Domingo

1.

Este fin de semana terminé un libro que empecé hace una semana. También fui al doctor. Se me ocurrió hacer esto.

2.

[Mediocridad iridiscente #4]

No me queda del todo claro el momento en el que una razón se convierte en una excusa. Quizá, vistas con cierta laxitud, toda razón es una excusa y está en quien la recibe –a quien va dirigida, pues– el peso de asignarle el calificativo. Es quien la escucha quien la ubica en nuestra imaginaria tabla de legitimidad: una escala que, supongo, termina con el embuste, la ignominia o el fraude. Comencé a pensar en la razón y la excusa mientras aguardaba a que el doctor terminara su consulta con una mujer entrada en años, en carnes y en senectud. Tardó media hora, más o menos. Media hora que pude aprovechar para imaginar una tabla contra la que medimos las justificaciones de nuestros interlocutores, y sobre la que vamos colocando, cual entomólogos de las argucias ajenas, la amplia gama de credibilidades. Media hora para pensar en nuestras razones como unas larvas, viscosas y transparentes, que adquieren la coloración que su lugar en la tabla les asigna. Media hora para pensar que fuera lo que fuera que le dijera al doctor sobre mis padecimientos, no podría confiar en que los interpretó como algo sensato y entendible. Durante ese tiempo también avancé unas páginas de la biografía de Roberto “Manos de piedra” Durán que llevaba en las manos.

No fueron muchas páginas, apenas unas dos o tres. En ellas, como en casi todo el tomo, lo que resalta con el brillo de los hallazgos menores, son la excusa y la queja. A pesar de no ser una biografía magnífica, ni siquiera muy buena, es entretenida y tiene la bondad de dejarnos ahí entrecomilladas algunas joyitas que ir pescando. No creo que haya sido intencional, sin embargo; más bien la feliz coincidencia que salva un empeño desordenado y encandilado por hacerle justicia a una afición de toda la vida. Pero me adelanto, eso es para después. Las excusas y la queja, decía, es lo que resalta. Por ejemplo, para justificar el pobre desempeño en una pelea que gana apenas, Roberto Durán apela al hecho de haber tomado un té muy caliente seguido de un vaso de agua helada en la comida previa al combate. O a un barro en la nalga. O a unas inyecciones que nadie recuerda que le hayan puesto. O a los brujos de los que echó mano su rival puertorriqueño. O a la falta de cariño de su manager. O al masaje demasiado intenso. O a la fiesta demasiado desbocada. O a la comida vasta. O a las mujeres. O a los promotores. Y una infinita combinatoria de “O”. En un momento, escaso en el libro, de observación y lucido discernimiento el propio Christian Giudice, autor también de la biografía del campeón nicaragüense Alexis Argüello, elige una cita que ilustra el fenómeno del que hablo:

‘Making conversations with him are studies in frustration,’ wrote Ko’s Jeff Ryan. ‘Just as soon as Duran learns that he is speaking to a reporter, he utilizes the only defensive skills that Father Time hasn’t yet stolen from him. Up goes the guard. Out goes any touch with reality’

La vida del boxeador panameño, famoso por quizá tres cosas sobre todo: su mote –“Manos de piedra”–, su figura de abotagado excampeón, peleando a los cincuenta años contra rivales que podrían ser haber sido sus hijos, y por ese momento en Nueva Orleans el 25 de noviembre de 1980, en el que, en el octavo round, sobre el ring y sin que mediara campanazo, dijo que no quería pelear más contra Sugar Ray Leonard (la excusa ahí, nunca fue precisa: dijo en algún momento que fue la comida excesiva, la mala preparación; en otro que fue el hartazgo con las mañas del rival, y en otro que no sabía bien a bien por qué lo había hecho).

Si le tomamos la palabra a Christian Giudice, la vida del boxeador es la suma de sus peleas, acentuada con la repetición de dos o tres excentricidades. Y quizá Giudice tiene razón, y quizá uno pide porque uno quiere creer que hay más en el arco de vida de un personaje público –tan personaje y tan público–, pero en efecto está uno pidiendo que nos mientan, que nos inventen, que compensen. Quizá Giudice, inopinadamente, se atravesó con un hallazgo: en esas citas mal cribadas, mal editadas, que rebosan la absurda repetición de lo transcrito literalmente, que abundan en candidez y en verborrea, está escondido el grado cero de toda biografía: la justificación ofrecida con la esperanza de un jurado benévolo y un veredicto favorable. Quizá, sin saberlo, y por ello, sin que sea una virtud, Hands of Stone: The Life and Legend of Roberto Durán retrata en toda su anodina humanidad a uno de los peleadores más poderosos, vociferantes y malaleche que han pisado la lona de los cuadriláteros.

Hay que decir que el libro tiene una ventaja inmensa: no es una biografía del personaje, es una historia del palmarés selecto de un boxeador. Uno percibe el tufo sulfuroso que persigue a todo promotor de boxeo; tenemos la posibilidad de escuchar tres o cuatro diferentes versiones del mismo evento; leemos la frase lapidaria del contrincante derrotado. En la medida en la que eso es posible, es un estudio crítico de las Obras selectas de Roberto Durán.

Excusas, rutina y una que otra excentricidad: eso es lo que queda para mi como lector de la vida de Durán. Añado los clips de peleas que hallo en la red, y el vago recuerdo de haberlo visto, gordo y disminuido de facultades, cuando empezaba a interesarme por el boxeo. ¿Debemos contarnos entre los dichosos, pensaba al levantar la mirada y ver a dos familiares de la paciente hojeando las revistas del consultorio, debemos contarnos entre los dichosos si de nosotros queda más rutina que excusas? ¿Más excentricidad que rutina? Volvían las razones, esas larvas argumentales, y la tabla que les daba su tonalidad. Al cabo de un rato abrió la puerta el doctor, despidió a la señora y a quien empujaba la silla de ruedas, y me preguntó: “¿y a ti qué te pasa?”

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Giudice, Christian, Hands of Stone: The Life and Legend of Roberto Durán, Milo Books, 384pp.

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