Lunes

1. 

Terminó la Serie Mundial y qué va uno a hacer: a escribir una Mediocridad iridiscente, claro.

 

2. 

Seamos claros. No sé nada de beisbol. Es decir, soy un espectador de beisbol. Como lo soy de todos los deportes televisados que prefiero. No hay ningún conocimiento especializado, ninguna información privilegiada que condicione mi manera de observar una transmisión televisiva. Si se trata de hockey sobre hielo –deporte del que soy tan aficionado que siento un hueco en el estómago al pensar que no habrá, por una disputa sindical bastante compleja, temporada este año– o de boxeo, ahí estoy, pendiente como cualquiera. Mis opiniones son tan obtusas, tan generalizadas, tan poco iluminadas como las del vecino. Soy un taxista en la sala de la casa, opinando sobre deporte. A este párrafo le seguía otro que detallaba mis impresiones, pero, ya escrito y todo, preferí hacer lo que agradezco tanto en los vecinos que gustan de opinar sobre deportes: preferí nada más decir que fue un evento fascinante, la Serie Mundial, que qué pedo con el slider que lanza el pitcher cerrador de San Francisco, Sergio Romo, y no mucho más.

El párrafo intentaba hablar de lo complicado que es, en una actividad colectiva, sincronizar los esfuerzos. Pero al mencionar esa difícil coreografía de intenciones, también hablaba de ese evento casi mitológico que se invoca sin pudor cuando alguien parece desempeñarse de modo superlativo: estar enrachado. Y lo que me sorprendió más de esta Serie Mundial y así lo apuntaba en ese párrafo sin importar que sonara como el inicio de un ensayo escolar de un niño de primaria –Lo que más me sorprendió de esta Serie Mundial…– fue que los pitchers de los Gigantes de San Francisco parecieron enracharse en sincronía. Y volvía a escribir que era asombroso –es un evento raro, y como tal, espectacular.

Pero eran francas necedades y por eso decidí borrarlo. Porque luego seguía diciendo que, más allá de la racha, uno de los pitchers me parecía el más dominante: Sergio Romo un barbado cerrador que usa la gorra tan cerca de los ojos que en los close-ups de la transmisión apenas si se le veían. Necedades porque todo el mundo dijo eso, porque cualquier que haya visto los últimos dos partidos no podía evitar opinar lo mismo. Por es mejor borrarlo. Terminaba, el párrafo ese, con una especie de loa al slider, el lanzamiento especial del joven Romo. Un tiro que se aleja, que parece literalmente que pierde el piso y se resbala hacia el piso, en diagonal, y que cuando el bateador muerde el anzuelo e intenta golpear un tiro así termina por dejar constancia de su desengaño en el gesto de estirar los brazos, torcer la boca, dar un paso hacia la bola, abrir los ojos un poco más, y ultimadamente, conceder la derrota. Algo así, decía. Pero, por fortuna, mejor que alguien que sepa de la fricción que los dedos le imprimen a la bola, que alguien enterado de las fuerzas y las tensiones mentales involucradas en un lanzamiento que puede decidir el curso de un partido, el resultado de una final, sea quien escriba eso.

 

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Martes

1. 

Llevo dos días apenas durmiendo unas horas y me siento pésimo. Y, como si fuera terapéutico, escribí una Mediocridad iridiscente.

 

2.

La brevedad no está de más. Para evitar empachos, qué necesidad de andar repitiendo y disculpándose con una mano mientras con la otra se hace un puño y se coloca sobre los labios para atajar los humores desagradables del estómago congestionado. Por eso, mejor la brevedad, en la comida y en general. Salvo circunstancias específicas, la brevedad es un valor apreciado. Porque también hay, en la brevedad, el germen de la expectativa, y la expectativa, como una tremenda reacción en cadena, a su vez da paso a la repetición. Entonces, la brevedad no está de más.

Eso pensaba mientras el monitor me alumbraba la cara y por allá se escuchaba el enésimo ladrido, una vaga carcajada. Era la madrugada, lo sé porque uno llega a un tipo de conclusiones que, apuntadas en el momento y repetidas en silencio, demorando el paso de una palabra a otra, parecen contener más carne de la que en realidad tienen. Un fiambre magro, si nos va bien; puro espectro de profundidad y bisutería de cosa seria: la madrugada es cuando jugamos a impresionarnos. Y ahí estaba yo queriendo impresionarme con la soltura de mis reflexiones.

Decían que la enfermedad de este siglo, o era el del anterior, era la depresión. No sé si me atrevería a decir del siglo, pero la de mi edad es el insomnio. Y nunca es claro si es insomnio puro: esa tabula rasa del descanso, celda de aislamiento en la que nada pasa que no se magnifique y se arrastre y donde el aburrimiento no tiene la posibilidad de tejer el capullo y transformarse en sueño. Puede ser que sea, como entiendo que es el mío, un insomnio inducido por el muy moderado consumo de estimulantes muy moderados, junto con la angustia de los trabajos pendientes, es decir: el insomnio de los multichambistas. Ese es el mío: el ordinario, el plebeyo. Nada de la alcurnia de los insomnes bioquímicamente programados, de los que arriesgan la vida con cada madrugada si no se toman la medicina. El mío es el de los oficinistas que dobletean como freelanceros y como voluntarios y como entusiastas de quehaceres poco rentables. En el ecosistema de los insomnios, el mío es un perro callejero.

Bien podría decirse con Pascal que el insomnio no tiene circunferencia y su centro está por todos lados, imperativo en cualquier lugar que se apersona, intransigente con quienes atenaza. Yo soy un caso levísimo: apenas llevo dos días de escuchar cómo los peseros hacen sus primeros arrancones, como los entusiastas golpean con sus suelas ergonómicas la baqueta alrededor del parque. Tanto ayer como hoy pude escaparme de su yugo ya clareado el día, y llegar tarde al trabajo. Bendito el día en algún Spinoza de la óptica moderna aprendió a graduar las micas de los lentes oscuros. Me arrastro hasta mi escritorio. Y paso el día arrastrándome de un pendiente a otro. Y lamento mi suerte. Y sé que lo volveré a hacer, porque lo que está en juego, de lo que estoy hablando pues, no es del insomnio, sino de la multichamba. Este es un intento velado por hablar de mi disposición al multichambismo; intento fallido, por lo demás. Es culpa del insomnio. Dicen los enterados que uno se vuelve disperso. Que no llegas a nada. O, como es mi caso, trato de apantallarme con la soltura de mis reflexiones.

Dada la raza de mi insomnio, se repetirá de aquí al viernes que termino uno de los pendientes grandes de la temporada. Siempre está la amenaza de, a fuerza de repeticiones, volverlo permanente. Mi madre me advertía que no hiciera bizcos porque «si le sigues así te vas a quedar». Lo mismo me pasa ahora con el insomnio: ¿será que si le sigo así me voy a quedar?

Total que todo esto para decir que ayer pensaba que la brevedad no está de más y que el insomnio es enemigo de la brevedad.

Miércoles

1. 

Traigo maltrecha la espalda desde hace semanas. Y, por qué no, se me hizo fácil escribir una Mediocridad iridiscente.

 

2. 

Las fallas del cuerpo no tienen por qué ser las del espíritu, aunque cierta corriente de la profilaxis sentimental nos diga lo contrario. Lo «psicosomático» resulta ser la etiqueta que se le pega a todo lo que no podemos explicar: es el rótulo de «Varios» con el que zanjamos el problema de la precisión de los archivos.

Estados mentales, disposiciones anímicas, todas imaginadas como humores medievales que movilizan a este cuerpo neumático en el que estamos condenados a pasar nuestros mejores años. Me desmarco amablemente: reconozco que los misterios de la química orgánica, la bioquímica, la neurociencia, la epidemiología y demás materias pertinentes son tan complejas que es oneroso y muy difícil estar al tanto los últimos avances. Las fallas del cuerpo, me digo, son fallas del cuerpo. Sin embargo, es difícil resistirse.

Traigo un necio espasmo en la espalda que no me deja andar con la soltura bamboleante con la que siempre me desplazo. Afecta un lado del cuerpo más que otro, se concentra en la zona lumbar, a veces ataca la pierna con un dolor casi eléctrico y atenazador. Ponerme los calcetines es un tormento. Es un dolor del que, con toda certeza, escuché a mi padre quejarse a sus sesentas. El inicio del problema fue en ese deporte de precisión y alto rendimiento que practico con la asidua obsesividad de un adolecente: el boliche. Ahí, al lanzar un tiro que dejaría sin tocar el pino 10, una punzada en la espalda. Y desde entonces, con intensidad variable, está ahí ese dolor que, quizá exagero, incapacita.

Y, consulta médica, fisioterapia, electroestimulación y pastillas de por medio, me descubrí diciéndole a alguien: «Creo que no se me quita porque ando estresado». Horror. Infectado y ni cuenta me había dado. No, claramente no es el estrés: es una contractura que comprime nervios, que afecta la estructura, que imposibilita que otros músculos se contraigan normalmente. Pero no: «es por el estrés», decía yo, sonriente, asertivo.

Mientras tanto, llevo dos semanas sin asistir al templo de los pinos y los tiros con comba. Llevo dos semanas sin escuchar el salutífero estruendo que hacen diez adversarios de madera y resina pintados de blanco al ser derribados por mi bola —«la Morenita II» es su nombre. Es terrible esta carestía. Y es doblemente terrible porque ese malestar que me impide sostener a la Morenita II con la mano derecha, equilibrarla con la izquierda, pegar el codo derecho al costado, empezar el movimiento con el pie derecho al tiempo que estiro el brazo derecho directamente hacia el frente, como si ofreciera la bola, y luego dar el paso con el otro pie, al tiempo que permito que la bola describa un arco, como un péndulo, luego ya casi llegando a la línea, dar el último paso con el pie derecho en sincronía con el movimiento ahora de vuelta de «la Morenita II», para terminar con resbalando sobre la suela lisa del zapato izquierdo, cruzar la piernita para no caerse y lanzar la pelota sobre la duela 8 o 10 dependiendo de lo engrasado de la mesa para que «la Morenita II» recorra los sesenta pies de distancia, y quiebre su trayecto con feroz intención hacia el espacio entre el pino 1 y el 3 un metro y medio antes del final, es un malestar causado justamente por la actividad antes descrita. No por el estrés. O más bien no por ese estrés emocional del que millones de personas se quejan. Sí por el estrés, el esfuerzo y el desgaste físico de cargar los seis kilos y cachito que pesa «la Morenita II» y lanzarla unas 70 veces cada jueves, y unas 150 cada fin de semana.

Es difícil resistirse y tengo que aceptar que es un pesar por triplicado no poder jugar boliche: por el gusto de hacerlo, porque es justamente el boliche y sus movimientos repetitivos los que provocan que la espalda esté hecha un nudo y, finalmente, porque el boliche es la manera en la que, dije con una sonrisa, «le hago frente al tan nocivo estrés».

Miércoles

1.

Hoy fui a una junta de trabajo y me dio tiempo de desayunar. Y, por qué no, escribí una Mediocridad Iridiscente más.

2.

Los inicios nunca son lo halagüeños que podrían ser y cuando llegan a serlo, no dejan de parecer sospechosos. Cuántas veces la ventana anuncia el clima perfecto para salir a correr, la temperatura ideal para recorrer el camino hacia el trabajo, la ventisca suficiente como para refrescar la espalda contra la silla en el cubículo solo para ver cómo todo se cae a pedazos por las pequeñas maledicencias de la fortuna. Sin querer aparentar un fatalismo lloricón que no es el mío, esa es una constante inapelable: la fortuna es la pariente insidiosa, la tía culera, la tía que sabe cuándo hacer la pregunta incómoda: una hija de la chingada.

Pero sucede a veces que, como con estos desdichados parientes que quieren hacer de la amargura moneda de cambio, la fortuna revierte la costumbre y nos sorprende. Así, el inicio del día, descoyuntado y falto de toda gracia, remonta la desventaja y se aviene una luminosidad que no se veía por donde obtendría. Entonces uno se ve obligado a matizar que la fortuna, esa tía culera, no es tan hija de la chingada después de todo.

Así sucedió hoy por la mañana: un panorama grisáceo gracias a una junta de trabajo partía el espinazo del día y lo dejaba atolondrado, casi paralítico hasta la noche. Resultó, sin embargo, que, por azar, la reunión tendría lugar en una zona de la ciudad de la que fui vecino durante mucho tiempo y a la que todavía volteo en los días más melancólicos con una nostalgia inexplicable: tampoco es tan bonito el rumbo. El que esa junta rompe espaldas fuera inevitable de pronto parecía el inicio de una mañana de parsimonioso desayuno en un restaurante ya conocido y frecuentado con moderada intensidad los fines de semana de aquella época.

Henchido de nostalgia y dispuesto a comer con el gesto distendido de los jubilados, me enfilé hacia el lugar. El camino, idéntico: medio en ruinas, medio modernizado; autopartes en venta hasta en carritos metálicos tipo taquería de banqueta. La población local igual: creo haber reconocido a dos viene vienes y a los eternos limpiaparabrisas del cruce. En otras palabras, volvía a cierto terruño.

Acudí, de inmediato, a la barra. Ahí, supuse, es el lugar en el que los oficinistas apuran los tragos mientras que dan la espalda a la puerta porque no tienen preocupaciones: el oficinista se halla plenamente en el mundo cuando está en un local de comida. En el caso del desayuno, el oficinista apenas está estirando sus engarrotados músculos, apenas está ejercitando las flácidas aspiraciones, apenas repasa los agravios de la jornada anterior: durante el desayuno, es el oficinista fresco. Con celeridad intachable, un par de manos pusieron mantel, cubiertos, taza y una canastilla de pan más bien manoseado, y una carta que incluía más de una decena de paquetes. Paquetes: claro, qué mejor manera de masajearle el ego al oficinista que haciéndole creer que ahorra, que está obteniendo una ganga. Elegí, por mediocre, el dos. Evité, por cobarde, los más osados. Me concentré, por timorato, en un simple huevo con salsa. De los infaltables binomios ( «jugo o fruta» «café o thé») elegí «fruta» y «café».

Luego comí.

Luego pedí la cuenta.

Con la misma celeridad, llegó esa minúscula charola con fondo de corcho. Me dirigí a la caja. Pagué. Tomé un mondadientes que no sé usar y, como lo hago desde la infancia, siempre tomo sólo para masticarlo. Regresé a la barra a darle su propina al mesero. Incluso una palmada en el hombro. Salí a la junta. El universo era otro: yo era, por fin después de años de trabajo en oficina, un oficinista desayunado.