, asesinos seriales o monstruosidades en CGI. Al igual que declinar subirse a un juego mecánico o preferir una soda en lugar de una michelada cubana, no entrarle a los sustos en la pantalla grande provoca arqueos de cejas y murmuraciones. Aún así, ya lo dice el divo de Linares: digan lo que digan, yo no veo películas de terror. Les tengo miedo, punto. O por lo menos eso he creído todo este tiempo, desde, lo recuerdo como si fuera ayer, una exhibición de Aracnophobia en los canales de la antena parabólica alguna noche en la provincia mexicana. Pasmo y sudor frío, pesadillas y la mente enfebrecida viendo arañas en cada resquicio. Durante meses dormía mal y poco. Me deshizo. Y esa, propiamente dicho, no era una película de miedo. Pero ahí estaba yo, el pulso trepidante y el estómago revuelto, obligado a hacerle frente a una verdad en medio de tanta araña asesina: la valentía no era para mí.

El avance de los Chernobyl Diaries muestra una secuencia atenazadora y canija: de noche, en medio de las ruinas de la ciudad abandonada, los protagonistas ven a una niña pequeña, parada de espaldas que no responde cuando le hablan. Se le acercan y ella no voltea. Por semanas traje en la cabeza esos segundos: noche, protagonistas, música, niña, llamados, niña, avance, niña, silencio, niña, noche, protagonistas… Y seguía ahí, como la niña, cuando se apagaron las luces y apareció en todo su ominoso esplendor: Chernobyl Diaries. Sin bravado ni aspavientos externos –por dentro, he de decirlo, celebraba como un jugador samoano de rugby–, estaba acomodado en el asiento como si hiciera eso cada semana. Junto a mí, la chica que me gusta me miraba con sorna: ella está al tanto de mi padecimiento. .

El decano de la literatura de este género, Stephen King escribe que entre las razones para continuar deseando asistir a este tipo de películas –su tipo de películas– está la obvia: la exhalación de gusto que resulta de saber que fuimos capaces de vencer el desafío evidente. Otra, quizá la más interesante, es la de desencadenar nuestra morbidez; sirven para sacar a pasear al Jason interior, darle recreo por ciento veinte minutos y con ello impedir que use la sierra eléctrica y el hacha contra uno nosotros. Empatía, hacer click, por interpósita persona, aterrorizar a nuestro superyó, ese tirano. Si esta apreciación es verdadera –y no seré yo quien ponga una zancadilla al llamado «maestro del terror»– entonces, soy un vil colaboracionista con mi propio capataz: no sólo no me rebelo simbólicamente, sino cuido de que no se me asuste el patrón.

Gran parte de los ochenta y seis minutos que dura Chernobyl Diaries, los pasé intentando adivinar por donde vendrían los sustitos: esas versiones actualizadas y cada vez más complejas de salir de la oscuridad gritando, «¡Bu!». Insisto: tengo tan poca familiaridad con los tropos del cine de terror que cualquier close up era un amago de sorpresa, toda toma abierta una señal de alarma. Los otros minutos no ocupados en prevenir el brinco y el grito involuntario los ocupé esforzándome por pensar en otras cosas. Como un algoritmo de búsqueda, escaneaba mi memoria en pos de alguna agarradera. Pasé de pensar que hay un negocio en la película de horror sobre el abandono de la ciudad de México –un Chernóbil colonial–, a recordar que siempre he querido leer completo lo que Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán escribieron sobre cine bajo el pseudónimo de «Fósforo». Pensé en ese casi tuit escrito en 1915 que dice que el cine «tiene todos los defectos y las excelencias de una promesa» mientras veía de nuevo la escena que me atormentó en el avance: (noche, niña, silencio…). Luego, mientras los protagonistas sufrían un revés más a su fortuna, ya casi al final recordé un verso de la antología de poesía de Fabián Casas: «A las cosas no les importan los mortales». Extrañamente apropiada, me pareció, dado que de nuevo algún rechinido hacía que ellos en la pantalla y yo en mi asiento, atragantáramos otro grito.

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