Miércoles

1. 

Ayer comí una hamburguesa y hoy lo resiento. Una Mediocridad Iridiscente más.

 

2.

No siempre es certero el antojo. Alguna vez pensé que lo era, que siempre lo sería. Pensaba, iluso, que el antojo era un acuerdo concertado entre el impulso y la sensatez de la especie, las precauciones milenarias que impidieron que los ancestros se extinguieran por envenenamiento. Iluso. El antojo apenas es el ajuar sofisticado del impulso: la sensatez aquella viene luego, cuando a mitad de las cabriolas estomacales y las coces a la nuca, uno afirma: «nunca más».

Hamburguesa era el antojo ayer. Ese sólido platillo que, con ánimo hospitalario, admite casi cualquier complemento entre sus panes. Por el rumbo del trabajo hay un lugar, lo sabía, que se da el lujo de incluir nuez, queso de cabra, cheddar genuino, queso azul, arúgula o una salsa chipotle como contrapunto a la estoica carne de res. El antojo, pues, trazó el camino; confiado, ahí voy a seguirlo. Elegí cheddar y tocino. Todo iba bien. En honor a la verdad, todo fue bien. Quizá un regusto peculiar, que pronto atribuí a la acidez de la limonada. Todo bien, y hasta un profiterol que el dueño nos regaló como postre.

El primer aviso fue el profiterol: acartonado y nulo, un pedazo de papel maché con chocolate. Servilleta, basurero y un mal sabor de boca. Luego ya todo, llegada la tarde y el sopor, fue yéndose por el camino menos salutífero, el más sinuoso.

El segundo aviso fue el mareo.

El tercer aviso fue el asco.

El cuarto, ya hoy por la mañana, no fue aviso.

Con pesar, tengo que repetir lo que el cuervo de Poe, lo que todos los indigestos y los desengañados por el antojo han pronunciado: «nunca más».

Y ahora mientras lo pienso, sólo puedo imaginar la de crónicas de indigestión que los críticos culinarios podrían antologar. Ahí hay algo interesante: cronicar no los detalles diarreicos ni las arcadas que descoyuntan las rodillas, más bien ir armando a partir de las crónicas de indigestión, un compendio de crítica negativa, de opinión inmisericorde y brutal, tan canija y desolladora como un marisco echado a perder. Ya vendrá el día en el que todo chef pague las indigestiones agudas con críticas feroces. O no. Tal vez lo pague nomás perdiendo uno o dos clientes, los victimizados por sus antojos, que repetirán el graznido de un cuervo: «nunca más».

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Martes

1.

Ora compré un disco. Y, claro, otra mediocridad iridiscente.

2. 

Hay que andarse con mucho cuidado. Casi más bien habría que dar media vuelta e intentar otro camino: lo que hay enfrente es un lago extenso, limpio, y mal congelado y me dispongo atravesarlo. Mi esperanza es que no me hunda. Pero de esperanza y de agua helada están llenos los pulmones de quienes se ahogaron intentándolo. Mejor dar media vuelta e intentar otro camino. O no intentarlo siquiera. Tal vez sea lo mejor hacer cualquier otra cosa, o no hacer nada.

Es decir, quiero escribir sobre un grupo y el disco que acaban de lanzar y sé que es una empresa fallida, y trato de prevenirlos. Pónganse a leer cualquier otra cosa. Recuerden de qué están llenos los pulmones de quienes intentaron leer ese texto: esperanza y agua helada.

No es del todo casual la elección de la metáfora, porque en cierto sentido, intentar desentrañar el contenido de una pieza, de una composición musical, termina por sofocar a los amateurs. No es algo que, para hacerlo con soltura, se pueda emprender de la manera en la que acostumbro proceder: a la ligera. Hay ciertos tecnicismos imprescindibles; ciertos filos conceptuales que hay que tener a mano para desbrozar la sentimentalidad, la maleza metafórica. Y esto sin clavarse en la distinción casi jerárquica entre música clásica, y música de la otra. Sofoco, ahogo: un exceso de detalles que resulta inmanejable pues. Esa es mi preconcepción sobre la crítica musical: que para que no sea una novela o un poema en prosa, tiene que haber un mínimo bagaje compartido entre el lector y quien escribe para no terminar hechos un témpano en el lago helado ese.

Yo no tengo ese bagaje. No sé, por ejemplo, distinguir entre armonía y melodía. Mi capacidad para apreciar los matices de una nota y compararla con otra posible, al tiempo que intento seguir un arreglito, es casi nula. Me guío, como tantísimos otros, por feeling. Me gusta lo que me hace sentir muy de cierta manera –no necesariamente bien; pero sí sentir, necesariamente– siempre que no sea desagrado. Es decir, soy de los que responden con un «de todo», a la pregunta por sus preferencias. Vaya fiasco.

Mi feeling, esa herramienta engañosa y privada casi absolutamente, me hizo seguir a Buke and Gase un grupo brooklyniano, (afectado por todos los tropos de esa región del mundo, hay que decirlo), desde hace un par de años. Seguirlo es un decir. No he asistido a ninguno de sus conciertos, pero he visto una cantidad considerable de videos de presentaciones, tributos y remezclas. No he comprado mercancías, pero usualmente a la semana o dos de que lanzan algo nuevo, ya estoy abusando del PayPal para comprarlo. El grupo son dos: y entre ellos, como dictan los cánones, han ido confeccionando e interviniendo sus instrumentos hasta conseguir distinguirse: supongo que es lo que en otros ámbitos se llamaría «encontrar su voz». Y esta «voz» que «hallaron», es una que suena amplificada y multitudinaria, a pesar de ser dos nomás los que le tunden a las cuerdas y las percusiones.

Ya van varios EPs y todos tienen una versión más o menos similar de la misma forma: casi podría decirse que es un duo que experimenta con las variaciones de un mismo sonido. Hasta cuando hacen un cover de «Blue Monday», el ensamblaje es el que les permiten sus instrumentos y en el que están empeñados a circular. Como un animal dentro de una pecera, o un animal dentro de un lago mal congelado, ahí anda el sonido ese, casi el mismo, casi «estudiantínico» de tan cascabeleado (pero no, no, por piedad y por fortuna, jamás llega a ser estudiantínico). Monotono y ruidoso sin entrar a la habitación de los experimentales; osados sin arriesgarse a ser ininteligibles, las cuatro canciones de este nuevo EP, Function Falls, son la variación siguiente en una búsqueda que, de tener mejores maneras de decirlo, sabría explicar.

Como era de esperarse, esto no llega nada: no va a ningún lado. Apenas revela lo obvio –la falta de pericia para abordar el tema; lo innecesario del texto; lo infantil de mis perspectivas; mi necedad.

Lunes

1.

Box este sábado. La opinión es gratis, dicen, así que escribí esto que poco tiene que ver con las peleas. Otra más de las acostumbradas Mediocridades iridiscentes.

2.

Por azar, la pelea de este sábado la vi en una televisión con antena de conejo.[1] La antena, con su par de extensiones metálicas y un cable quizá demasiado corto que desaparece en el reverso del aparato, hizo su mejor esfuerzo. Es decir, permitía discernir las figuras y entender a los comentaristas. Por instantes la transmisión era a color y era fácil distinguir a los dos boxeadores con sus calzoncillos largos, por momentos era en blanco y negro y ahora me es imposible recordar el color de los guantes, por ejemplo. Hizo su mejor esfuerzo, la antena de conejo. De pronto el precario sostén del andamio eléctrico fallaba, alguna de las dos extensiones caía un poco y la transmisión se convertía en una prueba de Rorschach animada, en las siluetas de ectoplasma de dos adultos intentando burlar las defensas del rival para dejarlo inconsciente. Pero no se podía pedir más: hacía su mejor esfuerzo.

Más allá de predicciones cumplidas o yerros garrafales en la pronosticación, la pelea parece haber dejado satisfechos a quienes pedían emoción, parece haber dejado satisfechos a quienes dudaban de las habilidades de Junior. Parece haber dejado satisfechos a quienes querían ver una estrategia ejecutada con ahínco. La pelea fue el evento que se quería que fuera: un asunto de conversación sin demasiada mácula: un acontecimiento de poco menos de una hora, relevante por lo que transcurrió cuando dos boxeadores y un réferi giraban en el encordado.

Por azar, el asunto se finiquitó con una velocidad un tanto anti climática: tuvo que ser diferida para asistir remotamente al muy bananero ritual de ver al presidente gritar nombres de próceres para adornarlos con un «¡Viva!»; puro grito con aliento a guajolota y atole mancillado por la lluvia sin mayor cosa, interrumpió la lógica progresión de las peleas preliminares e hizo que la estelar fuera un elongada y comprimida con la arbitrariedad de los viejos tiempos. (Tres minutos de pelea por dos de anuncios es una efectiva castración audiovisual para todo entusiasmo sostenido: boxeo por entregas el de la televisión pública.)[2]

Lo bueno de ser aficionado al boxeo es que uno tiende a reconocer los textos que le hacen justicia al deporte. Este, o este, por ejemplo. Este también. Todos ellos sirven como reseña de los acontecimientos, como juicio crítico, como prospectiva y revelación. Ellos son los indispensables para desentrañar lo sucedido. Lo mío es sólo la noticia, quizá demasiado larga, farragosa y poco atractiva, de que por azar, la pelea de este sábado vi en una televisión con antena de conejo.


[1] . Hablo de «la pelea» porque uno estaba enfrentado con la disyuntiva fatal: o una o la otra. Elegí la que no era una fabricación, una quimera, una rebaba. Elegí la que se construyó a fuerza de combates previos, de líneas paralelas que lenta e inexorablemente se acercan hasta tocarse. No elegí la del Canelo contra Josesito por ser más que cualquier otra cosa un berrinche empresarial; una venta de bodega, una tinaja con artículos descontados

[2] No falta quien diga que es mejor eso en televisión abierta que la tiranía del pago por evento y sería un hipócrita si no estuviera de acuerdo. Pero, eso no cambia el hecho de que la imaginación para comercializar lo que sin duda es un evento de suyo carísimo es tan insulsa como la programación que nos recetan a diario: no innoven con cámaras fantom, innoven con la manera en que nos venden: véndanos sin que nos demos cuenta, pues. Todo lo demás es una mamarrachada; una mamarrachada «abierta» por la que debemos estar agradecidos.

Martes

1. 

Fui al terruño y comí barbacoa. Y, por necio, escribí esto.

2. 

[Mediocridad iridiscente #5]

Hay que repetirlo: lo polvoso no quita lo sabroso. Es cierto tanto para la fruta dentro de los carritos de llantas anchas y cristales corredizos, como del puesto de aguas, como de los tacos de carnitas. Hay los osados que adscriben al polvo una cualidad salutífera. Lo vuelven un asunto de localía por defender: «por eso el helado de carrito sabe mejor aquí en la base de peseros que allá en el local de la Michoacana». El polvo es, en este caso, la partícula definitiva. No sé si suscribo todo aquello —mis experiencia en gastronomías de banqueta se parece a mi experiencia como turista: es tan limitada que da pena.

Pero, en lo que toca a aquella barbacoa, lo polvoso no quita lo sabroso. Al entrar al lugar aquel y ver, a un lado del comal, el hoyo donde se cuece la carne, algo más allá de la higiene me atajó: yo debería saber estas cosas. Si, en lo que toca a esta precisa barbacoa, lo polvoso quita o no lo sabroso.

No lo diría en ningún otro caso, pero es pertinente para el punto que me importa tocar y me veo obligado a hacerlo: desde que era muy pequeño crecí en una ciudad de provincia famosa por su acueducto, su pésimo equipo de futbol, y en menor medida, por lo sabroso de las barbacoas que por sus márgenes se cocinan. Pues sí, ahora, años después de haber probado mi primera barbacoa local, años después de no residir en dicha ciudad, entré con mi madre a un local hecho de madera y lona a la vera de la carretera federal 57 para toparme con esa minucia preocupante: por todos los años avecindado en esta geografía, debería saber de buena comida.

Se perdonan todas las ignorancias, claro está, pero una de las peor vistas, es la de las gastronomías y puntos de interés de tu terruño. Puede flaquear el conocimiento de las incidencias del Mundial México 86; puede no saberse qué es el COFIPE o leer poco y confesarlo involuntariamente (siempre que no se esté compitiendo por un puesto de elección popular), pero que no se sepa donde es el mejor lugar para comer y beber en el terruño mancha, descalifica. No es con el estado de la Corregidora con quien me avergüenzo: es con el universo ante quienes represento mal mi papel de hijo nativo de algún lugar. Porque qué otra cosa es la localía que saber la contraseña secreta para el hoyo funky donde se beben los mejores pulques en el bajío o el saludo secreto con el taquero de los mejores campechanos de todo el estado. Y, mientras me sentaba en la silla de plástico blanca, pedía un cuartito de espaldilla, tuve la claridad penosa, desesperante de que no soy capaz de mencionar dichos lugares.

Atribulado, dejé que mi madre me pusiera al tanto de los sucesos más recientes en los siete círculos familiares y masticábamos. El lugar se iba llenando. Llegamos temprano para ser sábado. Algunos locales muy maltrechos por la bebida y un par de familias de troca y botitas vaqueras para los niños. Se terminó el cuartito de espaldilla, y pedimos otro igual.

Lo polvoso del lugar no quita lo sabroso de la carne tierna que se deja hacer con el tenedor, que acepta la atingencia con la salsa roja y el limón. Cada taco, henchido de ese trinomio perfecto de carne, salsa y limón, se expande por la lengua, deja ese sabor insistente, ese maridaje lento, como una conversación sin novedades. Un trago al jugo en vaso de plástico, un sorbo al popote, y al bocado siguiente. Repetitivo como una conversación sin novedades.

Pronto, medio kilo de espaldilla después, el lugar revela que los propietarios son hermanos avecindados acá, pero nativos del vecino Hidalgo, todos ellos trabajan en el arte de la barbacoa, todos ellos usan hebillas con motivos rancheros y todos hablan con la familiaridad de los taqueros que buscan hacerse de clientela fiel, de una clientela que vaya y cante ante extraños en otras localidades las maravillas de un lugar en la carretera hacia San Luis, polvoso y jodido, pero sabroso.

Domingo

1.

Este fin de semana terminé un libro que empecé hace una semana. También fui al doctor. Se me ocurrió hacer esto.

2.

[Mediocridad iridiscente #4]

No me queda del todo claro el momento en el que una razón se convierte en una excusa. Quizá, vistas con cierta laxitud, toda razón es una excusa y está en quien la recibe –a quien va dirigida, pues– el peso de asignarle el calificativo. Es quien la escucha quien la ubica en nuestra imaginaria tabla de legitimidad: una escala que, supongo, termina con el embuste, la ignominia o el fraude. Comencé a pensar en la razón y la excusa mientras aguardaba a que el doctor terminara su consulta con una mujer entrada en años, en carnes y en senectud. Tardó media hora, más o menos. Media hora que pude aprovechar para imaginar una tabla contra la que medimos las justificaciones de nuestros interlocutores, y sobre la que vamos colocando, cual entomólogos de las argucias ajenas, la amplia gama de credibilidades. Media hora para pensar en nuestras razones como unas larvas, viscosas y transparentes, que adquieren la coloración que su lugar en la tabla les asigna. Media hora para pensar que fuera lo que fuera que le dijera al doctor sobre mis padecimientos, no podría confiar en que los interpretó como algo sensato y entendible. Durante ese tiempo también avancé unas páginas de la biografía de Roberto “Manos de piedra” Durán que llevaba en las manos.

No fueron muchas páginas, apenas unas dos o tres. En ellas, como en casi todo el tomo, lo que resalta con el brillo de los hallazgos menores, son la excusa y la queja. A pesar de no ser una biografía magnífica, ni siquiera muy buena, es entretenida y tiene la bondad de dejarnos ahí entrecomilladas algunas joyitas que ir pescando. No creo que haya sido intencional, sin embargo; más bien la feliz coincidencia que salva un empeño desordenado y encandilado por hacerle justicia a una afición de toda la vida. Pero me adelanto, eso es para después. Las excusas y la queja, decía, es lo que resalta. Por ejemplo, para justificar el pobre desempeño en una pelea que gana apenas, Roberto Durán apela al hecho de haber tomado un té muy caliente seguido de un vaso de agua helada en la comida previa al combate. O a un barro en la nalga. O a unas inyecciones que nadie recuerda que le hayan puesto. O a los brujos de los que echó mano su rival puertorriqueño. O a la falta de cariño de su manager. O al masaje demasiado intenso. O a la fiesta demasiado desbocada. O a la comida vasta. O a las mujeres. O a los promotores. Y una infinita combinatoria de “O”. En un momento, escaso en el libro, de observación y lucido discernimiento el propio Christian Giudice, autor también de la biografía del campeón nicaragüense Alexis Argüello, elige una cita que ilustra el fenómeno del que hablo:

‘Making conversations with him are studies in frustration,’ wrote Ko’s Jeff Ryan. ‘Just as soon as Duran learns that he is speaking to a reporter, he utilizes the only defensive skills that Father Time hasn’t yet stolen from him. Up goes the guard. Out goes any touch with reality’

La vida del boxeador panameño, famoso por quizá tres cosas sobre todo: su mote –“Manos de piedra”–, su figura de abotagado excampeón, peleando a los cincuenta años contra rivales que podrían ser haber sido sus hijos, y por ese momento en Nueva Orleans el 25 de noviembre de 1980, en el que, en el octavo round, sobre el ring y sin que mediara campanazo, dijo que no quería pelear más contra Sugar Ray Leonard (la excusa ahí, nunca fue precisa: dijo en algún momento que fue la comida excesiva, la mala preparación; en otro que fue el hartazgo con las mañas del rival, y en otro que no sabía bien a bien por qué lo había hecho).

Si le tomamos la palabra a Christian Giudice, la vida del boxeador es la suma de sus peleas, acentuada con la repetición de dos o tres excentricidades. Y quizá Giudice tiene razón, y quizá uno pide porque uno quiere creer que hay más en el arco de vida de un personaje público –tan personaje y tan público–, pero en efecto está uno pidiendo que nos mientan, que nos inventen, que compensen. Quizá Giudice, inopinadamente, se atravesó con un hallazgo: en esas citas mal cribadas, mal editadas, que rebosan la absurda repetición de lo transcrito literalmente, que abundan en candidez y en verborrea, está escondido el grado cero de toda biografía: la justificación ofrecida con la esperanza de un jurado benévolo y un veredicto favorable. Quizá, sin saberlo, y por ello, sin que sea una virtud, Hands of Stone: The Life and Legend of Roberto Durán retrata en toda su anodina humanidad a uno de los peleadores más poderosos, vociferantes y malaleche que han pisado la lona de los cuadriláteros.

Hay que decir que el libro tiene una ventaja inmensa: no es una biografía del personaje, es una historia del palmarés selecto de un boxeador. Uno percibe el tufo sulfuroso que persigue a todo promotor de boxeo; tenemos la posibilidad de escuchar tres o cuatro diferentes versiones del mismo evento; leemos la frase lapidaria del contrincante derrotado. En la medida en la que eso es posible, es un estudio crítico de las Obras selectas de Roberto Durán.

Excusas, rutina y una que otra excentricidad: eso es lo que queda para mi como lector de la vida de Durán. Añado los clips de peleas que hallo en la red, y el vago recuerdo de haberlo visto, gordo y disminuido de facultades, cuando empezaba a interesarme por el boxeo. ¿Debemos contarnos entre los dichosos, pensaba al levantar la mirada y ver a dos familiares de la paciente hojeando las revistas del consultorio, debemos contarnos entre los dichosos si de nosotros queda más rutina que excusas? ¿Más excentricidad que rutina? Volvían las razones, esas larvas argumentales, y la tabla que les daba su tonalidad. Al cabo de un rato abrió la puerta el doctor, despidió a la señora y a quien empujaba la silla de ruedas, y me preguntó: “¿y a ti qué te pasa?”

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Giudice, Christian, Hands of Stone: The Life and Legend of Roberto Durán, Milo Books, 384pp.