Jueves

1.

El despertador, esa guillotina.

Dormir con la luz prendida es costumbre de atemorizados y de insomnes. Sea que la lámpara ataje cualquier pesadilla, o que el imperfecto descanso nos sorprenda sin poder apagarla, amanecemos mareados de tanto resplandor. Alguien, supongo que mi abuela o mi madre, me explicaron que la luz cancela toda cualidad tonificante del sueño; pésima práctica, reprochaban, y más te vale descontinuarla. Si no lo he hecho no ha sido por asumirme irreverente o por afirmar mi independencia. En todo caso, soy tanto un atemorizado como un insomne y eso solo hace que el buró sea el lugar favorito del gato, siempre entibiado por el foco de cuarenta watts.

Amanecí mareado de tanto resplandor. Y aturdido por el zumbido infernal del despertador. Más que un reloj de manecillas y sus sacudidas percusivas, lo que tengo es la alarma del teléfono celular. He pasado por siete u ocho tonos, y hasta ahora ninguno aminora el madrazo. Todos son monstruosos. Finalmente, despertar es monstruoso y no hay por qué seguir quejándose.

El despertador, sin embargo, me parece que esconde algo: es desleal. Hay una promesa falsa en el despertador, y malicia. Es el instrumento de la traición autoinfligida. Con sus silbidos digitales, es la guillotina a la que entrego el cuerpo dormido: todas las mañanas, cae la navaja y uno se activa, espasmódico, indignado, inconsciente, como dicen que le sucedió a la guillotinada asesina de Marat.

 

2.

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